RetrocesoA&ONº 202/2-III-2000SumarioDesde la feContinuar
De aquí y de allí
Los otros
Acaba de saberse que allí, en los Estados Unidos, hay ya dos millones de presos; hace una década sólo había un millón. Pero lo más impresionante es esto: sólo son de raza negra el 13% de los norteamericanos; pero son de raza negra la mitad de los encarcelados, es decir, alrededor de un millón. Y si nos fijamos en los que están entre rejas por haber consumido drogas, resulta que tres de cada cuatro son de raza negra. El periodista que lo cuenta (don Jesse Katz, en Los Angeles Times) reconoce que la raza está por debajo de las apariencias y forma lo que él llama el subtexto, un código implícito que nos hace ver a los delincuentes como el otro, como una clase distinta de gente que se torció. Luisiana es el Estado con más alta población penal: 736 de cada 100.000 de sus habitantes, una mitad más del promedio nacional. Y el Presidente del Senado estatal ha llegado allí, después de pensarlo mucho, a la conclusión de que están mejor en Minnesota, que tiene el porcentaje más alto de los Estados Unidos en graduados universitarios y el más bajo en personas encarceladas. O sea: la educación disminuye la delincuencia. No en vano, los negros reciben en general peor educación que los blancos.

Simultáneamente, vemos que aquí también tenemos el otro. Quien tuviera alguna duda la perdió después de los tristes episodios de El Ejido, un lugar hasta ahora sólo conocido por el triunfo del talento hidráulico, de la iniciativa agrícola y de la laboriosidad de empresarios y trabajadores. En este caso, el otro de raza negra no ha aparecido en el conflicto, ni para bien ni para mal; los que lo encarnan aquí son de raza blanca o, a lo más, algo tostada. Pero tienen un rasgo diferencial: son musulmanes y hablan árabe o, a veces, un dialecto bereber. Casi sin darse cuenta, con el pretexto de unos bárbaros crímenes de individuos aislados que la justicia castigará, se ha ido formando allí, entre españoles de raíz cristiana, esta oscura, falsa, injusta, imagen del otro, del moro hereje, que acaba de rebatir don Alfonso de la Serna en un espléndido artículo en ABC. Por cierto: muchos recordamos cómo una llamada Radio de las Mil Colinas excitó los odios tribales entre católicos en Ruanda y llevó al espantoso genocidio de 1994. Pues bien: asegura don F. P. Puche en Las Provincias de Valencia que urge reflexionar sobre el papel que las emisoras de radio y televisión locales han tenido en la preparación previa del caldo de cultivo del conflicto. Esperemos que a la reflexión acompañe, quien deba hacerla, una rigurosa investigación.

Añadamos algo que puede parecer ajeno a lo dicho; no lo es. Ha habido un Congreso en Madrid, organizado por la Facultad de Teología San Dámaso sobre la encíclica Fides et ratio de Juan Pablo II. Ante más de dos mil personas lo inauguró el cardenal Ratzinger con una conferencia en impecable español. De su penetrante glosa al texto del Papa se saca alguna lección, válida allí y aquí: nuestra fe nos invita a superar lo propio y a incorporar lo ajeno, a buscar lo universal del espíritu humano y a reconocer que todas las religiones pueden ser caminos de salvación. O sea: el agnóstico Sartre no tenía razón: a veces el infierno somos nosotros, no los otros.

Carlos Robles Piquer