Mensaje de Juan Pablo II para el tiempo cuaresmal
La fuerza renovadora
del amor de Dios
La celebración de la Cuaresma, tiempo de conversión y reconciliación, reviste en este año un carácter muy especial, ya que tiene lugar dentro del Gran Jubileo del 2000. El tiempo cuaresmal representa el punto culminante del camino de conversión y reconciliación que el Jubileo, Año de Gracia del Señor, propone a todos los creyentes para renovar la propia adhesión a Cristo y anunciar, con renovado ardor, su misterio de salvación en el nuevo milenio. La Cuaresma ayuda a los cristianos a penetrar con mayor profundidad en este Misterio escondido desde siglos; los lleva a confrontarse con la Palabra del Dios y les pide renunciar al propio egoísmo para acoger la acción salvífica del Espíritu Santo.
Estábamos muertos por el pecado: así es como san Pablo describe la situación del hombre sin Cristo. Por eso, el Hijo de Dios quiso unirse a la naturaleza humana y, de este modo, rescatarla de la esclavitud del pecado y de la muerte. Es una esclavitud que el hombre experimenta cotidianamente, descubriendo las raíces profundas en su mismo corazón. Se manifiesta en formas dramáticas e inusitadas, como ha sucedido en el transcurso de las grandes tragedias del siglo XX, que han incidido profundamente en la vida de tantas comunidades y personas, víctimas de una violencia cruel. La Humanidad está marcada por el pecado.
Ante la oscuridad del pecado y ante la imposibilidad de que el hombre se libere por sí solo de él, aparece en todo su esplendor la obra salvífica de Cristo. Éste es el Misterio Pascual en el que hemos renacido; en él, como recuerda la Secuencia pascual, lucharon vida y muerte en singular batalla. Los Padres de la Iglesia afirman que, en Jesucristo, el diablo ataca a toda la Humanidad y la acecha con la muerte; pero que es liberada de ésta gracias a la fuerza victoriosa de la resurreción. En el Señor resucitado es destruido el poder de la muerte y se le ofrece al hombre la posibilidad, por medio de la fe, de acceder a la comunión con Dios. El creyente recibe la vida misma de Dios por medio de la acción del Espíritu Santo, primicia para los creyentes. Así, la redención realizada en la cruz renueva el universo y opera la reconciliación entre Dios y el hombre y entre los hombres entre sí.
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El Jubileo es el tiempo de gracia en el que se nos invita a abrirnos de un modo especial a la misericordia del Padre, que en el Hijo se ha acercado humildemente al hombre, y a la reconciliación, gran don de Cristo. Este año debe ser un momento privilegiado en el que se experimente la fuerza renovadora del amor de Dios, que perdona y reconcilia. Dios ofrece su misericordia a todo el que la quiera acoger, aunque esté lejano o sea receloso a ella.
El itinerario de la conversión lleva a la reconciliación con Dios y a vivir en plenitud la vida nueva en Cristo: vida de fe, de esperanza y de caridad. La gracia del Jubileo nos empuja sobre todo a renovar nuestra fe personal. Ésta consiste en la adhesión al anuncio del Misterio Pascual, mediante el cual el creyente reconoce que, en Cristo muerto y resucitado, le ha sido concedida la salvación, a Él le entrega cotidianamente la propia vida y, con la certeza de que Dios lo ama, acoge lo que el Señor quiere de él. Por lo tanto, la fe es el sí del hombre a Dios, su Amén.
Con ocasión de la Cuaresma se invita a todos -ricos o pobres- a hacer presente el amor de Cristo con obras generosas de caridad. En este Año Jubilar estamos llamados a una caridad que, de un modo especial, manifieste el amor de Cristo a aquellos hermanos que carecen de lo necesario para vivir, a los que son víctimas del hambre, de la violencia y de la injusticia.
Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Estas palabras de Jesús nos aseguran que no estamos solos cuando anunciamos y vivimos el Evangelio de la caridad. En esta Cuaresma del año 2000, Él nos invita a volver al Padre, que nos espera con los brazos abiertos para transformarnos en signos vivos y eficaces de su amor misericordioso.
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