RetrocesoA&ONº 219/29-VI-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
XIII Domingo del tiempo ordinario
No temas, ten fe
Si cualquiera de nosotros acepta la velada invitación de acompañar a Jesús, insinuada por san Marcos en el evangelio de este domingo, y se mezcla con la mucha gente que le acompañaba, acabará sobrecogido del mismo estupor que invadió a los más cercanos protagonistas del milagro (por cierto, el texto griego no dice se quedaron viendo visiones, sino estupefactos de estupor, que es una clara alusión al éxtasis que provoca lo divino). San Marcos quiere mostrar a sus lectores quién es Cristo, y no encuentra mejor modo que hacernos sus acompañantes para que seamos testigos de la fuerza que sale de Él cuando cura a la hemorroísa o de su insólita autoridad despertando a la niña del sueño de la muerte. Estar al lado de Jesús, viene a decir, es el único modo de contemplar su señorío sobre la vida y la muerte.

Los dos protagonistas de la escena desean la salvación, que es mucho más que pedir la salud física. Ésta se convierte en una metáfora de la salud con mayúscula que Jesús trae. Y es que los relatos de milagros son una especie de clave para abrirnos la plena comprensión de la salvación que trae Jesús. Lo importante —podemos decir— no es el milagro sino quien lo hace. De lo contrario, Jesús hubiera sido injusto resucitando sólo a los tres muertos de los que da noticia el evangelio, o curando a los pocos privilegiados que recibieron de Él la salud. Marcos nos invita a creer en Jesús, a unirnos a Él por la fe. En cierto sentido, todo el evangelio se resume en la propuesta de Jesús a Jairo: No temas; basta que tengas fe. La fe en Cristo, ciertamente, excluye y desecha todo temor, porque quien cree en Jesús posee ya, dice san Juan, la vida eterna.

A la luz de esta verdad, quienes lloran la muerte como plañideras de alquiler, o quienes se ríen de Jesús cuando la llama sueño, forman una especie de coro tragicómico que no tiene lugar en la escena. Jesús los echa fuera, condenándolos a su propio ruido y llanto. Y, mientras se burlan de Él y organizan el estrépito de la muerte, Jesús toma la mano de la niña y con dos palabras —Niña, levántate— le concede a Jairo, y a nosotros, el premio de la fe. Ciertamente, basta la fe. Quienes acompañamos a Jesús y hemos tenido la dicha de ver lo que otros no ven, gracias al testimonio de los evangelistas, sabemos que la fe nos rescata para siempre de la condena de llorar estéril y ridículamente la muerte. Cristo ha venido a espantar el miedo a morir que priva a los que se ríen de Él de la única verdad que necesitan para ser plenamente felices.

+ César Franco