RetrocesoA&ONº 218/22-VI-2000SumarioIglesia en MadridContinuar
La voz del cardenal arzobispo ante el Día Nacional de la Caridad
Que las palabras se hagan realidades
En la solemnidad del Corpus Christi, el próximo domingo 25 de junio de 2000, se celebra el Día de la Caridad. Con este motivo, nuestro cardenal arzobispo escribe:
En el marco espléndido del Gran Jubileo del 2000, año eucarístico por excelencia, nos disponemos a celebrar, con gozo y con gratitud grandes, la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, del Hijo de Dios que se encarnó en el seno de la Santísima Virgen María, y que permanece con nosotros en la Eucaristía todos los días hasta el fin del mundo.

La Iglesia venera en este día del Corpus Christi, públicamente, la presencia real y verdadera de Jesucristo en el Sacramento del Altar. En nuestra Iglesia diocesana, al igual que en tantísimos lugares a lo largo y ancho del mundo en toda la Iglesia, lo hacemos de modo solemne en la procesión con el Santísimo que recorre las calles de nuestra ciudad y de nuestros pueblos. Esta Presencia real de Cristo en la Eucaristía, de Jesús Sacramentado que se entrega con el don total de Sí mismo, del Amor de los amores, como especialmente cantamos en este Día de la Caridad, no sólo nos hace cobrar conciencia de lo que significa la íntima relación entre el culto eucarístico y el testimonio del amor cristiano en medio del mundo, sino que nos proporciona el alimento mismo de esa caridad, alimenta las exigencias de la caridad y nos urge a vivirlas con los que nada o casi nada tienen.

Con el Jubileo —recordaba el Papa Juan Pablo II en su mensaje para la Cuaresma de este año 2000—, el Señor nos pide que revitalicemos nuestra caridad. El Reino, que Cristo manifestará en su pleno esplendor al fin de los tiempos, ya está presente allí donde los hombres viven conforme a la voluntad de Dios. La Iglesia está llamada a ser testimonio de esa comunión, paz y caridad que la distinguen. En esta misión la comunidad cristiana sabe que la fe sin obras es fe muerta. Y en la Bula Incarnationis Mysterium, convocando a toda la Iglesia a la celebración de este Año Santo 2000, el Papa nos decía: El Jubileo es una nueva llamada a la conversión del corazón mediante un cambio de vida. Recuerda a todos que no se debe dar un valor absoluto ni a los bienes de la tierra, porque no son Dios, ni al dominio o la pretensión de dominio por parte del hombre, porque la tierra pertenece a Dios y sólo a Él: "La tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes". ¡Que este año de gracia —continúa el Papa— toque el corazón de cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos!

UN TERRIBLE DESIERTO


Las innumerables injusticias que hay en el mundo, el desierto terrible de la falta de amor, está reclamando fuertemente, sin duda, la acción de los responsables del gobierno de las naciones, pero no menos la de todos y cada uno de nosotros, que hemos recibido el don de la fe y las primicias del Espíritu de caridad. La necesaria conversión del corazón a que nos reclama este Año Jubilar debe inspirar un comportamiento de acuerdo con la fe recibida y profesada. Toda situación de pobreza y de exclusión es fruto de un pecado personal, social, estructural. Proclamar un Año de Gracia es proclamar la necesidad de una conversión, una nueva manera de pensar, de sentir y de valorar las cosas; un nuevo estilo de ser y de hacer, el que brota de la presencia de Cristo Eucaristía y que es capaz de transformar el mundo, haciendo de los hombres, dispersos por el pecado, un solo Cuerpo en Él. Es Jesucristo en nosotros y con nosotros Quien crea esa nueva conciencia y esa nueva implicación para reorientar la Historia según el plan de Dios, que es justicia y santidad verdaderas.

El lema de este Día Nacional de Caridad, La respuesta: tu APORTAción (trabajo, ilusión, recursos), nos invita a dar pasos para que las palabras se hagan realidades. Tenemos que poner en marcha nuestro corazón y nuestras manos para pasar de esa mentalidad individualista e insolidaria, que corroe y destruye nuestra sociedad, a la civilización del amor y de la solidaridad humana y cristiana, a través de un compromiso concreto de caridad, a fin de que hagamos partícipes del banquete de la vida a los que todavía no están sentados en él.

