RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioEn portadaContinuar
Un simposio en Roma, 35 años después, sobre el Concilio
Hay que seguir profundizando
en aquella experiencia de fe

(Juan Pablo II)
Cómo será la Iglesia del tercer milenio? Para responder a esta ambiciosa pregunta, Juan Pablo II convocó en Roma, del 25 al 27 de febrero, un Simposio internacional en el que participó la flor y nata de la teología católica: en total, más de doscientos expertos, desde cardenales hasta laicos. Ha sido la tercera y última iniciativa de una serie. En años anteriores tuvieron lugar dos encuentros similares, uno sobre el antijudaísmo y el otro sobre la Inquisición. Los tres buscaban, según las indicaciones ofrecidas por el Papa en la carta Tertio millennio adveniente (1994), preparar a los cristianos para la celebración del Gran Jubileo del año 2000.

El tema específico, en esta ocasión, era la aplicación de las conclusiones de aquella gran Asamblea conciliar inaugurada por Juan XXIII el 11 de octubre de 1962, con la participación de unos 2.400 padres conciliares, y concluida por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. Por primera vez en la historia de los Concilios asistieron padres conciliares de todas las razas y países, y observadores de otras Iglesias cristianas. Tres años que renovaron el rostro de la Iglesia con documentos de importancia decisiva, articulados en cuatro Constituciones, nueve Decretos y tres Declaraciones que tocan los puntos neurálgicos de la vida cristiana, desde la liturgia, hasta la misión en el mundo contemporáneo y la libertad religiosa.

Nos encontramos posiblemente ante el acontecimiento más importante de este siglo, no sólo para la historia de la Iglesia, sino también para buena parte del mundo. En estos treinta y cinco años, la Iglesia ha experimentado una de las crisis más aparatosas de su historia (cierre de seminarios, secularización galopante de sus fieles, abandono en masa de sacerdotes, religiosos y religiosas...) Y, sin embargo, pocos períodos de la historia de la Iglesia han sido tan fecundos en nuevas realidades eclesiales (basta pensar en el boom de los Movimientos), en profetas y testigos, en ideas e iniciativas.

Al mismo tiempo, los grandes debates que tienen lugar hoy en la Iglesia giran en torno a la aplicación e interpretación de las indicaciones ofrecidas por los padres conciliares. Quienes siguen hablando de una Iglesia democrática, del sacerdocio femenino y del reconocimiento del divorcio, o de una ética sexual relativista, citan con frecuencia las ideas y autores que surgieron en los años inmediatamente posteriores al Concilio. De hecho, son ya varios los exponentes de Iglesia que han propuesto la celebración de encuentros de amplio carácter sinodal (algunos, incluso, un posible Vaticano III) para afrontar de nuevo todos estos argumentos.

No es, por tanto, exagerado ni mucho menos afirmar que de la aplicación del Concilio Vaticano II depende el futuro de la Iglesia del próximo siglo. Así se entiende mejor la importancia que el Papa dio al encuentro (curiosamente junto a temas como el análisis del antijudaísmo y la Inquisición). En la práctica, quiso que fuera una especie de examen de conciencia para la Iglesia. Y él mismo propuso las preguntas que retoman los grandes temas de aquella Asamblea: ¿Hasta qué medida la Palabra de Dios se ha convertido en el alma de la teología y en inspiración de toda la existencia cristiana? ¿La liturgia es vivida como fuente y culmen de la vida eclesial? ¿Se está consolidando la vivencia de la Iglesia como comunión, dando espacio a los carismas, ministerios y diferentes formas de participación del pueblo de Dios? ¿Cómo es la relación de la Iglesia con el mundo?

El Papa ya había convocado en 1985 un Sínodo especial de Obispos de todo el mundo para analizar la aplicación del Vaticano II veinte años después. La reflexión de este simposio —bautizado por algunos como un Sínodo en pequeño por sus más de cuarenta intervenciones— se concentró, por tanto, en los últimos quince años.

¿IGLESIA DEMOCRATICA O IGLESIA COMUNION?


El debate fue planteado por el profesor Hermann J. Pottmeyer, catedrático de la Universidad de Bochum. Con sinceridad alemana constató que en algunos ambientes católicos se critica la concepción de la Iglesia como comunión —formulación acuñada por el Concilio para expresar, por una parte, el origen divino de la Iglesia y, por otra, la participación de los pastores y fieles en la vida de la misma—, pues la consideran como una especie de centralismo eclesiástico, que podría ir en contradicción con la imagen de Iglesia como Pueblo de Dios, mencionada en la Constitución conciliar Lumen gentium. Según estas voces críticas, aquella aportación conciliar ahora estaría siendo ignorada.

En este sentido fue sumamente interesante la intervención del cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, quien concentró su atención en el tema. Según él, la tarea urgente del Vaticano II consistió en buscar una visión global de la Iglesia. La respuesta fue precisamente la comunión, el fundamento sobre el que se apoya la realidad de la Iglesia, que tiene por misión hacer que en el mundo haya espacio para Dios, que pueda vivir en él y que de este modo el mundo se convierta en su Reino.

Desde este punto de vista, Ratzinger afrontó el espinoso tema de la acogida y aplicación del Concilio que, en muchos casos, descuidó este elemento esencial, cargando las tintas en otras concepciones de Iglesia. Se insistió, dijo, con palabras llamativas, quedándose atrás respecto a las grandes perspectivas que trazaron los padres conciliares. Por ejemplo, constató cómo el concepto de comunión se redujo a la cuestión de la relación entre la Iglesia local y la Iglesia universal, identificada a veces con la Iglesia romana, con el Papa y con la Curia. El mismo concepto de pueblo de Dios quedó reducido a una democracia más, en la que el poder viene del pueblo. En la Iglesia, sin embargo, el origen, la misión, el mensaje proceden de su Fundador. Nos encontramos, por tanto, ante una organización humana muy diferente a todas las demás.

