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Ojos también de carne, de sangre y de dolor son, y de vida!, nos había dicho don Miguel de Unamuno a la sombra del convento de San Esteban, recordando al Cristo de la luminosa serenidad que un día pintara Velázquez. Y es Salamanca, tierra de luz, de colores encendidos sobre la piedra abrasada de la historia de un fecundo diálogo entre la fe y la razón del hombre, el lugar oportuno, lugar teológico, Iglesia, para presentar al ciudadano, al viandante, la memoria de las miradas de los hombres a Dios, en recuerdo de las de Dios a los hombres.Cuantas veces nos hemos preguntado por lo que le falta al hombre para que su corazón sea como el de Dios, para que su mirada sea como la de Dios, nos hemos sorprendido por la herencia de nuestros predecesores. El arte de la mirada es más que un lenguaje, más que una gramática de humanización. Si miras a Dios ¿quieres ver a Dios?, se decía en las tierras castellanas, tienes que perderte en el horizonte de tu propia vida. La mirada de Cristo se graba en el corazón de los cristianos cuando volvemos nuestros ojos a quienes nos rodean, y acompañamos el camino de nuestra mirada con una palabra fecunda de amor. No hay civilización sin mirada, no hay cultura sin el color de la retina de una naturaleza fecunda que se impone y se propone. Hay una lógica de la mirada en la creación, que nuestro tiempo ha oscurecido con la penumbra del olvido de Dios y del hombre. |
| La diócesis de Salamanca ha organizado una exposición bajo el título Miradas 2000. La figura de Jesús, que permanecerá abierta hasta el mes de julio, en el edificio Calatrava (calle Rosario, 18). Esta muestra nos acerca al apasionante universo de cuanto los pinceles nos han dicho sobre la mirada del Salvador. El obispo de Salamanca, monseñor Braulio Rodríguez Plaza, recuerda, en la introducción al Catálogo, que una de las razones del gran fracaso de la Ilustración fue, no solamente la muerte o la instrumentalización de la razón a manos de las razones empíricas, sino también su secuestro por la ascendente clase burguesa o "ilustrada", de modo que sólo "el ilustrado" era hombre a parte entera y reclamaba ser sujeto de la Historia, sólo él ejercitaba la razón, que solamente podía darse entre los sujetos "ilustrados". Esto podría ocurrir de nuevo, si el Estado democrático asumiese la tarea de ser él el único que genera verdad, arte, posibilidades, y se impidiera, por ejemplo, la posibilidad de contemplar lo que encierra una cultura cristiana creada en los últimos 800 años en nuestra tierra: una visión del hombre y de la vida en que el "yo" y el "tú" lleva consigo un modo de vivir implicado en los valores del cristianismo histórico que es de un grosor admirable.
José Francisco Serrano |