RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioRaícesContinuar
Extractos textuales del documento que acaba de publicar la Comisión Teológica Internacional

Memoria y reconciliación
La Iglesia no puede cruzar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Estas palabras de Juan Pablo II, publicadas el 10 de noviembre de 1994, con la carta programática de preparación al Jubileo del año 2000, la Tertio millennio adveniente, han servido a la Comisión Teológica Internacional para redactar el documento Memoria y reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado, que explica a los cristianos por qué y cómo debe pedir la Iglesia perdón por los errores históricos de sus hijos. En particular, afronta, en el inmejorable marco del Jubileo, algunos tristes capítulos de la historia del cristianismo

En este milenio que llega a su fin han aparecido entre los cristianos grandes divisiones, en abierta contradicción con la voluntad expresa de Cristo, como si Él mismo hubiese sido dividido. El Concilio Vaticano II juzga este hecho con las siguientes palabras: Tal división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña la santísima causa de la predicación del Evangelio a toda criatura.

Desde la conclusión del Concilio hasta hoy la resistencia a su mensaje, ciertamente, ha entristecido al Espíritu de Dios. En la medida en que algunos católicos se complacen en permanecer ligados a las separaciones del pasado, sin hacer nada por remover los obstáculos que impiden la unidad, se podría hablar justamente de solidaridad en el pecado de división. En tal contexto pueden recordarse las palabras del Decreto sobre el Ecumenismo: Humildemente pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido.

Al antitestimonio de la división entre los cristianos hay que añadir el de las ocasiones en que se han utilizado medios dudosos para conseguir fines buenos, como la predicación del Evangelio y la defensa de la unidad de la fe: Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada especialmente en algunos siglos con métodos de intolerancia y hasta de violencia al servicio de la verdad (Juan Pablo II, Carta Tertio millennio adveniente). Se refiere con ello a las formas de evangelización que han empleado instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada, o no han realizado un discernimiento evangélico adecuado a los valores culturales de los pueblos, o no han respetado las conciencias de las personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a las formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores.

Uno de los campos que requiere un examen de conciencia particular es la relación entre cristianos y hebreos. La historia de las relaciones entre hebreos y cristianos es una historia atormentada. El balance de estas relaciones durante dos milenios ha sido más bien negativo. La hostilidad o la desconfianza de numerosos cristianos hacia los hebreos es un hecho histórico doloroso y es causa de profunda amargura para los cristianos conscientes del hecho de que Jesús era descendiente de David; de que del pueblo hebreo nacieron la Virgen María y los Apóstoles; de que la Iglesia recibe su sustento de las raíces de aquel buen olivo al que están unidas las ramas del olivo selvático de los gentiles; de que los hebreos son nuestros hermanos queridos y amados, y de que, en cierto modo, son verdaderamente nuestros hermanos mayores.

La Shoa fue ciertamente el resultado de una ideología pagana, como era el nazismo, animada por un antisemitismo despiadado, que no sólo despreciaba la fe, sino que negaba hasta la misma dignidad humana del pueblo hebreo. No obstante, hay que preguntarse si la persecución del nazismo respecto a los hebreos no haya sido facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en las mentes y en los corazones de algunos cristianos.

La época actual, junto a muchas luces, presenta también no pocas sombras. En primer plano, puede señalarse entre éstas el fenómeno de la negación de Dios en sus múltiples formas; además una serie de fenómenos negativos como la indiferencia religiosa, la difusa falta de sentido trascendente de la vida humana, un clima de secularismo y de relativismo ético, la negación del derecho a la vida del niño no nacido, incluso sancionada en las legislaciones abortistas y una amplia indiferencia respecto al grito de los pobres en amplios sectores de la familia humana. La cuestión inquietante que hay que plantear es en qué medida los creyentes mismos han sido responsables de estas formas de ateísmo teórico y practico".

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