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Casaroli ha pasado a la Historia como el gran diplomático negociador con los países comunistas durante la guerra fría. Su primera misión en los países comunistas fue Hungría y tuvo lugar en 1963, cuando todavía era reciente el trauma del 56. Llegó por orden de Juan XXIII, el auténtico inventor de la apertura al comunismo explica el antiguo Secretario de Estado, fallecido hace dos años, en estas memorias. Una aventura solitaria y llena de incógnitas: el chófer austríaco le dejó en la frontera húngara vestido con corbata y de civil, en espera de recibir órdenes de las autoridades húngaras. Las indicaciones que le había dejado el Papa no eran muy precisas: Hacía falta ver qué es lo que se podía hacer al servicio de la Iglesia en Hungría y en la Checoslovaquia comunistas. Desde entonces y durante varios años , Casaroli se convirtió en una especie de agente 007 del Vaticano en los países controlados por la Unión Soviética.En sus misiones tuvo que tratar con grises burócratas y con los héroes de la Iglesia perseguida. Con el cardenal Mindszenty, refugiado en la embajada estadounidense de Budapest, que a Casaroli le parecía como una cuchilla de acero, inflexible, dispuesto a soportar cualquier enfrentamiento; o el arzobispo de Praga, el cardenal Beran, aislado del mundo durante 14 largos años, quien en su primer encuentro con Casaroli rebosaba alegría y serenidad. Tuvo también mucho trato con el cardenal Wyszynski de Varsovia, a quien los comunistas querían que el Papa le removiera por no someterse a sus imposiciones. |
| El cardenal Achille Silvestrini, en declaraciones al diario italiano Avvenire, comenta la figura de Agostino Casaroli, con el que trabajó en la Secretaría de Estado vaticana durante casi 20 años. Juntos han combatido muchas batallas diplomáticas en el frente de la antigua Unión Soviética, hasta cuando en 1988 Silvestrini fue creado cardenal y pasó a otros encargos. Actualmente es Prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales. El cardenal Casaroli continuó siendo el brazo derecho de Juan Pablo II en la guía de la Santa Sede, hasta que, en 1991, fue sustituido por el cardenal Angelo Sodano.
Al hablar de las relaciones entre la Santa Sede y Moscú durante los años de la guerra fría, muchos ven una contraposición entre la política de pequeños pasos dirigida por el cardenal Casaroli, quien falleció el año pasado, y la línea enérgica de Juan Pablo II. Sin embargo, Silvestrini aclara: No, no hay ninguna contradicción. Las relaciones entre la Santa Sede y los países comunistas del este de Europa pasan por tres fases. La primera, del 45 al 63, está bajo el signo de la "abominatio desolationis", como la ha definido en su libro el cardenal Casaroli. La segunda, del 63 al 78, es la fase de las negociaciones agotadoras con los regímenes comunistas. La tercera es la abierta por el Papa venido del Este, con una experiencia personal de las opresiones y de las injusticias sufridas por la Iglesia que estaba detrás del telón de acero, con la afirmación vigorosa de los derechos humanos y con el orgullo de una nación que reivindicaba la devolución de la propia dignidad histórica y cristiana. Esta última fase ha marcado un gran cambio. Ya en el 75 recuerda el cardenal Silvestrini, con el Acta final de Helsinki, la Iglesia católica había obtenido el reconocimiento de la libertad religiosa y de los derechos humanos. A partir de 1978 hay un Papa que alza la voz y dice a los países comunistas: "¡Debéis aplicar aquellos acuerdos, sobre éstos se funda la legitimidad de los Gobiernos!" Juan XXIII había abierto una brecha, Pablo VI, aunque con cautela, fue hacia adelante, y Juan Pablo II relanzó el desafío en toda su amplitud. Hay un discurso de Pablo VI que parece una invitación y un encargo a su sucesor. En enero de 1978, dirigiéndose por última vez al Cuerpo diplomático, dijo: "¿No están quizás maduros los tiempos para que sea acogida la súplica de millones de personas, y todas puedan gozar del justo espacio de libertad por su fe?" En efecto, lo estaban. ¿Por qué dialogaba Casaroli con los regímenes comunistas? Se proponía despertar la aurora de una esperanza para los creyentes oprimidos y humillados explica Sivestrini. Es una expresión sacada del salmo 56, que Casaroli había traducido personalmente de la Vulgata y en el que siempre se ha inspirado. Sufría enormemente por la situación de la Iglesia en el Este de Europa. Pienso en el asunto del cardenal Mindszenty, un personaje heroico al que el Papa pidió que dimitiera y que fue relevado del cargo. Una decisión dramática, una espina para la "Ostpolitik". Esto hay que reconocerlo. No todos los muros cayeron en 1989. El diálogo con la Iglesia rusa es siempre difícil. ¿En su opinión le pregunto, habrá un viaje del Papa a Moscú? Yo creo que sí afirma Silvestrini, aunque no logro prever el cómo y el cuándo. Pero quien tiene el sentido de la Providencia, más allá del de la Historia, intuye que un día u otro este encuentro se dará. Aunque aquí se hace necesario el martirio de la paciencia. Jesús Colina |