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Hubo gente que se asustó cuando se empezó a hablar del cine infográfico, sin cámara ni actores. Pensaban que era el fin de una forma tradicionalmente válida de narrar; creían que nacía un monstruo virtual que arruinaba un siglo de estrellas y glamour. Pero curiosamente ese clasicismo añorado tiene en el padre del cine de animación digital en 3D su más ferviente devoto. John Lasseter no se ha separado ni un centímetro de los patrones más clásicos del guión cinematográfico. Así como en Bichos revisitaba la clásica aventura de Los siete samurais de Kurosawa, en Toy Story 2 nos habla de la amistad, de la pertenencia, de la ambición, del egoismo..., dentro de esquemas que en momentos nos recuerdan a El mago de Oz, a Pinocho y al mismísimo Pulgarcito.Con el mismo equipo creativo que en anteriores ocasiones, Lasseter nos cuenta cómo un compulsivo coleccionista de juguetes, Al McWhiggin, secuestra a Woody (ya saben, el simpático sheriff). En el piso de Al, Woody descubre que él es un muñeco de gran valor y que, junto a otros tres (Jessie, Perdigón y Pete), va a formar parte de un prestigioso museo japonés. Pero sus amigos Buzz, señor Patata, Slinky, Rex y Jam no van a dejar que esa perspectiva de fama estéril le seduzca. Sin embargo..., Woody se ha enamorado de Jessie la vaquera, que sí está deseando convertirse en una pieza de museo. Ahí tenemos el conflicto. De esta forma Lasseter nos va a hablar de cómo, frente a la tentación de un modo de vivir individualista que busca el éxito material a cualquier precio (la cultura-museo que en el film representa Al McWhiggin y su muñeco Pete el Capataz), existen los vínculos de pertenencia que, aun siendo más arriesgados, son los que realmente desea nuestro corazón. La película también ofrece guiños y tramas secundarias de cierto interés. Por ejemplo, los muñecos abandonados sufren de una crisis de identidad llena de resentimiento: la moraleja es clara; también, en las tomas falsas finales, Lasseter se burla -a través de una barby- de la estúpida existencia de muchas presuntas top models que viven de la apariencia; Wheezy es un triste y afónico pingüino que recupera su energía cuando se siente querido; el señor Patata es un fiel marido que, ante la exuberante belleza de una barby, debe recordarse a sí mismo de forma reiterativa que es una patata casada; y otros simpáticos ejemplos que, sin embargo, están lejos de construir una película maniquea y moralista. Por el contrario, Toy Story 2 es un film cuyos valores nos llegan envueltos en una gran libertad y espontaneidad, con la frescura de una historia creativa llena de comicidad, maravillosos gags y algún que otro homenaje al cine (v.gr. a La Guerra de las Galaxias). Toy Story 2 confirma una vez más que el secreto del cine no está en la grandiosidad de los recursos, sino en el talento de los creadores. Quizás estamos, como ha apuntado un certero periodista, ante el Walt Disney de la nueva edad de oro del cine de animación. Juan Orellana |