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En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre animales y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Marcos 1, 12-15
Marcos no dice explícitamente que Jesús venciera a Satanás. Lo da por supuesto con la alusión al servicio de los ángeles y a la proclamación del Evangelio de Dios. Sólo quien vence al Maligno es digno de ser servido por ángeles y de anunciar el Evangelio. Así es como Jesús sale del desierto: dispuesto a anunciar el Reino de Dios. La Cuaresma que acaba de iniciar la Iglesia es un tiempo en que los cristianos somos empujados por el Espíritu al desierto. Es el desierto de la oración y penitencia que probará nuestra fe. En el desierto se hace más clara la conciencia de la lucha contra el mal y de la necesidad que tenemos de Dios. La tentación en sí misma como vemos en Cristo no es mala; más aún, nos da la justa medida de nuestra limitación y nos permite crecer en la virtud. San Agustín decía que nuestro progreso se realiza en medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones. Por eso, entrar en el desierto es una acción del Espíritu que nos saca de nuestro habitual embotamiento, y nos deja desprovistos de todo menos de aquello que nos permite ser de verdad hombres espirituales: la humildad para conocernos y la suprema confianza en el poder de Dios. Por lo demás, no entramos en el desierto para quedarnos en él, sino para vivir en medio del mundo anunciando a los hombres el Reino de Dios. + César Franco Obispo auxiliar de Madrid |
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El tiempo jubilar nos introduce en el recio lenguaje que la pedagogía divina de la salvación usa para impulsar al hombre a la conversión y la penitencia, para recuperar lo que con sus solas fuerzas no podría alcanzar: la amistad de Dios, su gracia y la vida sobrenatural, la única en la que pueden resolverse las aspiraciones más profundas del corazón humano. Es obligado, en esta circunstancia especial, volver con una renovada fidelidad a las enseñazas del Concilio Vatiano II, que ha dado nueva luz a la tarea misionera de la Iglesia. En el Concilio la Iglesia ha tomado conciencia más rica de su propio misterio y de la misión apostólica que le encomendó el Señor. Esta conciencia compromete a la comunidad de los creyentes a vivir en el mundo sabiendo que han de ser fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios. Para corresponder eficazmente a este compromiso debe permanecer unida y crecer en su vida de comunión.
El sacramento de la Penitencia ofrece al pecador la posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación, obtenida por el sacrificio de Cristo. Así, es introducido nuevamente en la vida de Dios y en la plena participación en la vida de la Iglesia. Al confesar sus propios pecados, el creyente recibe verdaderamente el perdón y puede acercarse de nuevo a la Eucaristía, como signo de la comunión recuperada con el Padre y con su Iglesia. Sin embargo, desde la antigüedad la Iglesia ha estado siempre profundamente convencida de que el perdón, concedido de forma gratuita por Dios, implica un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una renovación de la propia existencia. Juan Pablo II de la Bula Incarnationis Mysterium |