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Me he encontrado ante él -el Papa- como en un vuelo, girando sobre la onda de sus palabras absolutas y ayudada por las del cardenal Etchegaray, donde nombres familiares me hacían sentir a gusto. Sólo soy una actriz de teatro, y mi voluntad de querer conocer se pega como puede para entender, para mejorar. Me había ayudado mucho oir pronunciar al cardenal el nombre de Schiller, que para mí, educada desde niña en el Teatro de la Scala, quiere decir también Giuseppe Verdi. Había oído hablar de Paul Claudel, y para mí Claudel quiere decir sobre todo Juana de Arco en la hoguera. Las palabras de Juana me son familiares, las había dicho muchas noches el año pasado en el Teatro Studio de Milán. Ida Rubistein, la primera Juana de Arco de Claudel, ¿no se convirtió precisamente a través de aquellas palabras? El cardenal leyó el nombre de Rilke. Pero ¿no fui exactamente yo la que puso la voz y la danza a La vida de María de Rainer María Rilke, en el Mayo musical de hace algunos años?
El cardenal citó el cuadro de Matisse La danza. ¿Acaso no lo había admirado yo, expuesto a pocos pasos de San Pedro? Después evocó la Danza Angélica del Paraíso de Fra Angelico. ¿Acaso no me había nutrido yo espiritualmente, justo el día anterior en Florencia, en el convento de San Marcos, mirando y sumergiéndome en el Juicio Final del gran pintor beato? ¡Cuántas palabras importantes, cuántos signos! Y así, como llevada por aquella onda sonora de tantas palabras musicales, me encontré de rodillas ante él, que me inundaba con un río de amor. Me sentí acogida por el hermano luminoso que suavemente añadía a las palabras dichas otras palabras mudas con un significado grandísimo, y con su caricia fraterna me decía: Sabes, también sobre tablas consumidas de los escenarios, la palabra y el gesto triunfarán para siempre mientras esos gestos y palabras expresen los gestos y las palabras de Cristo. Carla Fracci |