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Un Año Jubilar tan redondo como el 2000 invita a muchas preguntas. Al creyente, al curioso de la Historia y al simple lector de lo nuevo y de lo viejo. Y más ahora que el Jubileo atraviesa ya su propio ecuador. Una pregunta que está al alcance de la mano se refiere al año 1000. ¿Cómo fue el cierre del primer milenio?¿Cómo lo celebró la cristiandad? ¿Hubo un Jubileo de entrada en el segundo milenio?La respuesta de la Historia responsable, ajena a visiones y leyendas, no es demasiado profusa. Ciertamente no hay prueba documental sobre la posible celebración de un Jubileo en el año 1000. Habrá que esperar hasta el 1300. Fue entonces cuando Bonifacio VIII, cediendo a la petición popular insistente a favor de una indulgencia plenaria para el principio del siglo XIV, decidió, mediante Bula solemne, convocar un Jubileo que se convirtió en cabeza de la ya larga serie de los celebrados en Roma y con carácter universal. Y, desde el primer momento, la de los Jubileos romanos es una historia ya documentada. Bulas, crónicas, diarios y ceremoniales litúrgicos están al alcance del investigador. |
| Tampoco abundan las noticias fiables sobre lo que ocurrió en el mundo occidental, en la Europa de entonces, al sobrevenir el cambio de milenio. Los famosos terrores del año 1000, con el abandono de la agricultura y de la construcción y con los caminos atestados de flagelantes, pertenecen al mundo de la fantasía. La historiografía hace ya mucho tiempo al menos desde los Anales de César Baronio, editados en doce volúmenes a partir de 1588 descarta semejantes delirios.
Sabemos poco de aquel año 1000. Pero lo suficiente para establecer nexos y semejanzas que rezuman sorpresa y curiosidad. No se trata de meras hipótesis. Más bien de datos fehacientes que autorizan a determinadas comparaciones entre aquellos años y los nuestros. Cosas que ocurrían en aquella cristiandad y que ocurren hoy en la nuestra. Pero ¿cabe relacionarlas entre sí? DE SILVESTRE II A JUAN PABLO II Vayamos por partes. El Papa del año 1000 se llamaba Silvestre II y fue el primer francés que se sentó en la sede de Pedro. El Papa del año 2000, Juan Pablo II, es también el primer Papa polaco de la Historia. Curiosa la coincidencia de los ordinales. Silvestre II, de nombre Gerberto de Aurillac, antes de ser obispo de Reims y Ravena, adquirió una sólida formación monástica, científica y literaria. Y, en gran parte, en Cataluña, en Vic. Fue hombre de gran cultura, muy experto en geometría y astronomía, con cierta fama de mago. Se le atribuye gran mérito como transmisor de saberes helénicos y arábigos al mundo occidental. Lo que se dice un hombre-puente. ¿No son rasgos que se perciben también en la densa biografía del Papa actual? Temperamento de artista, actor en su juventud, poeta y dramaturgo con obra publicada, buen filósofo y teólogo de resonancias místicas, excelente políglota. De la vastedad de su cultura no cabe duda alguna. Pero es el caso que también el Papa Wojtyla se considera, con justeza, un puente entre el mundo eslavo y el mediterráneo, entre la cultura del nordeste europeo y la sensibilidad de los pueblos latinos. Las alusiones a su multilateralidad cultural y a su misión espiritual integradora abundan en sus propios escritos y discursos. Por otra parte, la Historia presenta al Papa Silvestre II íntimamente ligado al emperador Otón III y a sus proyectos de restauración del viejo imperio romano en nuevas categorías europeas. Fue precisamente Silvestre II quien alejó al emperador de las añoranzas bizantinas y le condujo hacia una sensibilidad más en consonancia con los tiempos. De esta pedagogía papal iba a nacer el Sacro Imperio Romano Germánico, pieza clave en la textura de la Europa medieval. Y sistema político-religioso que sería el primer paso hacia la teocracia, en la que el papado iba a ser el vértice y el emperador el brazo armado de la Iglesia. Curioso resulta comprobar que Silvestre II llevaba de la mano a Otón III hacia un tipo de cristiandad en la que su antecesor Silvestre I había iniciado ya al emperador Constantino a principios del siglo IV. Y no menos curioso caer en la cuenta de que algunos observadores han achacado a Juan Pablo II ciertos sueños de cristiandad, mientras que unánimemente se le viene reconociendo una contribución singular a la historia actual de Europa con su clara apuesta por un continente libre de bloques ideológicos, de muros, e integrador de los pueblos y de las culturas ancestralmente europeas. ¿Quién no recuerda, a este propósito, sus apremiantes instancias a la Europa unida y cristiana poco menos que gritadas desde Compostela, en noviembre de 1982, con motivo de su primer viaje a España? Pero aún quedan motivos para la sorpresa. Silvestre II, de acuerdo con Otón III, dio un impulso decisivo a la evangelización de los pueblos del este y del norte de Europa y a su organización eclesiástica. Dentro de esa política, y justamente en el año 1000, aquel Papa creó la sede de Gnesen o Gniezno, la más antigua de Polonia, y dio especial relieve a otra nueva diócesis, la de Cracovia. La que a lo largo de la historia polaca iba a ser la más parecida a Roma y la más cercana a su talante. Hasta el punto de ser llamada ya desde antiguo la Roma polaca. ¿Hará falta recordar que cuando Karol Wojtyla fue elegido para la sede de Roma y la sucesión de Pedro, el 16 de octubre de 1978, era precisamente arzobispo de Cracovia? ¿Puras coincidencias, casualidades significativas, convergencias curiosas, trazas misteriosamente relevantes? Cabe cualquier interpretación, pero son datos históricos rigurosamente ciertos, y entre los que transcurren mil años de historia. Un apunte final: Silvestre II pasó a la Historia como un Papa tenaz, soñador y defensor firme de los derechos de Dios y de la Iglesia. ¿Alguien le regateará a Juan Pablo II estas mismas prendas al cabo de mil años justos? Joaquín Luis Ortega |