|
|
Qué sorpresa! ¡La voz de una monja de clausura! Casi no me conoces, seguro. Nuestro testimonio es anónimo y es oculto, pero no soy una voz lejana, no soy extraña a ti. Soy una joven que hoy quiere detenerse junto a ti para decirte una cosa: Que tu vida no me es indiferente, tú no estás solo. Sí, has oído bien. Yo estoy contigo. Te sigo a ojos cerrados por amor a Jesucristo y a su Evangelio. No conoces mi cara; yo tampoco la tuya. Y no conoces mi nombre, y yo tampoco el tuyo. Tal vez nunca nos veamos, ¡pero qué alegría que Dios, hoy, aquí y ahora, quiera que, a través de mis labios, te llegue su mensaje!
Tu vida no es indiferente para Jesucristo, y nosotras estamos ocultas en un monasterio para velar y orar continuamente por ti. Por eso sé de tus necesidades, de tus alegrías y de tus sufrimientos. Todo resuena en mi corazón. Cristo me sedujo para que yo viva y me entregue desde el silencio por ti. Yo sé que a ti también un fuego te abrasa y te despierta un deseo infinito de ser amado en plenitud. Este fuego está dentro de ti y nada ni nadie puede apagarlo. Porque es el Señor, es Jesucristo, que se encuentra en ti y arde en tu interior. |
| Ese mismo fuego que arde en ti es el que se apoderó de mí. Te confieso que, al principio, sentí vértigo, porque una no se imagina que va a ser monja de clausura. Sólo que me atreví a preguntarle: ¿Qué quieres de mí? Él esperaba un corazón abierto para derramar Su vida. Tan sólo tenía que decrir sí, cerrar los ojos y dejarme llevar por Su Gracia abrasadora. No pensaba en lo que dejaba atrás, porque por fin la vida se abría para mí.
Cuando le dejé arder, el amor en la libertad irrumpió en mi vida, de una manera impresionante. Sólo sé que mi vida se llenó de luz, de calor, de alegría y de una fuerza increible. Porque ya no era yo. Era Cristo resucitado en mí, su vida en mí. En todo esto hay un misterio que sí que te quiero contar, y es que, cuando me dejé abrasar por el fuego, inmediatamente, ardí en deseos de que otros se dejaran prender. Por eso vivo aquí en el monasterio. Así encenderé tu fuego. Lo mejor de mi vida también es para ti, mi único tesoro: ese fuego que otros han hecho arder en mí lo quiero extender hoy a ti. ¡Ojalá te abrase Cristo! Imagino que, si alguien puediera, preguntaría si no he dudado. ¡Hombre, pues claro que tienes momentos de tentación en que te gustaría salir corriendo y huir! Pero, de pronto, se desbaratan todos los planes. Mi ilusión era casarme, formar una familia Lo normal. Y el mundo también seduce, además: la moda, la comodidad, el dinero, el prestigio Lo dejamos todo, pero no porque no nos atraiga o porque sea malo. No, lo dejamos por Jesucristo y por todos vosotros. Dejar , la verdad es que dejar La verdad es que nos da todo, el ciento por uno y la vida eterna. No hay más razones. Cuando Dios llama y el corazón se enamora, no hay fuerzas que te detengan. No podemos conformarnos con pequeñas fiestas de felicidad. Al lado de Jesucristo, ¡todo se queda tan pequeño ! Por último, déjame que te diga una cosa: Jesucristo es el Único que puede llenar tu vida. Quiero que mi vida y la de mis hermanas sea como un despertador, que te indique que no merece la pena gastar la vida en ideales pequeños y en cosas que tienen fin. La vida es muy fugaz. Todavía te preguntas cómo es posible que una joven con amplios horizontes e ideales se entierre en vida, ¿verdad? Pues somos felices. Cristo es para mí, aunque te suene fuerte, el Esposo, el Dios y el Hombre de mi vida. Jamás nadie me ha amado como Él, nadie me abraza como Él, nadie tiene palabras de vida eterna. ¡Esposa de Cristo! Soy de Cristo, elegida por Él, ahora y para toda la eternidad. Ah, y en Cristo soy madre, madre del mundo entero. El monasterio es un lugar pequeño y escondido, pero sus brazos se extienden al mundo entero. ¡Qué suerte poder decirte esto, y que no tengas miedo! Que Cristo desea tu felicidad, mucho más que tú. Si hoy escuchas la voz del Señor, no endurezcas tu corazón. El fuego está en ti. Puedes pisarlo, o avivarlo. Tú lo tienes cautivo. Y tú también estás llamado a abrasar a otros. No te olvides de rezar por nosotras, por favor. Gracias por dejarme caminar junto a ti. Estoy en ti y deseo encender tu Fuego. |
|