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Desde el principio de mis días y por un designio divino inescrutable he vivido siempre sumergido en el océano infinito de la misericordia de Dios. Muy pocos días después de mi nacimiento el Santo Bautismo me revisitió de Cristo, recibiendo por parte de mis padres una esmerada educación católica. La capilla de la Inclusa, a cien metros de nuestra casa, fue al principio el centro de nuestra práctica cristiana. A los once años ingresé como aspirante de la Acción Católica en la parroquia de Covadonga. Este hecho determinó mi futuro. Fui más tarde delegado de aspirantes; lo que me condujo a tener estrecha relación con el Consejo Superior de la Organización y sus dirigentes. El testimonio de éstos y su mentalidad me llevaron a plantearme, al final de la adolescencia, el problema de la vocación sacerdotal, que fue madurando en los años siguientes, lo que determinó mi ingreso en el Seminario Conciliar de Madrid el curso 1941-42. Me ordené sacerdote el año 1949 e inicié mi apostolado sacerdotal en dos pueblos de la sierra de Madrid, en los que permanecí tres años.Al regreso de Roma, donde amplié estudios de Teología, fui nombrado consiliario nacional de la JOC y más tarde de la JACE, simultaneando estos cargos con clases de Teología en el Seminario Hispanoamericano. Nombrado obispo de Salamanca, permanecí al frente de la diócesis treinta y un años. Jubilado de la misma y cuando se acerca el final el final de mis días, acabo de cumplir ochenta años, y quiero morir en el seno de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana a la que he procurado servir siempre a pesar de mis faltas y pecados. Que me entierren en la Catedral Vieja, lo más cerca posible del Altar Mayor. Si alguna inscripción hubiera que poner en mi tumba, ésta sería: Misericordia, Señor. Y, como manda el Evangelio, pido perdón a todos los que haya podido ofender o dar mal ejemplo con mi comportamiento. |