RetrocesoA&ONº 218/22-VI-2000SumarioRaícesContinuar
La joya del Jubileo
Muy merecido el éxito de la exposición Eucarística 2000, en la catedral metropolitana de Badajoz, una espléndida muestra de orfebrería eucarística, con 75 piezas selccionadas entre las parroquias, conventos y la concatedral de Mérida, vertebradas en torno a cuatro grandes temas: el Lavatorio de los pies; la Institución de la Eucaristía; la Reserva sacramental en sus dimensiones de Comunión, Viático y Adoración delSacramento; y las palabras fundacionales de la fiesta del Corpus: Cante la fe, dance la esperanza y salte de gozo la caridad
Rozando el ecuador del Año Santo 2000, en el que la Iglesia universal, y en ella la diocesana de Mérida-Badajoz, rememora y festeja el bimilenario de Cristo, el claustro y la Sala Capitular de la catedral de San Juan abren sus nobles espacios a una exposición singular de orfebrería eucarística. Rindiendo honor así al Sacramento Santísimo, motivo y expresión de las setenta y cinco piezas maestras que nos brindan su esplendor en las consolas y vitrinas.

Y no es para menos. El Año Santo 2000 corona un itinerario de cuatro, a partir del 97, a través de los cuales la Iglesia se ha puesto a sí misma a punto y a tono para el esplendor cenital del Gran Jubileo. Los tres primeros estuvieron sucesivamente consagrados a Cristo Jesús, al Espíritu Santo y al Padre misericordioso. Y en sincronía respectiva con ellos, la Iglesia centró su atención sobre tres grandes sacramentos —Bautismo, Confirmación y Perdón— y sobre las tres virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Todo ello como pórtico al fulgor singular del 2000, año de glorificación de la Trinidad Santísima, misterio verbal de nuestro Credo, cumbre, abismo y cifra de Dios tres veces Santo. Año también éste del sacramento radiante de la Eucaristía, que vertebra, a su vez, el ser y el existir de la Iglesia de Jesús: El dos mil —anunció el Papa en 1994— será un año intensamente eucarístico: En el sacramento de la Eucaristía, el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la Humanidad como fuente de vida divina.

La archidiócesis de Mérida-Badajoz hizo suya esa llamada, estableciendo en su agenda jubilar un itinerario pascual de cuatro meses, donde figura la adoración del Santísimo Sacramento, con compromiso semanal de sus comunidades, y se incluyen la misa participada con la comunión ferviente, entre los actos personales y comunitarios propios de la experiencia creyente del Jubileo. Cuidaremos, ¿cómo no?, con el mayor esmero, en este Año de la Eucaristía, la procesión sacramental del Corpus Christi, en su solemnidad del 25 de junio, unidos en comunión los fieles católicos del mundo entero, que celebrarán ese día, en Roma, el Congreso Eucarístico Internacional.

En punto a devoción eucarística, en Extremadura llueve sobre mojado, al menos durante los setecientos años transcurridos desde la reconquista cristiana y la implantación de las diócesis actuales. Una lluvia de fe y devoción, con exponentes tan variopintos como las Hermandades Sacramentales, las procesiones esplendorosas del día del Corpus, sin comparación con ninguna otra: ornato de balcones, juncia sobre el recorrido, alfombras de pétalos al paso de la custodia, hileras de niños comulgantes en su séquito, y hasta las danzas sagradas en honor del Sacramento.

Ya. ¿Y cómo vamos a olvidarnos de los signos más cercanos y más pulcros, del santo respeto, de la altísima estima de nuestro pueblo y de su clero por las sagradas especies del pan y del vino, bajo cuya figura se oculta, según el verso de Tomás de Aquino, la Deidad latente? A más de la adoración rendida (Adoro te devote) están el gozo inefable, la alegría irreprimible de que Dios está aquí, ¡venid adoradores! Es éste el reino de los vasos sagrados, de los candelabros grandiosos, de los faroles bellísimos, del incensario y la naveta de plata repujada, o bañados, cuando no macizos, de oro de la mejor ley.

Para la celebración del misterio sacrosanto, todo es poco, resulta casi obligado echar la casa por la ventana, en oro y en pedrería. Pero, por delante de la riqueza, va la belleza. Detrás del gesto del donante y el buril del artista está el estremecimiento religioso de ambos y el que deben suscitar en quienes manejan los vasos sagrados, o respiran el incienso al son del Tantum ergo. Nadie pone en duda que, en este proceso, puede mezclarse la ganga de la vanidad ostentosa, de una teología deficiente, o de una indiscutible jerarquía de prioridades.

Pero, expresada en unas o en otras categorías, estamos, ¿quién lo negará?, ante una explosión de fe sencilla y de religiosidad de buena ley, que ha dado cauce a las más hermosas expresiones plásticas del arte cristiano: Patenas, cálices, copones, custodias, sagrarios, sacras, candelabros, vinajeras, portapaces, incensarios, navetas, andas procesionales, más las singularidades que puedan dar de sí el genio creativo y la devoción del ferviente. ¿En qué parroquia, en qué convento, en qué ermita, no se encuentran piezas delicadas o bellas, que expresen en su cuidada artesanía el amor de nuestro pueblo al Santísimo Sacramento?

Se comprueba en este muestrario, selecto y representativo, de la Exposición de platería eucarística, realizada en las alas angulares del claustro de la catedral de Badajoz y en la Sala Capitular a la que dan acceso. Me permito, por último, aconsejarles que, si quieren interpretar con justeza y gustar con deleite las calidades de cada objeto, al tiempo que captan el sentido global de la muestra, se lean antes con sosiego la presentación de estas obras en el Catálogo de la exposición, con la autorizada firma del que ha sido su ideador y principal ejecutor, con alma y vida en el empeño, el canónigo y académico don Francisco Tejada Vizuete.

Monseñor Antonio Montero Moreno,
arzobispo de Mérida-Badajoz,
en el Católogo de Eucarística 2000

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