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El padre Juan Sánchez Arenas, que se encuentra en Matola, a diez kilómetros de la capital Maputo, afirma que nadie se podía ni imaginar lo ocurrido. En Gaza, Sofala y en distritos vecinos de la costa la situación es dramática, debido al desbordamiento de ríos como el Limpopo, el Save u otros que vienen a desembocar al Índico desde Zimbabwe o Botswana. Además de los combonianos, son hasta 24 las Congregaciones religiosas a las que pertenecen los muchos misioneros y misioneras españoles que se encuentran en este país. Según el padre Sánchez, se ha reaccionado un poco tarde, ya que al principio se pensó que era una cosa de nada. Hay gente que lleva más de tres días encima de un árbol y urge la llegada de una fuerza internacional. En esta zona costera la situación es aún peor. Logramos ponernos en contacto con el padre comboniano Leonello Bettini, que se encuentra en Buzi, uno de los epicentros de la tragedia. Donde estamos cuenta el misionero italiano sólo ha quedado al aire libre la calle principal. Continúan las lluvias. Hoy estamos bastante bien, pero no sabemos cómo estaremos mañana; ya estamos sujetos a que el nivel del río Buzi baje o suba, según la lluvia o la marea. Los que han podido se han dirigido hacia Buzi, ya que se encuentra en una zona elevada, en medio de toda una llanura. Las lluvias empezaron allá por enero, y después del ciclón vino lo peor. Aparte de esa calle, la gente ha buscado refugio en los lugares más elevados, como son la iglesia y otros pocos edificios públicos. Ahora mismo hay 465 personas que se encuentran en la iglesia. Ésta es un abrigo para la gente, dice sosegado el padre Bettini. Cada uno se pone manos a la obra. A sus tres Hermanas combonianas sólo las ve para la misa y la cena. Le preguntamos por el padre Ottorino que atiende esa zona. Me imagino que ahora está en Beira, donde se han destruido las escuelas de formación. Ahora toca reconstruir, afirma. A la pregunta de cómo viven desde la fe todo este drama, responde que con mucha confianza en Dios, que orienta nuestro camino en los tiempos buenos y en los malos. Sólo podemos animar a estas gentes que están en continua tensión. Han perdido todo: la casa, el arroz, el maíz, pero se tienen a ellos mismos. Frente a la impotencia de la gente al ver que no puedes hacer aparentemente nada, ahora nos dedicamos sólo a ayudarles en sus necesidades más concretas, a estar con ellos. Aunque han tenido varias oportunidades para abandonar la catástrofe, este comboniano italiano afirma, sin ningún atisbo de heroicidad por su parte: Preferimos quedarnos por principio allí donde estamos destinados. Es el deber que hemos adquirido voluntariamente. Por eso somos misioneros. Nos quedamos para correr el mismo riesgo que corran ellos y poder animar a la gente. No hay otra salida. El padre Bettini confiesa que la situación es muy grave, ya que han perdido todo. El Gobierno coordina ahora las ayudas internacionales. Y como para cualquier cristiano, siempre se puede empezar de nuevo. Ahora cuando pase todo, nos toca ponernos manos a la obra, encontrar nuevos caminos, y ver cómo pueden volver a sus tierras. Ahora la convivencia es muy difícil. Son gentes que están en un lugar que no es el suyo y surgen algunos problemas sociales. La comunicación por teléfono era precaria, pero antes de concluir nos pide que recemos por el pueblo mozambiqueño, un pueblo muy majo dice y con una filosofía de la vida distinta a la nuestra. Ellos no lloran ante todo esto; lo superan. Benjamín R. Manzanares
Tras varias semanas de lluvias y el paso de un ciclón, Mozambique sufre una de sus peores tragedias, cuya magnitud supera incluso a la guerra civil vivida. La zona más gravemente afectada ha sido la del suroeste del país. Llanuras totalmente inundadas o aldeas sumergidas bajo el agua son las únicas imágenes que veíamos desde el helicóptero, el único medio de transporte que pudo acceder a la zona en un primer momento. Ya son más de un millón los afectados y habrá que esperar para saber cuántos millares de muertos ha habido. Ahora son fundamentalmente dos los males a combatir: la hambruna y los brotes de epidemias como el cólera, el tifus, la meningitis o la malaria, debido a las aguas estancadas. Otro problema añadido son las minas antipersonales, muchas de las cuales ya estaban localizadas y que, con el agua, se han removido. Ante todo, lo importante ahora es salvar vidas.