RetrocesoA&ONº 202/2-III-2000SumarioCriteriosContinuar
El voto y la fe
Yo no voto, porque ningún partido me convence, ninguno asegura el verdadero bien del hombre y de la sociedad. Decir o pensar tal cosa puede parecer, a más de uno, un gesto loable de responsabilidad, pero en realidad es una irresponsabilidad manifiesta, desde el punto de vista cívico, y más aún desde el punto de vista de la fe católica.

Dar el voto a un partido político no es, evidentemente, hacer una profesión de fe en él como si del Evangelio de Dios se tratase; ni tampoco dejar de dárselo porque no refleje todos los postulados de la fe verdadera es exigencia de esta misma fe. Según esto, podría parecer, a primera vista, que eso de votar nada tiene que ver con la religión. ¡No hay que mezclar la religión con la política!, suele decirse. ¿Pero qué es la religión y qué es la política? En la mentalidad común, la primera aparece reducida a la intimidad de la conciencia de cada uno, y la segunda se refiere a la cosa pública: dos ámbitos, pues, que no deberían mezclarse. ¿Es así?

Aparte de que el término mezclarse, ciertamente, resulta inadecuado -¿el adecuado sería complementarse?-, la cuestión, sin embargo, está en los conceptos mismos de religión y de política, que a lo largo de la llamada Edad Moderna han sido subvertidos. Dar el voto, respetar el orden constituido, obedecer a las legítimas autoridades, y apoyar a las que mejor garanticen la libertad de la Iglesia, es algo que ésta ha enseñado siempre a sus fieles, desde la época apostólica. Un texto evangélico de referencia es, sin duda, la respuesta de Jesús a la capciosa pregunta de los fariseos de si hay que pagar o no el tributo al César, fácilmente intercambiable por la de si hay que dar o no el voto a un partido político.

¿Cómo se interpretan las palabras de Cristo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios? Muchos dirían: Las cosas de la vida pública están ahí, y hay que respetarlas, pero ¡ojo!, que existen también las cosas de la religión, que hay que respetar igualmente, e incluso más todavía.

Hay que dar a Dios lo que es de Dios. De acuerdo. ¿Qué le pertenece a Dios? Muchos dirían: La parcela religiosa, lo espiritual, lo interior. ¿Y qué pertenece al César? Lo demás, que al final -como es falso que lo religioso se reduce a lo privado- resulta que es absolutamente todo. Para una inmensa mayoría hoy, en efecto, Dios ha quedado reducido a eso, a una parcela. ¡Dad a Dios lo que es de Dios! ¿Pero hay algo que no sea de Dios? Aquí está el drama: quedarse con un dios al que no le pertenece todo y que no tiene que ver más que con esa parcela privada, a la que se le prohibe tener repercusiones públicas. ¿Qué sucede entonces? Que el Estado -nuestro siglo XX ofrece pruebas clamorosas de ello- se arroga el lugar de Dios, con lo cual quedan subvertidos los conceptos de religión y de política, y en lugar de la verdad, se implanta la mentira y el totalitarismo.

Ciertamente, al César hay que darle lo que es del César, la parcela -aquí sí es correcto el término- de lo público que le corresponde, pero de ningún modo hay que darle al César lo que sólo es de Dios. Al votar hay que tener esto muy claro, y hacerlo con inteligencia, buscando el bien posible -como han dicho claramente nuestros obispos-, para la mayor libertad de la Iglesia, que somos todos los bautizados, y para el mayor bien de la sociedad entera. Cuando la religión y la política no están subvertidas, es precisamente la religión, que ilumina la vida entera, la que ayuda eficazmente a discernir a quién entregar el voto.

A la luz de la religión así entendida, sin reducciones, es una irresponsabilidad abstenerse, o votar en blanco, porque la búsqueda del bien posible obliga a preguntarse: ¿Qué opción política puede resultar favorecida por mi abstención, o voto en blanco? Evidentemente la más contraria a los deseos de quien, por insatisfacción, vota en blanco o se abstiene, porque hace que aumenten las diferencias -tan decisivas- en el escrutinio global y, por tanto, en la distribución de escaños, de acuerdo con nuestro sistema electoral, y en el logro o no de un Gobierno sólido, estable, como el que requiere un futuro de España que no quede a merced de pactos y trueques de intereses. Al mismo tiempo es preciso recordar a los políticos, y no menos a los electores, que a la democracia no le hacen falta mítines, sino ejemplos.


El desarraigo de lo propio
La Biblia no es mera expresión de la cultura del pueblo de Israel, sino que está continuamente en disputa con el intento, totalmente natural de este pueblo, de ser él mismo e instalarse en su propia cultura. La fe en Dios y el sí a la voluntad de Dios le van desarraigando continuamente de sus propias representaciones y aspiraciones. Él sale constantemente al paso frente a la religiosidad propia de Israel y a su propia cultura religiosa, que quería expresarse en el culto de los lugares altos, en el culto de la diosa celeste, en la pretensión de poder de la propia monarquía. Empezando por la cólera de Dios y de Moisés contra el culto al becerro de oro en el Sinaí, hasta los últimos profetas postexílicos, de lo que siempre se trata es de que Israel se desarraigue de su propia identidad cultural, de que debe abandonar, por así decir, el culto a la propia nacionalidad, el culto a la raza y a la tierra, para inclinarse ante el Dios totalmente otro y no apropiable, que ha creado cielo y tierra, y es el Dios de todos los pueblos.

La fe de Israel significa una permanente autosuperación de la propia cultura en la apertura y horizonte de la verdad común.

Los libros del Antiguo Testamento pueden parecer, desde muchos puntos de vista, menos piadosos, menos poéticos, menos inspirados que importantes pasajes de los libros sagrados de otros pueblos. Pero, en cambio, tienen su singularidad en la índole combativa de la fe contra lo propio, en este desarraigo de lo propio que comienza con la peregrinación de Abraham.

La liberación de la ley que Pablo alcanza por su encuentro con Jesucristo resucitado, lleva esta orientación fundamental del Antiguo Testamento hasta su consecuencia lógica: significa la universalización plena de esta fe, que se separa del orden nacional.

Ahora son invitados todos los pueblos a entrar en este proceso de superación de lo propio, que ha comenzado en primer lugar en Israel; son invitados a convertirse al Dios, que, desapropiándose de sí mismo en Jesucristo, ha abatido el muro de la enemistad entre nosotros y nos congrega en la autoentrega de la cruz.

Cardenal Joseph Ratzinger

(Madrid, 16/02/2000)