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En la encíclica Sollicitudo rei socialis, Juan Pablo II recordaba que la Iglesia no dispone ni propone sistemas o programas políticos o económicos, ni manifiesta siquiera preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea respetada y promovida. Ahora bien, como afirmaba a su vez Pablo VI en su encíclica Populorum progressio, la Iglesia es experta en humanidad y como tal le compete extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades en busca de esa felicidad siempre relativa que es posible en este mundo. Nada de extraño, por tanto, que la Iglesia , entendida como jerarquía, intervenga a tiempo y a destiempo para recordar a los fieles algunos aspectos morales inherentes a la fe, sobre todo cuando son llamados a participar en unas elecciones generales.Es lo que ha hecho estos días la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española al subrayar ese derecho civil y, al mismo tiempo, obligación moral de votar y de hacerlo con responsabilidad y libertad, desde una conciencia rectamente formada. En otras palabras, los obispos se han visto en la obligación de iluminar la conciencia moral de los católicos y de cuantos quieran escucharles para que el acto de votar no sea una simple rutina democrática sino una decisión consciente de su trascendencia. Y, como siempre suele ocurrir cada vez que hablan los obispos sobre aspectos que conciernen a la vida pública, sus palabras han provocado una tormenta política y mediática. No porque hayan dicho algo nuevo y estridente o hayan criticado a tal o cual partido sino, simplemente, porque han recordado a los creyentes lo que significa votar en coherencia con la fe y la necesidad de valorar quien promueve y defiende eficazmente los derechos fundamentales de la persona. |
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Pero ahí está todo el peso de la provocación episcopal. Recordar los derechos y la dignidad humanos es recordar, en primer lugar, el derecho a la vida, un derecho que significa respeto sin fisuras a la vida, desde su inicio a su fin natural. Dicho sin rodeos: el aborto, en cualquiera de sus formas, no puede ser defendido en conciencia por un cristiano. Y ocurre que en el programa del Partido Socialista, en el apartado dedicado a la mujer, se incluye el propósito de revisar la actual legislación sobre la interrupción voluntaria del embarazo que ponga fin a las limitaciones actuales, en el marco de la Constitución y asegure la atención sanitaria integral a la mujer que se acoja a ella. Más aún, el PSOE considera que esta iniciativa electoral responde a su deseo de respeto a la autonomía y a la responsabilidad de la mujer en la decisión sobre su maternidad, una autonomía que no tiene en cuenta la responsabilidad sobre el ser no nacido. Ocurre también que Izquierda Unida, aliada estratégica en estas elecciones del PSOE, también es partidaria del aborto sin limitaciones. Y ocurre, por último, que el Partido Popular, que nos ha gobernado estos últimos cuatro años, calla en su programa la discutida cuestión, pero anuncia por boca de sus portavoces que no hará nada para cambiar la actual legislación que legaliza el aborto en los tres supuestos conocidos.
Es decir, volvemos al viejo y nunca consumado debate sobre el concepto que cada partido tiene de la dignidad humana y del progreso humano. Sin necesidad de acudir a la célebre sentencia de Feodor Dostoyewski: Si Dios no existe nada será inmoral, todo deberá ser permitido, incluso el canibalismo, el cristiano no tiene más remedio que recordar la diferencia esencial que existe entre las ideologías materialistas que pretenden construir aquí su propio paraíso mediante el progreso ilimitado de supuestos derechos humanos, y la fe en Dios que da todo su sentido a la libertad humana cuando se basa en la Verdad. El progreso de la Humanidad no sólo debe medirse por el progreso de la ciencia y de la técnica sino, principalmente, por la primacía que se de a los valores espirituales por el progreso de la vida moral, afirmaba Juan Pablo II en su alocución a las Naciones Unidas poco después de ser elegido Papa, cuando todavía el mundo vivía en plena guerra fría. UNA VIEJISIMA UTOPIA Por mucho que ha cambiado el mundo, la vieja utopía del progreso, tal y como se imaginaba el pasado siglo, sigue fascinando a los partidos de nuestro tiempo, tanto los de corte neoliberal como los que todavía se nutren de la vieja savia socialdemócrata aunque haya cortado sus raíces marxistas. Su formulación electoral es bien simple: si el sentido de la vida individual y social es la libre satisfacción parlamentaria de los deseos y de los gustos de amplias mayorías o incluso de minorías (la ley positiva), tanto el aborto como la eutanasia deben considerarse como derechos humanos y, por tanto, signos de progreso social. En otras palabras, las ideologías progresistas, con sus reminiscencias iluministas prescinden de la ley moral, de la ley natural, de los mandamientos de la Ley de Dios sencillamente porque no valen para la construcción de su paraíso humano- donde ya habrá tiempo para organizar una ética y unos valores cívicos a la medida de las mayorías gobernantes. Nada de esto dicen los obispos de manera explícita en su nota ante las próximas elecciones, aunque es clara la preocupación moral que en ella subyace y que comparto como católico. Es probable que estas