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| Entre lo mucho que, esperémoslo, ha aprendido la Humanidad en su largo camino, desde el hacha de sílex hasta la informática, hay algo que vale más que cualquier avance material, con ser éstos muy valiosos. Se trata del respeto a los demás, en primer lugar a las personas, enseguida a los otros seres vivos, por fin a las cosas (sobre todo a las ajenas). Por algo nuestra lengua, siempre alerta, pide un respeto cuando alguien intenta propasarse, aunque sólo sea de palabra.
La última noche de San Juan, con la tradición de las hogueras que abren el verano, ha dado algunos ejemplos de que ese respeto a los demás, y a los objetos que sirven al bien común, escasea desgraciadamente entre nosotros. No sólo un criminal, o un insensato, ha matado en el espléndido lugar que es Arenys de Mar a una muchacha en flor, con algo en principio tan alegre e inocente como un cohete de artificio: al mismo tiempo, una pandilla de bárbaros sembraba de violencia lugares festivos de la hermosa capital de Castilla y León. Se les había ofrecido un espacio muy adecuado para saltar y bailar en torno a las hogueras de la noche; se empeñaron en violar la norma y en encenderlas allá donde el fuego y lo que en esa noche le rodea podrían causar daños a los bienes públicos que, con los dineros de los vallisoletanos, acaban de ser restaurados y embellecidos. La falta de respeto a quien podía disponerlo así, porque la mayoría de los ciudadanos le eligió para regirlos y proteger el bien común, obligó a la intervención de una policía tan cercana a su ciudad como la municipal que, desbordada por los nuevos forajidos, hubo de pedir refuerzos a quien podía dárselos. No respetar la decisión de quien legítimamente la había tomado costó una cuarentena de heridos, la mayoría servidores del orden. El Alcalde ha acusado a una minoría bien organizada y ha asimilado esta violencia, provista de bengalas y botellas de gasolina, a la kale borroka, esa modalidad del salvajismo que no cesa a la que algunos hispanos, desconocedores del vascuence, conocen como burradas en la calle. Y ahora no faltan los que, quizá con el disgusto de la derrota en las urnas, hablan de desproporción en la réplica de los agentes del orden. Gustaría uno, en estos casos, de ver a tales críticos enfrentados alguna vez a los mocetones que faltan al respeto a sus conciudadanos y a quien, por la libre y democrática voluntad de éstos, gobierna sus calles y sus plazas. Son, esos bárbaros, los seguidores de la ley de la selva que está muy lejos de la Ley, a secas , e incluso de la Ley Seca. Mucho menos respeto muestran, sin embargo, los empresarios de la inmigración ilegal que asalta a la vez Europa y Estados Unidos, áreas comparativamente ricas de un planeta donde bienes y fortunas se reparten con grave desigualdad. Los jóvenes espaldas mojadas ahogados en el Río Grande que separa a México de los Estados Unidos, los chinos que pagaron cada uno el equivalente de casi cuatrocientas mil pesetas para recorrer diez mil kilómetros y morir asfixiados en Dover, los africanos del norte o del sur del Sahara que nos abordan en barquichuelas, si no perdieron antes la vida en el mar, todos ésos y otros muchos han sido víctimas de mafias que, como empieza a saberse, extraen de pobres seres humanos, ansiosos de una vida mejor, tantos o más dineros sucios que los que antes lograban con el veneno de los estupefacientes: sin que ello quiera decir que los mafiosos hayan renunciado al lucrativo y canallesco negocio de las drogas. Imposible sería hallar un ejemplo más visible que éste de falta total de respeto a la vida, salvo quizá el representado por el aborto voluntario, en el que nadie pide perdón a la víctima. Sobre las víctimas, precisamente, ha escrito don Antonio Muñoz Molina, académico y novelista de mérito, un artículo ejemplar. Subraya en El País Semanal (25-VI-2000) lo que me atrevo a interpretar como el respeto que aquellas merecen, no inferior sino incluso superior al de los victimarios. Y, con valentía que desborda el habitual pensamiento único, pregunta a los administradores de la ley si a ellos les parece mejor la ejemplaridad del crimen que la ejemplaridad de su castigo. Los casos citados en el presente texto son, por supuesto, de gravedad muy diferente; pero en los tres supuestos conviene saber que alguien violó la Ley y alguien padeció esa violación. Y es la Ley, la legítima Ley, la que debe ser respetada para que desaparezca o disminuya el dolor de las víctimas. Carlos Robles Piquer |