RetrocesoA&ONº 203/9-III-2000SumarioTestimonioContinuar
En busca de la esperanza
Estimados señores:

Quiero decirles unas cosas. No voy a misa. Tengo demasiados quehaceres en casa. Soy abuela y hay que atender a todo y a todos, que son miles de detalles de atención cuidadosa cada día, para cada uno y cada cosa.

Los días no tienen más que 24 horas.

No creo en Dios, que permite los horrores de los atentados y crímenes sin castigo aquí mismo en España, en Chechenia, en África, en Kosovo y tantos otros lugares.

No creo en la inteligencia limpia de los políticos de España, de Europa, ni de otros sitios que dedican su tiempo en vengarse de los insultos o simples críticas de los demás, y por una razón oscura abren las puertas a la invasión masiva de los inmigrantes cuando hay tantas familias españolas que viven en estado de tercer mundo, con un paro duradero a pesar de las promesas y mentiras de la tele.

No creo en un ángel de la guarda bondadoso y atento para protegernos, sino en un azar anárquico, injusto, cruel, que castiga, a veces, incluido las obras de caridad sin motivo merecido para eso.

Creo en ciertos humanos que tienen juicio sensato e intentan practicar caridad gratuita y desinteresada, pero pienso que el porcentaje es mínimo y no se sabe si se hereda o si se nace así por casualidad.

Quizá se puede admitir que somos como los animales que no saben que existen América, África, el Mar Negro, el Mar Rojo, ni cómo funciona el corazón y el espíritu de cada uno.

Quizá se puede imaginar, esperar, desear que hay algo, o hubo algo en algún sitio y que un día tendremos una explicación clara, lógica y consoladora.

Mientras tanto, tenemos que seguir viviendo en donde fuimos sembrados con el cerebro y el cuerpo que nos ha tocado.

Respetuosamente,

Una lectora

Querida lectora:

Ha elegido un sobre blanco. La tinta azul con la que ha abierto parte de su corazón, al escribir en la dirección postal Alfa y Omega. Don José Francisco Serrano. Plaza Conde Barajas 1., ha rubricado nuestra alianza. Su escritura se mantiene en el equilibrio de la vida, esa finura de las vidas en línea recta. Al dar vuelta a esa gavilla de sí misma, a la búsqueda de una dirección a la que responder, me encuentro con la sorpresa de una solapa sin mancilla, sin un texto que me permita cumplir con su confianza. La única salida pasa por hacer de todos algo que es de usted y nuestro.

Toda publicación siente como suyos los segundos de la historia personal que los lectores dedican a sus páginas. ¡Qué sería de nosotros si detrás de cada letra, de cada frase, de cada párrafo o fotografía, no viéramos nuestra esperanza cumplida en el hombre nuevo, en el mundo reformado por la novedad cristiana, que se traduce en esa sonrisa de nuestros lectores! Ese rictus de felicidad es el mejor guiño que pueden hacernos. Más felicidad incluso que la de una exclusiva bien presentada. La alegría, el requiebro de la inteligencia y del pensamiento de nuestros anónimos arquitectos, se torna en responsable preocupación cuando la respuesta viene teñida de desaliento y desesperanza, de tristeza, en resumidas cuentas. Pero, mirando a la realidad, no a otra realidad distinta a la que camina por nuestras calles y nuestras aceras, eso que nosotros llamamos funestamente actualidad, a veces se nos nubla la vista con las lágrimas compartidas de quienes nos leen cada semana.

Querida lectora: su carta es una de las más preciosas que hemos recibido. En la balanza del valor de nuestra correspondencia se han disparado todos los índices. Damos gracias a Dios por sus letras entrelazadas de sufrimiento humano y cristiano. También damos gracias a Dios porque haya sentido usted la necesidad de escribir a Alfa y Omega. Si no creyéramos en Dios, como tristemente confiesa que le pasa a usted, probablemente no le encontraríamos un sentido pleno a nuestra vida, a nuestro trabajo, a las horas que pasamos para que estas páginas sean un mar de pequeños sentidos que hagan que procuremos mirar siempre hacia lo alto. Usted tiene aún el valor y la dignidad de buscarlo. Nadie encuentra nada si antes no se pone a buscar. Buscar, incluso en nuestras treinta y dos páginas semanales. ¡Qué sed, qué hambre de Dios en sus líneas, qué añoranza y nostalgia en su párrafo final! Cuánto me ha recordado a aquel amigo del Instituto que, un día, me confesó que admiraba a los que, no sin contradicciones, poníamos ante las dificultades de la vida una palabra que no era nuestra, que habíamos recibido del Evangelio de las Bienaventuranzas. Este hecho no significa que viviéramos alienados por nada ni nadie. Ni mucho menos. La fe, más que robarnos la vida, nos hace vivir con lo pies anclados con una mayor profundidad en la tierra de cada día.

Rezo por usted y por su mundo, que entiendo responde más que a la voluntad de Dios al mal uso de nuestra libertad. Y rezo por usted en la oración más sincera que hago a lo largo del día, la oración que, con mi hijo pequeño, nos guarda de los desvelos nocturnos y nos alienta en los quehaceres diarios. Y rezo por usted por intercesión de María, que es Madre y que custodia todas estas cosas en su corazón. Gracias, querida lectora, por haberme hecho un poco más periodista, un poco más servidor de nuestros lectores.

José Francisco Serrano