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El objetivo que me he propuesto es apologético y polémico: he querido, en el límite de mis fuerzas, exponer los aspectos vitales de la verdad cristiana ligados al problema del mal y sobre los que, sobre todo en los últimos tiempos, existe una gran confusión. El propio Vladimir Soloviev resume así, en el Prefacio del autor a estas espléndidas 190 páginas que acaba de editar Scire en su colección de Textos clásicos, su intención al escribir este libro: mostrar la máscara engañosa bajo la que se esconde el abismo del mal. Soloviev escribía esto el domingo de Pascua del año 1900. Ha pasado justamente un siglo, pero lo que su personaje, el señor Zeta, afirma en estos tres diálogos con el general, el político, el príncipe y la señora, es hoy tanto más actual que entonces. Jorge Soley Climent, en su Prólogo del traductor, afirma que este último y más célebre texto de Soloviev, cuyo título completo es Los tres diálogos sobre la guerra, el progreso y el fin de la Historia universal, con un breve relato sobre el Anticristo, reúne una refutación radical y apasionada del progresismo tolstoyano. Cuando Soloviev escribió su obra, Tolstoi se había convertido en un pensador de gran influencia, no sólo en Rusia sino en el mundo entero. La Iglesia ortodoxa rusa lo excomulgó por su rechazo de la Encarnación y de la Resurrección. El cristianismo de Tolstoi se había convertido en un mero conjunto de normas éticas. A los ojos de Soloviev, el cristianismo arbitrario, mutilado e influyente de Tolstoi, que acepta y respeta incluso a la Iglesia, pero sin Cristo, constituye un mal real, en el que paz, progreso, bienestar, pluralismo se revelan seducciones diabólicas y mortíferas, al separarnos de la Verdad.
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Monseñor Rafael González Moralejo, obispo emérito de Huelva, fue uno de los pocos obispos españoles todavía vivos que participaron en el Concilio Vaticano II. A una distancia casi de 30 años, sus apuntes y anotaciones como padre conciliar durante las reuniones que gestaron la Constitución Gaudium et spes refrescan y traen a la memoria el valor de este trascendental documento eclesial, y también la complejidad de su elaboración, cuya voz profética sigue resonando hoy, como demuestran fehacientemente estas 225 páginas que acaba de editar la BAC. Escribe el autor en el preámbulo: Una de las experiencias vivas de la Iglesia, que ha representado para mí un verdadero regalo de Dios, es haber asistido al Concilio Vaticano II desde sus comienzos, cuando aún no contaba los 44 años. He decidido escribir esta crónica cuando ya estoy retirado de la labor pastoral directa. Monseñor González Moralejo ha trabajado con amor a la Iglesia, con esmero y escrupulosidad y con amor a la verdad. Sus notas taquigráficas, que dan pie al título del libro, constituyen una interesántisima aportación a la definitiva historia de la Gaudium et spes.
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