RetrocesoA&ONº 202/2-III-2000SumarioDesde la feContinuar
Teatro
La quimera del oro, a la española
Es muy viejo ya el adagio latino Castigat ridendo mores: eso justamente es lo que Arniches (1866-1943) vuelve a hacer con esta obra que en su título, de comedia frívola, camufla el aguijón tragicómico de la sátira, y que se sirve de la risa y hasta de la carcajada, de los golpes de efecto y de los juegos y equívocos del lenguaje, para censurar una de las más viejas costumbres humanas: la de ambicionar riquezas. Cuando tres millones eran nada menos que una fortuna en España, ya no había que hacerle melindres al dinero, como dice uno de los personajes.

Mucho oficio teatral, pero también mucho ingenio y muchas horas de vuelo en la asignatura de la condición humana, esconde esta obra que, como en su estreno, allá por 1918, vuelve a ser justamente aplaudida, ahora en el Teatro Arlequín. Sube a su escenario de la mano de un inteligente trío: bajo la dirección de José Luis Alonso de Santos, la producción de Enrique Cornejo, y la versión de Andrés Amorós. Éste revela que, hace muchos años, imaginó un juego: si este texto lo hubiera escrito Eduardo de Filippo, interpretado Tottó y dirigido Strehler, ¿nos atreveríamos a calificarlo como obra menor? Nuestro sensacional Tottó español es José Luis López Vázquez que recibe todo el merecido y bien ganado cariño del público. Un rato muy divertido y agradable. Preciosa la música final.

Los embrollos del amor
Francis Joffo ha escrito una comedia bien construida, con un diálogo ágil, lleno de réplicas explosivas y de sucesivos embrollos que dan lugar a situaciones a cual más divertida, que llevan al público a la risa de la forma más natural y continuada: así ha escrito, en la presentación al público de esta comedia, Juan José Arteche, que ha realizado su inteligente versión española. Y, ciertamente, así es.

Hay en la obra mucho más -amor, ternura, nostalgia, humanidad- que lo que hace pensar el mero y a todas luces coyuntural frente a frente del título con que se presenta en el Teatro Reina Victoria.

Son los eternos juegos del amor humano, en este caso al socaire de los modos actuales, tan en triste y banal boga, de las separaciones y amenazas de divorcio, tan inútiles cuando en el fondo hay amor -es el caso-, como hipócritas e ineficaces cuando no lo hay.

Pedro Osinaga, a quien se le nota muy a gusto, lleva casi todo el peso de la obra con mucho garbo y con muy buen hacer teatral. Le ayudan eficazmente Rosa Valenty, Pedro Javier, Francisco Portilo, Felipe Andrés, Sarah Sanders, Francisco Benlloch y Ruth Díaz. Fermín Cabal dirige bien a tanto ex que acaba no siéndolo, en una acertada escenografía de Burmann. El público se divierte y aplaude agradecido.

M.A.V.