RetrocesoA&ONº 204/16-III-2000SumarioContraportadaContinuar
El Evangelio de los padres
Escribió santa Teresa de Jesús en el Libro de la vida: Y tomé por abogado y señor al glorioso
san José y enconmendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores
de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir.
No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer
. ¿Y si san José
nos visitara hoy en una de las muchas parroquias de Madrid...?
Ya me contarás. Ahora, hasta para casarse, hay que asistir a cursillos. Como que la vida no enseña más que muchas teorías enlatadas, lo que los modernos llaman terapias preventivas. ¡Con toda las cosas que hay que hacer antes de la boda! Y, encima, llego tarde. Bueno, seguro que habrá follón. Se meterán en los temas de siempre: que si el matrimonio es uno, para todo el tiempo; que si hay que tener muchos hijos; que si la educación integral de la persona... A mí, lo que me interesa es que me ayuden a querer más a mi futura esposa. Y mira que, a veces, es difícil. Sobre todo cuando se pone cabezona. Hombre, tampoco hay que ser maximalista. Los curas de la parroquia son buenos hombres. Se desviven por las necesidades del barrio y, si no, que se lo digan a mi madre, que ahora le ha dado por asistir a no sé qué grupo de reflexión sobre los problemas sociales.

Lo que me temía, llego tarde. Entraré por la puerta de atrás, aunque tenga que pasar por la sacristía. Voy a esperar antes de dar el paso. Para qué perder más tiempo, adelante...

Hay caras que no me suenan. Ese tipo con pinta de funcionario no para de tomar notas. Seguro que después atiborra al ponente a preguntas. Y, anda, el ponente. Hoy le ha tocado el turno a la experiencia, que es la madre de la ciencia, según no sé quién. Sin embargo, tiene un tono de voz agradable. Parece que dice cosas interesantes... Mucho sentido común. Claro, hoy era la charla que se llamaba algo así como el Evangelio de los padres. Por más que intento recordar su nombre..., no se me ha quedado. ¿Acaso no será este buen hombre el dueño del taller de carpintería metálica que hay en la esquina de la calle Acacias? Bien, bien, esto que dice me interesa:

Los años pasan demasiado deprisa. No utilicéis nunca a vuestros hijos en beneficio propio. Serán siempre frágiles ante la maldad sembrada en el corazón del hombre. No queráis que respondan, en todo momento, a vuestros intereses, a vuestras necesidades no confesadas. Si educamos a nuestros hijos en la libertad verdadera, estaremos garantizando para ellos el futuro. Un futuro no exento de dificultades. Pero, ¿quién no tiene dificultades en esta vida? Sólo hay una forma de educación eficaz en la familia: el ejemplo. El cariño con que ayudamos a nuestras mujeres en las diminutas labores domésticas; los pequeños gestos que significan lo mejor de nosotros mismos, que muestran la capacidad de nuestro corazón de ser remanso de paz y de alegría; las palabras positivas, ni una más alta que otra, aunque estemos cabreados porque no se hace lo que nosotros decimos.

El ejemplo. No hay más receta para garantizar que nuestros hijos comprendan la maravilla que es la vida apurada hasta su límite Y, con el ejemplo, los momentos y lugares que podáis tener en familia y que, tiempo después, se recuerdan como los más felices. También, para ser padre, hay que ser creativo. Esas comidas interminables en las que se habla de todo; en las que se combina el sueño con la realidad; en las que se aprende del pasado de nuestros mayores y de las ganas de vivir y de los proyectos de los más pequeños. O esa reunión de urgencia en la que mamá, que es la portavoz oficial de las cosas importantes, comunica a todos la buena noticia para la familia.

Y, sobre todo, debemos tener claro que con nuestras solas fuerzas muy poco es posible. Nada podemos si no estamos unidos por el amor que Dios nos tiene. Nuestra felicidad depende de que creamos que con el Señor de nuestra historia los vientos, aunque navegemos en medio de una galerna, son siempre favorables. Sin Él, Padre de misericordia, somos huérfanos, incluso de nosotros mismos. El primer capítulo del libro de la vida es el dedicado al perdón. Perdón como condición insustituible del amor.

Bueno, ya estamos, ahora llega la moraleja. Creo que esto le va más a don Lucas, que lo hace muy bien en la misa de una... Por cierto, le voy a preguntar a mi compañero de banco cómo se llama el ponente.

Lo que me faltaba, ¡que me tomen el pelo! Pero cómo lo habrán presentado como José, el carpintero...

José Francisco Serrano