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El Concilio Ecuménico Vaticano II ha sido un don del Espíritu a su Iglesia. Por este motivo constituye un acontecimiento fundamental no sólo para comprender la historia de la Iglesia en este tramo del siglo, sino también y sobre todo para verificar la permanente presencia del Resucitado junto a su Esposa, entre las vicisitudes del mundo. Por medio de la Asamblea conciliar, que congregó en la sede de Pedro a obispos de todas las partes del mundo, se pudo constatar que el gran patrimonio de dos mil años de fe ha sido cutodiado en su autenticidad original. Con el Concilio, la Iglesia hizo ante todo una experiencia de fe, abandonándose a Dios sin reservas, con la actitud de quien se fía y tiene la certeza de ser amado. Precisamente este acto de abandono a Dios aparece con toda claridad de un examen sereno de las Actas. Quien quiera acercarse al Concilio prescindiendo de esta clave de lectura quedaría privado de la posibilidad de penetrar en su alma profunda. Sólo con una perspectiva de fe el acontecimiento conciliar aparece ante nuestra mirada como un don, del que es necesario saber comprender su riqueza que todavía está escondida. (27-2-1999) |