reacciones serían más matizadas si el debate sobre la dignidad humana estuviese más presente en la actividad intelectual y si el pluralismo ideológico y de creencias no excluyese un mínimo consenso sobre algunos principios morales incuestionables para construir una sociedad que satisfaga las necesidades humanas, tanto las materiales como las espirituales y religiosas. Salvo la defensa del pluralismo y algunas libertades democráticas, ese consenso no sólo no existe, sino que todavía se discute, a estas alturas de progreso científico y tecnológico, en qué momento de su desarrollo debe respetarse la vida humana. Así resulta que todo un programa político, todo un proyecto de mejora social, todo un anhelo de proteger a los débiles, puede quedar seriamente en entredicho en el momento que no se respeta el principio de los principios de la dignidad humana: el derecho a la vida que debe garantizarse desde el momento mismo en que es concebida. ¿Qué credibilidad puede tener, por ejemplo, un programa que, en palabras de Joaquín Almunia, pretende convertir España en una sociedad segura de sí misma en la que todos los españoles estén dotados de nuevas posibilidades de bienestar, progreso, libertad y justicia, si no garantiza el derecho a nacer y considera que la autonomía de la mujer está por encima del respeto a la vida del no nacido? ¿Y qué decir de su principal rival de centro-derecha que ha gobernado durante una legislatura sin atreverse a proponer siquiera una ley de ayuda a las familias y a las madres solteras aunque, eso sí, hiciera todo lo posible para impedir una ampliación de los casos de aborto? ¿Es sólo una cuestión de matices sobre el derecho de abortar lo que separa ideológicamente a los principales partidos que se disputan el Poder? Todo esto, sin embargo, es bien sabido y, en este sentido, podría decirse que la nota de los obispos es ociosa en la medida que los cristianos deben discernir bien, por su educación en la fe, qué partidos y qué programas se acercan más a su sistema de valores para votar en conciencia. El único problema estribaría, en principio, en informarse y en elegir el mal menor, de acuerdo con la vieja doctrina expuesta por primera vez por Thomas de Kempis hace siete siglos. Pero aquí entramos en otra dimensión que tiene mucho que ver con el eclipse de valores y la desorientación que sufre buena parte de una sociedad embriagada por el consumismo y el hedonismo, cuando no se deja seducir por el espejismo del progresismo cuando es de signo izquierdista. Con evidente jactancia, el propio Secretario General del PSOE se permitía afirmar, a la vista de la nota de los obispos, que él cuenta con el voto de los católicos progresistas que confían en el socialismo como garantía de progreso social- y están de acuerdo con el aborto. ILUMINAR LAS CONCIENCIAS No le falta razón. El voto católico ha sido fundamental para el triunfo de los socialistas a lo largo de cuatro legislaturas, a pesar de todos los escándalos de corrupción, de la legislación sobre el aborto, de las trabas a la libertad de enseñanza, del permisivismo social, del control de los medios de comunicación donde se ridiculizaban las normas de moral cristiana y de las reiteradas denuncias de los propios obispos. Todavía hoy existe un grupo de teólogos progresistas que acusan a los obispos de pretender una sociedad confesional, y defienden una heterodoxia moral muy afín a los postulados socialistas, desde el divorcio al aborto pasando por la contracepción, las relaciones prematrimoniales y otras actitudes que se quieren hacer compatibles con la moral cristiana. ¿Qué votantes católicos guardan memoria de los veintitantos documentos publicados por los obispos en los últimos años, como La verdad os hará libres, Los católicos en la vida pública, Testigos del Dios vivo, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo y tantos otros? Hace unos años, con el programa 2000 del PSOE en las manos, la periodista María José Francés preguntó a un prelado si el problema principal de la Iglesia era la ofensiva laicista del PSOE. La respuesta fue más o menos ésta: La Iglesia católica tiene problemas mucho más serios en los que pensar. Por ejemplo, la conversión de los propios católicos. Lo cual no significa, precisamente, confesionalizar la política sino algo tan sencillo como evangelizar a los propios católicos- Pues bien, la nota de los obispos sobre las próximas elecciones no pretende tanto. Tan sólo iluminar la conciencia moral de quienes pueden sentirse aún confusos. Y, como podrá observarse en estas mismas páginas, los obispos no hablan sólo del respeto a la vida, sino de otros aspectos que afectan profundamente a la convivencia y la solidaridad, como puede ser el apoyo claro a la familia y sus derecho; el apoyo a la calidad de enseñanza y la garantía del derecho de los padres a elegir el modelo de educación que desean para sus hijos; la promoción de una cultura respetuosa de los valores morales; la aplicación de políticas que favorezcan la libre iniciativa social y el trabajo para todos; y, finalmente, la busca de la paz y la reconciliación sin olvidar una condena de la violencia y el terrorismo. Nuestro propósito, al analizar los programas de los principales partidos en liza, es ofrecer al lector la posibilidad de comparar lo que ofrecen o prometen esos partidos en relación con las inquietudes manifestadas por los obispos. Manuel Cruz |