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La Unión Europa es una apuesta y al mismo tiempo un desafío; abre el camino a un futuro de paz y de solidaridad, así como a una colaboración cada vez más intensa entre los diferentes países del continente y con el conjunto del mundo. Ahora bien, esta apuesta podría perderse si sus gobernantes obedecen a sus propios intereses, descuidando el bien común. Sólo así se podrá luchar contra las redes ocultas, que quieren aprovecharse del gran mercado europeo para blanquear el dinero que procede de todo tipo de tráficos indignos del hombre, en particular, el de la droga, el de las armas, y el del abuso de personas, en particular, mujeres y niños. Los recursos, la riqueza y los frutos del crecimiento en el continente tienen que repercutir, ante todo, en los más pobres de los diferentes países, en las naciones que más necesidad tienen de desarrollarse y que están marcadas todavía por las consecuencias de la recesión económica y de las fluctuaciones de los mercados financieros. De estos desafíos, así como de la lucha contra el desempleo, la protección del ambiente por citar otros elementos, depende el que la construcción europea no sea ante todo una comunidad de intereses, sino más bien una comunidad fundada en valores y en la confianza mutua, poniendo al hombre en el centro de todos los combates. (12-VI-2000) |