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A las nuevas generaciones, a los jóvenes, por ejemplo, que van a votar por primera vez el próximo domingo, el Concilio Vaticano II les resulta sin duda muy lejano, e incluso en muchos casos desconocido del todo, y, sin embargo, en él se encuentra el secreto que da vida y alegría a la juventud del corazón de todo ser humano, por muchos que sean los años que haya cumplido ya. Sencillamente porque en el Concilio -que es la Iglesia entrando dentro de sí misma para que, desde el hondón de su alma, el Espíritu Santo la reavive- se despierta la conciencia de que pertenecer a la Iglesia no es un asunto privado, puramente interior, sino que es pertenecer a un pueblo.Si decimos en la portada de este número que el Concilio no ha terminado es, precisamente, porque hay todavía mucho adormilamiento que superar, y mucha soledad, generadora de tristeza, que convertir en alegre y esperanzada convivencia. Que aún queda mucho Concilio que poner en práctica no significa sólo que haya que conocerlo mejor, sino sobre todo que quienes están aún adormilados, desencantados, pasotas y tristes se despierten, movidos por la vitalidad gozosa y contagiosa de quienes ya experimentan lo que significa ser el Pueblo de los hijos de Dios. Lo opuesto a un pueblo cristiano -decía Bernanos- es un pueblo triste, un pueblo de viejos. ¿No dice el mismo Jesús: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos? El niño extrae humildemente el principio de su alegría de su propia impotencia. Confía en su madre. Presente, pasado, futuro, toda su vida, la vida entera, se encierra en una sola mirada, y esa mirada es una sonrisa. |
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La cita con las urnas, el próximo domingo, en España es, ciertamente, un deber grave, y ya hemos puesto en evidencia en estas páginas la exigencia de votar y de apoyar a quienes mejor garanticen el bien posible y la libertad de la Iglesia y de la sociedad entera; pero, con ser esto importante, más aún lo es que esa sociedad -individuos, familias, grupos, asociaciones...- despierte de la somnolencia y de la pasividad, justamente para ser un pueblo vivo, en el que los legisladores y los gobernantes tienen su función, pero donde tal función jamás podrá sustituir la vitalidad creadora de un pueblo libre -el Concilio Vaticano II fue verdaderamente luminoso también sobre esto-. Más aún, esta vitalidad es el único camino para construir un mundo a la medida del hombre, también en lo que se refiere a las instituciones políticas, necesitadas sin duda de regeneración, de recuperar la grandeza de su vocación de servicio, que no de ser servidas. Pero, ¿dónde está ese pueblo vivo?
Escribe Bernanos, en su Diario de un cura rural: Un pueblo de cristianos no es un pueblo de mojigatos. La Iglesia tiene los nervios sólidos y el pecado no la atemoriza, sino todo lo contrario. Lo contempla frente a frente, tranquilamente, e incluso, siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor, lo toma sobre sí. La vida de la Iglesia, eso que el Concilio Vaticano II ofrece al mundo, se encierra en esa sola mirada de la madre, que es una sonrisa, y que da al niño que somos todos los seres humanos una especie de seguridad soberana; cada cual tendrá su parte de contrariedades, de luchas y de sufrimientos, y nunca tendremos suficiente fortaleza para meternos al diablo en el bolsillo, pero con esa mirada el hombre se sabe hijo de Dios, miembro de un pueblo que lleva consigo la esperanza del mundo. No es pequeña la responsabilidad de este pueblo en la construcción de una España y de una Europa, no a la raquítica medida de una economía boyante, sino a la medida verdadera del hombre entero. La responsabilidad de los electores no termina depositando el voto en la urna. En realidad, es a partir de ahí donde empieza verdaderamente, y los mayores responsables somos quienes hemos recibido esa sola mirada que llena de sentido la vida y marca el camino a seguir. Vale la pena dejar a Bernanos concluir este comentario: La Iglesia dispone de toda la dicha y la alegría reservadas a este pobre mundo. Obrando contra ella se actúa contra la alegría. ¿Es que yo os impido que calculéis la precisión de los equinoccios o que desintegréis los átomos? Pero ¿de qué os servirá fabricar la propia vida, si habéis perdido el sentido de ella? |
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Hace treinta años era lo que he sido siempre y sigo siendo, escritor, sobre todo de cuestiones filosóficas, y el Concilio Vaticano II me pareció algo muy interesante, muy importante. Tuve una experiencia del mayor interés, y es que fui invitado a asistir al Concilio durante una semana. De modo que, en esa semana, seguí las discusiones. Y escribí después un largo ensayo titulado Panorama desde el Concilio, que se incluyó en un libro posteriormente. El Concilio tiene el más alto valor desde el punto de vista católico, y creo que, naturalmente, es una de las piezas capitales de la vida de la Iglesia. Me pareció además que en conjunto el Concilio Vaticano reveló el estado real de la Iglesia; en los padres conciliares, por ejemplo, en contra de las apariencias, había un gran deseo de libertad. La proclamación de la libertad religiosa fue entusiasta, y me pareció excelente. Luego ha tenido una vida larga, ha sido muy comentado, ha sido discutido, ha sido a veces, muchas veces, interpretado de modo parcial, de modo tendencioso. Ha habido personas a quienes les molestaban algunos aspectos del Concilio y a otras, otros, y en definitiva ha habido ciertas deformaciones, lo mismo en la interpretación doctrinal que en la liturgia. Y ha habido, en definitiva, a veces, creo, interpretaciones no enteramente fieles a lo que era el espíritu del Concilio. Pero en conjunto ha sido algo sumamente valioso. Después del Concilio, evidentemente, la Iglesia sigue teniendo una vida activa y ha habido la sucesión de varios Papas que han ido interpretando esa realidad del Concilio, y, evidentemente, creo que es importante conocerlo bien, repensarlo bien, y no permitir que se deslicen interpretaciones interesadas, parciales y que no coincidan con lo que el Concilio en conjunto ha querido ser. Julián Marías Publicado en ABC el 8 de diciembre de 1995, al cumplirse 30 años del Concilio |