RetrocesoA&ONº 219/29-VI-2000SumarioCriteriosContinuar
En el silencio y la sencillez
Una inmensa operación publicitaria de la Iglesia: nada menos que así había tratado de presentar el diario italiano La Repúbblica —y siguiendo su estela casi todos los demás diarios del mundo de la misma cuerda ideológica— la publicación en Roma, por el cardenal Ratzinger, de un comentario teológico explicativo de la tercera parte del secreto de Fátima. Cualquier espectador imparcial que se asomase al telediario del lunes, de cualquier cadena de televisión, pudo comprobar hasta qué punto el montaje que preparaba La Repúbblica se quedó en agua de borrajas. No se sabe qué especie de noticiones esperaban algunos de la revelación de esta tercera parte del secreto de Fátima que, además, ya había sido prácticamente desvelada el 13 de mayo último, junto a la Cova d´Iría, en presencia del Papa y de un millón de fieles, por el cardenal Sodano, Secretario de Estado. El espectacular mapa del genoma humano, la visita de Aznar a China, la enésima barbaridad de ETA, y hasta el gol fallado por Raúl, de penalti, en la Eurocopa frente a Francia, fueron más valorados informativamente por quienes, desde su peculiar concepto de lo que es información, consideran que las cosas del espíritu (las que atañen, no a lo efímero, sino a lo que más interesa en la vida) no son noticia.

Quizá, mejor así, sin duda: siempre las cosas grandes de la vida suceden en el silencio y en la sencillez. El cardenal Ratzinger lo explicó de manera difícilmente superable al presentar su comentario teológico sobre el tercer secreto de Fátima. Quien había esperado impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo, o sobre el curso futuro de la Historia —en América no han faltado medios de comunicación que especulaban nada menos que con una próxima hecatombe nuclear—, habrá quedado desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, lo mismo que la fe cristiana no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra, más o menos morbosa, curiosidad.

Lo que pasa es que en nuestros días abundan, como setas tras la lluvia, los charlatanes que intentan vender sucedáneos de vida y de verdad —eso sí, perfectamente plastificados y retractilados—, y para ello necesitan toda una parafernalia llamativa que no es otra cosa que una mezcla de mentiras, new age, y camelos más o menos orientalizantes. Lo más grave de su irresponsabilidad es que, por desgracia, ya ni ellos mismos aciertan a distinguir lo que es verdad de lo que es falacia, y tienen la osadía de presentar, por ejemplo, la nítida y deslumbrante sencillez y verdad de los niños de Fátima como si se tratara de una película de ciencia ficción.

La sorpresa ante el milagro de la vida, en todas sus facetas y momentos, que resplandece espontánea en los niños, ¿no es acaso la actitud que exige la razón, también a los adultos? No es sólo ir contra la fe, sino contra la propia razón, la actitud tristemente actual de muchos, que incluso se dicen cristianos, que siguen fieles al prejuicio de Renán: Los milagros no existen por la simple razón de que no es posible que existan.

Cada vida, cada ser humano, cada esperanza, cada alegría de cada día es un constante y permanente milagro. Es muy de agradecer a Dios que con la inteligente publicación de Juan Pablo II de la tercera parte del secreto de Fátima, se desinfle tanto globo, tanto milenarismo apocalíptico de tres al cuarto, y, como ha dicho el propio cardenal Ratzinger, el corazón abierto a Dios es más fuerte que todos los fusiles y que cualquier tipo de arma; y que la oración y la fe son más potentes que las balas y que las divisiones.

María, la doncella de Nazaret, cambió la historia del mundo. Desde que Dios mismo tiene corazón humano y de ese modo dirige la libertad del hombre hacia el bien, la libertad del hombre hacia el mal ya no tiene la última palabra. Todo el verdadero secreto del mensaje de Fátima ya estaba en las palabras del Evangelio: Sufriréis, pero no tengáis miedo. Yo he vencido al mundo. Efectivamente, en la Cruz la destrucción se transforma en salvación. Recordar esto desde Fátima a las puertas del tercer milenio, no es cosa del pasado, sino del presente y del futuro.