RetrocesoA&ONº 219/29-VI-2000SumarioDesde la feContinuar
¿Puede un pueblo renunciar a la memoria histórica?
Por supuestas razones de pacificación o con el pretexto del progresismo cultural, pacifistas y nacionalistas, curiosamente, coinciden ahora en provocar la eliminación progresiva de la enseñanza de la Historia de España en los planes de estudio. El olvido programado de la historia nacional puede convertirse en una bomba explosiva, en manos de los gobernantes, si éstos no actúan con prudencia y sentido de la responsabilidad histórica antes de que sea demasiado tarde. Contra la estrategia de la confusión invocamos la experiencia histórica. Hay lecciones de la Historia que no se pueden olvidar.

Históricamente vinculada al período ginebrino, entre las dos guerras mundiales, los teóricos del pacifismo pretendieron presentar su propia alternativa de solidaridad y de cultura universalista, a la educación fascista, penetrada por la idea racista y heroica del nacionalsocialismo. Pensaban aquellos pacifistas que, para servir a la causa de la paz, debía desterrarse de los libros toda la historia de las guerras y aun silenciar todo lo que ha constituido la vida política de las naciones, propiciando en las escuelas la educación antimilitarista.

La enseñanza de la Historia quedaría acotada así a la del arte y la cultura, a la evolución de la técnica y condicionamientos del medio ambiente; y la historia nacional debería enmarcarse dentro de la historia universal de la Humanidad. La memoria histórica, en consecuencia, se diluía en la historia de las ciencias sociales, y cuando rozara la violencia y los conflictos, podía terminar en pura amnesia y olvido total de hechos reales y acontecimientos históricos. Desde esta visión pacifista, los manuales escolares fueron sometidos a un rígido proceso de depuración selectiva para eliminar todo lo que estimula la desconfianza y enemistad entre los hombres.

Los libros de texto para la enseñanza de la Historia en las escuelas debían ser despojados de todo elemento susceptible de crear el desprecio, la incompresión o la animosidad de los pueblos. De un solo golpe fueron expurgados pasajes y arrancadas páginas enteras que recordaban excesos y hechos históricos ciertos, pero que provocaban indignación y mantenían tópicos y odios tradicionales. Era la concepción simplista de la visión pacifista de la Historia más cercana al neutralismo utópico que al concepto de paz.

LECCIONES INOLVIDABLES


Con estos criterios y para cumplir los preceptos legales, taxativamente expresados en la Constitución española de la segunda República (arts. 6, 8 y 48), F. Martínez Torner presentó el primer proyecto español de revisión de manuales de Historia que expurgue de cuanto constituye angostura nacionalista y espíritu particularista exaltador del patriotismo peor entendido, gravitando sobre los sentimientos de solidaridad humana y de pacifismo. Sin embargo, el informe La enseñanza de la Historia en las escuelas, elaborado por M. P. Capra, Inspector General de Instrucción Pública de Francia, y prologado por Rafael Altamira, maestro del pacifismo español, en su edición española de 1934 hizo la crítica más directa a la visión pacifista de la Historia en su interpretación primitiva y original.

La escuela, decían, no puede limitarse a enseñar la historia del traje, de la habitación o de los medios de comunicación o, más científicamente, la evolución de las técnicas. Cierto que la guerra no puede ser toda la materia de la Historia, pero forma parte de ella y, omitiendo hablar de ella, se impide explicar muchos hechos de la vida cotidiana o de la organización social, ocurridos al mismo tiempo. Se trata de reducir la historia de las guerras a sus justos límites. Se limitará a estudiar las guerras que realmente han influido en la evolución histórica de los pueblos y sin las cuales esta evolución no se podría explicar.

Era un llamamiento a la responsabilidad de los pueblos desde la conciencia profunda de la Humanidad, pues el informe era un documento, síntesis de muchas respuestas a la encuesta cursada por la Comisión del Comité Internacional de Ciencias Históricas a los miembros de la Sociedad de Naciones. Atemorizados por la amenaza provocada por nacionalismos racistas y agresivos, los políticos cayeron en el error de olvidar la existencia de las guerras amparándose en el pacifismo total de paz a toda costa. Y, cuando quisieron reaccionar, era ya demasiado tarde. No pudieron evitar la segunda guerra mundial. Hay lecciones de la Historia que no se pueden olvidar.

¿Pero es que para reconstruir el futuro es necesario romper con el pasado? ¿Se contribuye acaso a la pacificación de los pueblos fomentando la pérdida de la memoria histórica y silenciando o manipulando la historia nacional? Hay olvidos históricamente absurdos. La ocultación de los conflictos y de las responsabilidades de los hombres que los protagonizan no sirve ni a la Historia ni a la paz. No se construye la paz haciendo creer que las guerras no han existido. Enseñar la Historia es no olvidar nada, no deformar nada y no aceptar nada sin verificar lo que afirma la historia oficial o la opinión de la mayoría; hay que intentar comprender, no para perdonar los horrores del pasado, sino para entender mejor por qué sucedieron y no repetirlos.

La revisión de los manuales de Historia, comentaba Pío XII, si de verdad quiere ser un medio de reconciliación social y política, deberá basarse sobre relaciones objetivas, justas y razonables, es decir, sobre la comprensión de la verdad histórica total, sobre la reparación de la justicia de las partes y sobre la colaboración para una paz de solaridad para todos. Son también las claves de la reconciliación histórica de que habla Juan Pablo II:

Para todos y cada uno de los pueblos es necesaria una especie de purificación de la memoria histórica a fin de que los males del pasado no vuelvan a repetirse. No se trata de olvidar lo sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo precisamente de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras el odio produce rutina y destrucción. La voluntad liberadora del perdón debe sustituir a la inquietante insistencia de la venganza. Para lo cual es indispensable aprender a leer la historia de otros pueblos evitando juicios superficiales y parciales, y esforzándose por comprender el punto de vista de quienes pertenecen a aquellos pueblos.

Luciano Pereña