Como síntesis de su propuesta, el cardenal Ratzinger puso a María como ejemplo de lo que persiguió la reforma conciliar. En ella —dijo— se manifiesta lo que significa santidad, lo que es la casa de Dios en el hombre y en el mundo. En el capítulo sobre María encuentra su cumplimiento la eclesiología conciliar.

LITURGIA Y SECULARIZACION


Otro de los temas sobre los que había pedido una reflexión el Papa a esta Asamblea fue el de la famosa reforma litúrgica traída por el Concilio. Lo afrontó el obispo auxiliar de Barcelona, monseñor Pere Tena Garriga. Al inicio —dijo respondiendo a preguntas de los periodistas— había un optimismo natural. Muchos pensaban que bastaba con sustituir el latín por idiomas modernos y dar la vuelta al altar para que mirase hacia la asamblea para producir automáticamente una cercanía de los fieles a la liturgia. Las vicisitudes de estos años han demostrado, sin embargo, que no es así. Y las causas, según él, hay que buscarlas tanto en factores externos a la Iglesia, como en el hecho de que durante siglos los fieles estuvieron desacostumbrados a participar activamente en la celebración. Por tanto, no se puede pretender cambiar todo en un período tan breve de tiempo, a pesar que las liturgias actuales son mejores de las de hace sesenta años, añadió.

A nivel social, la acentuación del individualismo y de la secularización, en parte a causa de la influencia del 68, ha producido una mentalidad que ha alejado al hombre de nuestro tiempo del espíritu religioso. De este modo, la práctica litúrgica ha entrado en crisis, constató el obispo auxiliar de Barcelona. Con una imagen eficaz, explicó: Hoy se prefiere hacer cosas a la carta, y no siguiendo un menú fijo. Ante esta situación, hizo una invitación a las comunidades eclesiales a dar más espacio a la formación litúrgica seria de los fieles.

ESCRITURA Y TRADICION


Otro tema capital del Concilio Vaticano II fue el de la importancia de la Palabra de Dios en la vida del cristiano, también en el de los cristianos de a pie. El biblista Albert Vanhoye, secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, intervino para responder a una pregunta decisiva: ¿Hasta qué punto inspira la Palabra de Dios toda la existencia cristiana? El Vaticano II ha producido estupendos y abundantes frutos, aseguró el padre Vanhoye. Puso el ejemplo de la Lectio divina, que une la lectura, la oración y la contemplación de la Palabra, y que hoy día es practicada por muchos laicos. Si bien reconoció que la recepción del Concilio no fue perfecta, estas lagunas no comprometen el éxito de conjunto, aseguró.

Ante las interpretaciones de quienes reducen la Palabra de Dios únicamente a la escrita, el biblista puso de manifiesto su profunda relación con la Tradición. La Palabra de Dios no debe ser concebida como un depósito de verdad inerte. Tiene en sí una potencialidad dinámica: bajo la asistencia del Espíritu Santo, avanza. El contenido de la Tradición crece gracias a la contemplación, al estudio, gracias a la experiencia personal de la vida espiritual y a la predicación de los obispos.

COMIENZA UNA NUEVA ETAPA PARA LA IGLESIA


Al final del encuentro, en el que también participaron laicos, como Jean Vanier, el fundador del Arca, una comunidad eclesial que permite la convivencia y acogida cristiana de minusválidos físicos y mentales, intervino Juan Pablo II, horas después de llegar de su viaje a Egipto.

Según el Pontífice, el Concilio fue ante todo una experiencia de fe, perenne testimonio de una Iglesia que es Pueblo de Dios en camino por las sendas de la Historia, Iglesia de Cristo de la que el hombre contemporáneo sigue teniendo necesidad si quiere comprenderse a fondo a sí mismo. Por eso, concluyó reconociendo que hay que seguir profundizando en las enseñanzas de aquella Asamblea conciliar.

Los padres conciliares se encontraban ante un auténtico desafío, constató: comprender más íntimamente, en un período de rápidos cambios, la naturaleza de la Iglesia y su relación con el mundo para establecer una oportuna "actualización" ("aggiornamento"). Recordando que él también se encontraba entre los participantes en el Concilio, aseguró: Aceptamos aquel desafío y respondimos buscando una comprensión más coherente de la fe. Lo que hicimos con el Concilio fue hacer manifiesto que también el hombre contemporáneo, si quiere comprenderse a fondo a sí mismo, necesita a Cristo y a su Iglesia, que permanece en el mundo como signo de unidad y de comunión. En este sentido, el Papa Wojtyla fue muy claro: Leer el Concilio suponiendo que éste supone una ruptura con el pasado, mientras que en realidad se pone en línea con la fe de siempre, es claramente desviante.

La pequeña semilla del Concilio, expresión utilizada por Juan XXIII en 1961, se ha convertido hoy, según el Papa, en un árbol de ramas majestuosas. Por ello, al despedirse de los participantes en el Simposio, dejó un mensaje muy claro: Se abre ante nuestros ojos una nueva estación: es el tiempo de la profundización en las enseñanzas conciliares, el tiempo de la cosecha de lo que sembraron los padres conciliares. El Concilio Ecuménico Vaticano II fue una auténtica profecía para la vida de la Iglesia —concluyó—; continuará siéndolo durante muchos años del tercer milenio que acaba de comenzar.

Jesús Colina. Roma