He sido enviado para evangelizar a los pobres. Así dice Jesús en la sinagoga de Nazaret al comenzar su misión. Con esta preferencia por los pobres, Jesús cambia el signo de una sociedad que, si antes se regía por la ley destructiva del más fuerte, ahora se ha de regir por la fuerza constructora de la ley del amor, que da la preferencia al más débil y necesitado. En el Reino de Dios instaurado por Cristo, en efecto, los últimos serán los primeros. En la Iglesia Cáritas, junto a las comunidades cristianas, asume esta tarea de llevar el Evangelio, la Buena Noticia de Jesucristo, a los pobres, que realiza con acciones liberadoras de su pobreza y su marginación, al mismo tiempo que promueve una sociedad sin excluidos, según los valores del Reino de Dios. De este modo, Cáritas vive el Jubileo desde su mismo núcleo central: el Año de Gracia del Señor anunciado a los pobres.

Que el Amor de Cristo fructifique en nuestros corazones en esta solemnidad del Corpus, de modo que todos y cada uno aportemos nuestro trabajo, ilusión y recursos, nuestro pleno y total al Señor, que es al mismo tiempo un a los hombres nuestros hermanos, como el de María, Madre de Jesús y Madre de los pobres.

+ Antonio Mª Rouco Varela

UN ENCUENTRO PERSONAL

El seguimiento de Cristo es una verdadera historia personal de encuentro con el Señor. Si Cristo es la Verdad, es también el Camino y la Vida para todo hombre que viene a este mundo. La Iglesia está llamada a trasmitir el don de la fe en toda su plenitud: a todo hombre y para todo hombre. Su vocación y su misión son universales.

El Espíritu Santo fortaleció a los apóstoles cuando más acobardados se encontraban. Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II nos anima a tomarnos en serio la misión de la Iglesia, siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos cada uno. Son palabras de viva actualidad que suenan en nuestros oídos como una seria llamada a ser evangelizadores: Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso.

Esta fiesta de Pentecostés está unida al Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. No debe extrañar que la Iglesia recuerde a los seglares en este día que la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado. Con tal motivo, la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar ha elegido como lema para este Año Jubilar la frase: Testigos de Cristo en el nuevo milenio. La misión de la Iglesia no es ocupación exclusiva de unos pocos, ni una tarea reservada a los sacerdotes, religiosos o religiosas, sino común a todos los bautizados que vivimos de la misma fe. También los laicos, insertos en el mundo, compartiendo con el resto de los hombres las ocupaciones de la vida social, política, cultural, económica y familiar, han recibido la vocación divina y el mandato del Señor Jesús: Recibiréis el Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.

Nuestro Señor Jesucristo se ha servido de hermosas imágenes para describir la misión apostólica de los cristianos como luz del mundo, sal de la tierra y levadura dentro de la masa. En todas ellas se insiste en lo mismo: los cristianos, y, más en concreto, los seglares, están insertos en el mundo con una verdadera vocación divina: la de realizar la santidad personal santificando la sociedad en la que viven. En uno de los primeros escritos cristianos, la Carta a Diogneto, se compara a los bautizados con el alma respecto al cuerpo. ¡Somos el alma de la sociedad en la que nos ha tocado vivir!

CONFIANZA EN LA IGLESIA


Para realizar mejor su vocación los seglares, se unen con frecuencia en diferentes asociaciones de fieles de apostolado seglar, se forman y ayudan mutuamente, asumiendo actividades apostólicas concretas para implantar el Evangelio en la sociedad. La Iglesia y los pastores recomendamos decididamente este tipo de asociaciones. La complejidad del mundo en el que los laicos realizan su vida y profesión, las dificultades e incomprensiones que sin duda encuentran para ser fieles a su vida apostólica, hacen muy necesarias estas asociaciones donde se comparte la vida y la fe, las experiencias apostólicas y los problemas. En el comienzo de un nuevo milenio cristiano, estos compromisos apostólicos deben dirigirse a la evangelización y humanización de una sociedad como la nuestra, en la que cada vez se valora más el tener frente al ser y la técnica frente a la persona.

La celebración anual del día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica debe ayudarnos a todos a valorar y promocionar estas asociaciones: Nuestras comunidades despertarán en el conjunto del laicado la conciencia de que el apostolado asociado es expresión y exigencia de la comunión y la misión de la Iglesia; les animarán a asociarse y facilitarán procesos adecuados para la inserción en pequeñas comunidades eclesiales, asociaciones y movimientos apostólicos. A los que trabajan en ellas les servirá para retomar con nuevos bríos sus diferentes compromisos y redescubrir la confianza que la Iglesia tiene depositada en ellos.

La Acción Católica, en su doble vertiente de general y especializada, tiene ya una larga historia de compromiso serio por implantar la Iglesia en la sociedad. En esta asociación los laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del Espíritu Santo, en comunión con el obispo y con los sacerdotes, para poder servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la vida.

+ Antonio Mª Rouco Varela