RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioDesde la feContinuar
El ministerio del Papa
El autor es catedrático de la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid
Las palabras de Juan Pablo II en el Monte Sinaí nos han recordado a todos la enseñanza de su encíclica Ut unum sint (1995), que volvió a poner la cuestión del Primado en el centro de la atención teológica. Esta encíclica, treinta años después de la clausura del Concilio Vaticano II, ofrece de nuevo una expresión auténtica y a la vez relativamente sistemática la comprensión católica del ministerio petrino. La carta quiere, a este respecto, continuar el camino de recepción iniciado por el Vaticano II, conservando su talante dialogal y ecuménico y, en los contenidos, tomando sistemáticamente como punto de partida el conjunto de enseñanzas conciliares que ha venido a llamarse eclesiología de comunión. La encíclica acepta abiertamente, desde el principio, que una cosa es el depósito mismo de la fe…, y otra la manera como se expresa y reconoce, por tanto, que es necesario distinguir entre el patrimonio de la fe evangélica, las exposiciones teológicas y los modos de ejercicio histórico, entre los que se encontrarán expresiones de la debilidad y la mediocridad e incluso del pecado y de las traiciones de los hombres, incluídos los ministros. En conclusión, Juan Pablo II expresa su deseo de encontrar una forma de ejercicio del Primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva.

Para muchos, sin embargo, el hecho de que la encíclica sigue afirmando el poder y la autoridad del obispo de Roma en el sentido de los dogmas vaticanos, parece impedir que desaparezcan las antiguas aporías y divergencias. De modo que, aun reconociendo que Ut unum sint hace suyos los frutos del diálogo ecuménico, y que representa un importante paso adelante en este camino, continúa siendo necesario el esfuerzo teológico por comprender mejor la enseñanza dogmática sobre el primado petrino.

El Vaticano II reafirma plenamente la definición dogmática sobre el ministerio del sucesor de Pedro, tanto en lo concerniente al primado de jurisdicción, como a la infalibilidad papal. Se subraya también el nexo propio del sucesor de Pedro con los demás obispos y con la Iglesia. Afirma también, por otra parte, que el obispo es un pastor verdadero, sucesor de los apóstoles, dotado con poder propio, ordinario e inmediato, que el episcopado unido al Papa —y nunca sin él— es también sujeto del poder pleno y supremo en la Iglesia y goza de infalibilidad en algunos actos de su magisterio, o que el primado de jurisdicción no separa al sucesor de Pedro del Cuerpo de los obispos. En realidad, todo ello no representa novedad alguna en relación con la doctrina del Concilio Vaticano I. El cambio más importante aportado por el Concilio puede verse quizá en haber colocado el conjunto de la doctrina sobre el episcopado y el Primado en un nuevo contexto eclesiológico, caracterizado por una consideración radicalmente sacramental del obispo y de la Iglesia misma.

En efecto, la consideración de la sacramentalidad del episcopado, desarrollada por el Concilio en el horizonte de una presentación de la Iglesia misma como sacramento, ilumina el ministerio propio del obispo y su relación con la Iglesia, y, por consiguiente, también el peculiar servicio primacial del Papa.

LA IGLESIA, SACRAMENTO


Ya desde el primer documento conciliar, la constitución Sacrosanctum Concilium, se nos presenta a la Iglesia como sacramento admirable. Los apóstoles no son enviados sólo a anunciar la obra de Cristo, sino también a introducir a los hombres en esta obra de salvación por medio de los sacramentos, en particular del bautismo y de la Eucaristía. La Iglesia es así un sacramento de unidad, un pueblo reunido bajo sus obispos; la celebración de la Eucaristía, donde todo el pueblo se reúne en torno al altar presididos por el obispo, es, por consiguiente, la manifestación principal de la Iglesia.

Afirmar que la Iglesia entera constituye un solo rebaño bajo un solo pastor no pone en cuestión la existencia en la Iglesia de otros rebaños y otros pastores: la Iglesia católica una y única existe en y a partir de las Iglesias particulares. La unidad entre todas las Iglesias particulares no es diferente ontológicamente de la que existe en cada una de ellas. Por tanto, la afirmación de la existencia de la Iglesia universal como una realidad de unidad que comprende a todos los fieles niega la existencia de fronteras interiores, fruto siempre de los criterios exclusivistas de un grupo humano, pero no la existencia de Iglesias particulares con sus pastores propios. No se trata de dos realidades en competencia material. Toda Iglesia particular, porque es manifestación de la única Iglesia, debe permanecer en la unidad de la Iglesia universal. El Papa es punto de referencia de la unidad de fe y de comunión; y separarse de él implica separarse de la unidad del Colegio y de la Iglesia.

Así, el Vaticano II abre caminos precisamente porque no se limita a reflexionar sobre la relación episcopado/primado, sino que pone en primer plano a Cristo y a la Iglesia, y presenta al ministro como servidor, como instrumento de Cristo que, por medio de su Espíritu, es el verdadero sujeto que obra en la Palabra y los sacramentos, por los que construye la Iglesia en la Historia. Si los obispos, sucesores de los apóstoles, están al servicio del Evangelio de Jesucristo, plenitud de la Revelación, para que se conserve siempre vivo e íntegro en la Iglesia, lo mismo ha de decirse del sucesor de Pedro. Él es principio de unidad, pero de modo visible y secundario. De ninguna manera es él quien instituye por sí mismo la fe, los sacramentos o la unidad de la Iglesia, que son obra del único Señor y del único Espíritu.

El ministerio papal no entra en competencia con el ministerio episcopal; al contrario, lo refuerza en su verdad, pues el obispo puede ser la cabeza de su Iglesia precisamente porque es signo de algo más que de sí mismo o de una interpretación humana cualquiera, es decir, porque es signo de la Iglesia universal, y ello es hecho posible justamente a través de la comunión con el Papa. Del mismo modo, es doctrina común que, por su ministerio, el Papa no está por encima de la Palabra de Dios, ha de acoger y servir la Palabra y los sacramentos, que provienen de Dios y son conservados y transmitidos por la Iglesia. Comprender adecuadamente esta relación del sucesor de Pedro con la Iglesia puede ser de gran importancia también para facilitar las relaciones ecuménicas.

En conclusión, el Vaticano II, en la novedad de sus planteamientos, no perdió de vista las intenciones fundamentales del Vaticano I. Si este concilio seguía un esquema autoritario para enseñar que la revelación de Dios, presente en la Historia, es un don sobrenatural que exige la obediencia de la fe, el Vaticano II quiere también proponer al mundo la novedad del Evangelio y de la fe como don radical de Dios, pero de modo más pastoral, siguiendo un esquema dialogal, de comunicación.

El Vaticano II no puede ser considerado un mero Concilio de transición, o el fruto de compromisos. Todo lo contrario. Constituye un momento decisivo y determinante en la renovación de la comprensión de la constitución jerárquica de la Iglesia. Es, ciertamente, un punto de referencia indispensable.

Alfonso Carrasco Rouco