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En vísperas de las vacaciones estivales, en que se multiplican los desplazamientos, os enviamos a todos los usuarios de la carretera, desde el Departamento de la Pastoral de la carretera, de la Conferencia Episcopal Española, un mensaje fraterno de paz y de esperanza.
Con motivo de nuestra Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, que celebramos cada año en el primer domingo de julio, queremos compartir con todos los profesionales del volante y, en general, con todos los que utilizáis vehículos de motor, los gozos y las esperanzas, pero también las precauciones y temores que suscita la circulación rodada. La movilidad es un signo característico de los tiempos modernos, la carretera y el vehículo son medios indudables de progreso y comunicación; pero el progreso es siempre ambiguo. Cuando está desprovisto de los valores que orientan sus fines, o utiliza inadecuadamente los medios, acaba por volverse siempre contra el hombre. LOS RIESGOS DEL CAMINO La peregrinación comporta riesgos. Y riesgos comporta también la carretera: Las prisas por llegar, la experiencia del vértigo de la velocidad, el cansancio, el adelantamiento imprudente, la curva peligrosa, el sueño, la distracción, el exceso de alcohol, el posible fallo mecánico, la irresponsabilidad o la imprudencia... |
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Ha llovido mucho desde que Juan XXIII, ante las impresionantes estadísticas de los accidentes que añadían un problema inesperado a los ya grandes problemas de la Humanidad, invitaba a asumir una disciplina que armonice las exigencias de la prisa, que se ha apoderado de todos, con el absoluto y sagrado respeto del Código de la Circulación, para garantizar la incolumidad de la vida humana, y la serenidad de la vida cotidiana... Es preciso hacer buen uso de la vida, que es sagrada, observar las leyes de la prudencia y todas las disposiciones tomadas por la autoridad responsable; de lo contrario, el drama del viaje se convierte a menudo en tragedia de muerte y llanto.
- En el primer semestre de 1999 se vendieron 721.277 vehículos. Un 22% más que en el mismo período del año anterior. - El récord lo tuvo marzo, con más de 148.000 vehículos vendidos. - En 1998 hubo 97.570 accidentes mortales, de los que resultaron 5.957 personas muertas y 141.377 heridas leves, graves o con secuelas irreversibles. - Y otro dato a tener en cuenta: El sector juvenil, que comprende sólo el 15% de la población, suma el 25% de los accidentes. Lo siguen los varones mayores de 74 años. - En 1999 los muertos (a 24 h. del accidente) fueron 4.200. Son cifras que producen escalofrío. El traerlas a colación no es para aterrorizar, sino como llamada a la responsabilidad. Ningún proceso puede justificar los miles de vidas que cada año se cobran nuestras carreteras, a no ser que el hombre, dimitiendo de la sagrada responsabilidad que le otorga su dignidad de hombre e hijo de Dios, renuncie a señalar el sentido y marcar la orientación de todo cuanto el Creador ha puesto a su servicio. UNA NUEVA CULTURA DE LA VIDA
Hay en nuestra sociedad manifestaciones múltiples que revelan un escaso aprecio de la vida y de la dignidad de la persona humana, como si ésta fuera un producto dependiente de las leyes del mercado, de los imperativos inexorables de la técnica, de los intereses y conveniencias particulares o simplemente del destino de los pueblos. Tal falta de aprecio se manifiesta también en nuestras carreteras, teñidas de sangre con tanta frecuencia que ya ni siquiera nos inmutan las noticias que nos llegan, como partes de una guerra absurda, cada fin de semana o con motivo de los desplazamientos de las vacaciones. Tenemos que grabar en la conciencia de los conductores y de toda la sociedad el valor sagrado de toda vida humana y la primacía del hombre sobre todas las cosas. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida; nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos. Nos unimos, por eso, al noble esfuerzo de la Dirección General de Tráfico, de las Jefaturas provinciales y de todos los que están empeñados en lograr una reducción drástica de los accidentes de tráfico. Es una labor que vale la pena. Implica, en primer lugar, a la conciencia misma de los conductores, pero también a los organismos públicos, a las escuelas de conductores, a las familias, a los medios de comunicación social, a los educadores. Y nos implica, de manera particular, a quienes creemos en el Dios de la Vida. |