RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioDesde la feContinuar
Ante la próxima visita del Papa a Tierra Santa
Israel, la OLP y el Vaticano
No hay líder mundial tan cercano a los judíos como Juan Pablo II. Su condena a los ataques terroristas contra las sinagogas de Varsovia y Roma, su sensibilidad ante el dolor de los judíos, la histórica visita a la sinagoga de Roma, y su decisiva intervención para la firma del Acuerdo de 1993 con Israel, son sólo algunos ejemplos de esta cercanía. Ese acuerdo, entre otras cosas, ayudó a Israel, a salir de su aislamiento y atenuó el síndrome post-holocausto (tanto más presente en la memoria cuanto más distante en el tiempo), al involucrar a la Santa Sede e Israel en la lucha contra todo tipo de racismo.

Pero no puede olvidarse que la gran mayoría de los cristianos de Tierra Santa —unos 150.000 concentrados en Belén, Jerusalén y Nazaret— son palestinos, excepto cuatro comunidades cristianas de habla hebrea, que no llegan a mil. La expresión de Arafat declarando Belén la ciudad de Jesús, el palestino (New York Times, 6 noviembre 1995), a pesar de su inexactitud de fondo, fue un modo audaz de aludir a esta realidad. La firma el pasado 15 de febrero del Acuerdo entre la Autoridad Palestina y la Santa Sede concluye un proceso iniciado el 25 de octubre de 1994, cuando se establecen relaciones oficiales entre el Vaticano y la OLP. Si el Acuerdo con Israel indirectamente benefició también a Arafat —al moderar a algunos dirigentes cristianos de los grupos radicales palestinos, contrarios al propio Arafat y a los acuerdos entre palestinos e israelíes—, el nuevo acuerdo supone otro paso adelante en el necesario equilibrio de la zona, que a todos beneficia. Sin embargo, el Gobierno israelí de Barak ha puesto el grito en el cielo expresando su consternación ante la firma de un acuerdo que, en realidad, es de perfiles muy similares al firmado con Israel en 1993.

UN ESTATUTO ESPECIAL

La clave de la reacción israelí se encuentra en el preámbulo del Acuerdo vaticano-palestino. En él, la Santa Sede y la OLP entienden que una pacificación justa y duradera del Medio Oriente pasa necesariamente por el acatamiento de las resoluciones internacionales sobre la cuestión de Jerusalén. En concreto, el establecimiento de un estatuto especial para la Ciudad Santa que garantice:

* la libertad de conciencia y religión para todos;

* la igualdad ante la ley de todas las religiones monoteístas;

* la identidad propia y el carácter sagrado de Jerusalén, así como el libre acceso y la libertad de culto en los Santos Lugares.

Con ello, como ha hecho notar la Santa Sede, lo único que se hace es repetir lo establecido en las pertinentes declaraciones de la ONU y en los recientes acuerdos entre las autoridades israelíes y palestinas. No hay que olvidar que Jerusalén es dos poblaciones y tres religiones con una compleja división étnica, religiosa y cultural. Pero Jerusalén —capital eterna del Estado de Israel, en las pretensiones judías— es un punto demasiado sensible para ser objeto de declaraciones. De ahí el inicial enojo israelí.

La realidad es que el Acuerdo no entra en problemas de soberanía territorial. Se refiere exclusivamente a la dimensión religiosa y cultural de Jerusalén así como a la presencia de la Iglesia católica en los territorios que dependen de la Autoridad palestina. Y, al igual que el acuerdo con Israel, hace una vigorosa declaración de principios sobre el respeto a la libertad religiosa en la zona. Libertad religiosa tanto más necesaria cuanto que el porvenir de las Iglesias cristianas suscita inquietud. La verdad es que el día en que haya un Estado palestino, las minorías cristianas corren el riesgo de sufrir discriminaciones. No puede olvidarse que el cristianismo es visto como una cabeza de puente del Occidente rico, materialista y permisivo en el corazón mismo del mundo musulmán. El reciente Acuerdo salvaguarda la libertad religiosa de las minorías cristiana y judía del futuro Estado palestino.

Tal vez por eso, después de su violenta reacción inicial, el Ministerio de Asuntos Exteriores israelí acaba de dar un giro total a sus recriminaciones al Vaticano. Convocado el arzobispo Pietro Sambi, nuncio apostólico en Israel, y escuchadas sus razones por Eytan Bentsur, el Ministerio de Exteriores ha abandonado sus críticas de fondo al Acuerdo, lamentando tan sólo su coincidencia con la esperada visita de Juan Pablo II. Todo ha quedado, pues, en una tormenta en un vaso de agua. La realidad de fondo es que las relaciones entre el triángulo OLP, Israel y el Vaticano están suponiendo un factor de estabilidad en el inquietante equilibrio de miedo que vive el Oriente Medio. De ahí la expectación que la visita de Juan Pablo II al Oriente Próximo, el protagonista de esas relaciones a tres bandas, ha levantado en Israel y Palestina.

Rafael Navarro Valls