|
|
Inmediatamente después vino la Eurocopa y vinieron tantas otras noticias que ahogaron, una vez más, la ignominia y la vergüenza de lo ocurrido en el puerto de Dover. A los dos días, casi nadie se acordaba ya de estos titulares de los periódicos: El camión de la muerte: 58 inmigrantes chinos encuentran su tumba en un vehículo sin refrigeración. Golpearon la puerta del camión hasta que se asfixiaron. La falta de oxígeno, agravada por el calor, causa de la tragedia. Y algunos días más tarde: La Unión Europea elaborará un plan común para luchar contra las mafias que trafican con personas. Otra vez la desvergüenza y la ignominia. ¿Tienen que morir asfixiados 58 seres humanos para que la Unión Europea diga que elaborará (ya veremos cuándo y cómo) un plan contra los traficantes de personas? José Antonio Jáuregui ha titulado perfectamente en ABC: Muertos con fronteras, y ante determinados titulares de algunos periódicos y determinados pies de fotos que demuestran lo preocupadísimas que estaban dos forenses británicas inspeccionando los tomates que transportaba el camión de la muerte, por si la muerte se había contagiado a los tomates, Martínmorales fustiga certeramente tanta hipocresía en la viñeta que ilustra este comentario. Hace muchas democracias que lo del transporte de personas como si fueran ganado, al estilo de las S.S., parecía que había quedado relegado al baúl de los recuerdos de la peor historia de la Humanidad. Pero ya se ve que no. ¿Cuántas personas más tendrán que morir así de infamemente para que se haga lo que hay que hacer? |
|
El diario El País ha intentado montar uno de sus numeritos habituales reproduciendo la copia de un documento anti-abortista repartido por un profesor de Religión en el que los alumnos podían comprobar la barbarie del aborto provocado, que El País llama interrupción del embarazo, sabiendo, como sabe, que nada va a seguir después de esa llamada interrupción. Titulan: Un cura da un cómic macabro anti-abortista a sus alumnos de doce años de un centro público. Es el colmo del cinismo y, desde luego, todavía es peor que lo de la preocupación por los tomates que ocultaban los cadáveres de 58 personas asfixiadas. Aquí son muchas más de 58 las que perecen cada día a manos de democráticos y civilizados ciudadanos y ciudadanas respetabilísimos. Se los cargan, acaban con ellos de las formas más macabras, pero, para El País, lo macabro no es eso; lo macabro es el cómic que hace descubrir a los alumnos la barbarie del aborto. Sólo unos días después Jesús Mosterín, profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC, comenta también en El País: El 2000 quedará en la memoria colectiva (por cierto, ¿qué será eso?) como el año en que culminó la secuenciación del genoma humano, un hito crucial como pocos en la historia de la humanidad (sic, con minúscula). Se confiesa curioso, excitado y turbado, asegura que es posible que en el futuro las empresas quieran ver nuestro perfil genético y, bajo el título Una redefinición de lo que somos, concluye: Quizás lleguemos a hacernos como dioses, tomando en nuestras manos el control genético de nuestro destino evolutivo. ¡Dios nos coja confesados!, y, abiertos a las maravillas y esperanzas de la investigación y de la ciencia, nos ayude a evitar los controles, discriminaciones, abusos y peligros de una redefinición de lo que somos y de un control genético de nuestro destino evolutivo intentando insensatamente ser como dioses.
¿Es ético que el Vaticano tenga superávit? Se pregunta, atónito, Diario 16. Pues mire usted, no sólo es ético, sino que debería ser obligatorio, como obligatorio debe ser también hacer el buen uso que el Vaticano hace de su superávit, y ya podían aprender otros. El caso es llevar la contraria: si el Vaticano tiene déficit, se rasgan las vestiduras porque ¡qué mala gestión, y quién se quedará con el dinero!; y si tiene superávit, les entran dudas de si será ético o no. ¡Qué cosas!, ¿no? Gonzalo de Berceo |