|
|
Cuentan del Papa san Pio X que, al acercar su mano consagrada mostrando el anillo pastoral para darlo a besar a su madre, ésta mostrando el suyo de esposa, para que lo besase él primero, le dijo: Hijo mío, sin éste, no existiría ese tuyo de Pastor.En estos años últimos, cuando el descenso de la natalidad en España está dejando ya su secuela de una sociedad cada día con menos niños y jóvenes, precisamente en estas circunstancias las estadísticas indican un repunte, aunque sea leve, del número de vocaciones al sacerdocio. Es evidente que la elección de Dios no está supeditada a los condicionamientos de los hombres; ¿a qué puede deberse ese sorprendente repunte? Sencillamente, a esa libertad de Dios que elige y que genera libertad en quienes le dicen sí, en la mayoría de los casos en el seno de familias, de padres y de madres, que ya antes habían dado ese sí a los hijos, que en definitiva no son fruto de sus decisiones, sino de la libertad infinita del amor de Dios. Ya han pasado las elecciones generales, ya hemos elegido, ya sabemos en quiénes hemos puesto las pequeñas esperanzas de cada día , o en quiénes no , o si las hemos puesto, quizás sin mucha convicción ¿Habremos acertado? ¿Y acertaremos en las elecciones que tenemos que seguir haciendo en las cosas cotidianas de la vida, y sobre todo en las cosas más trascendentales: la profesión, el matrimonio, los hijos ? |
|
¿Tendré realmente vocación? También esta pregunta surge, cuando un muchacho se plantea la posibilidad de ser sacerdote, e incluso ya en el seminario, y cercana la ordenación sacerdotal, vuelve a surgir: ¿Habré acertado al tomar esta decisión
? Estas preguntas y en su raíz también las enunciadas más arriba, sin embargo, fácilmente son malentendidas, interpretadas como si se tratase de la elección que hace uno, de un paso que da a partir de sus pensamientos, sentimientos, sueños y deseos. La realidad no es así. Hay algo previo, y tan decisivo que condiciona absolutamente la vida entera.
La vocación es una llamada que viene de Otro, y la decisión, a fin de cuentas, también es de ese Otro, que es quien elige. ¿No dijo Cristo a sus apóstoles: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que soy Yo quien os ha elegido, y os ha destinado para que vayáis, y deis fruto, y vuestro fruto dure? Y los apóstoles, con el poder de Cristo, eligen a sus sucesores, y así sucesivamente, a través de los siglos, hasta hoy. El sacerdote tiene la certeza de ser elegido al sacerdocio únicamente cuando el obispo, sucesor de los apóstoles, lo llama por su nombre y lo elige para que reciba el Orden sacerdotal. Muchos pensaran que esto está reñido con la libertad. ¡Todo lo contrario! No existe mayor experiencia de libertad que afirmar la vida que nos es dada. La Libertad misma, que es Cristo, le dice así al Padre: Aquí estoy para hacer tu voluntad. Al igual que el sí de María al anuncio del ángel. Elegir como si la vida surgiera de uno mismo y esto vale para todos, hombres y mujeres, célibes y casados, sea cual fuere la profesión de cada uno no es libertad, sino engaño. Sólo cuando sabemos que hemos sido elegidos, y obedecemos haciendo pleno uso de la inteligencia y del corazón, vivimos en la verdad, y la verdad nos hace libres. |
|
Los doctrinarios de derecha y de izquierda, cuyo oficio es clasificar a los imbéciles, seguirán definiendo cada grupo de acuerdo con los intereses, pasiones e ideologías particulares de los individuos que lo componen. Está claro que la multiplicación de los partidos halaga en primer lugar la vanidad de los imbéciles. Se hacen la ilusión de que eligen. Cualquier dependiente os dirá que el público, atraído por el muestrario de la temporada, y harto ya de regatear y de llevar de cabeza al personal, desfila por el mismo mostrador.
El hombre es resignado por naturaleza; el hombre moderno, más que ninguno, por la extrema soledad a que lo abandona una sociedad que no conoce sino relaciones de dinero. La cólera de los imbéciles llena el mundo. En su cólera, la idea de redención los carcome y atormenta. Si interrogáis a cualquiera de ellos, os responderá que nunca asomó a su pensamiento una idea semejante, e incluso que no sabe con exactitud de qué le estáis hablando. No tiene un mecanismo mental que le permita profundizar en sí mismo; sólo explora la superficie de su ser. Ahora bien, un cristiano puede ser un idiota o un loco, pero no puede ser un completo imbécil. Hablo de los cristianos que nacieron cristianos, de los que, naciendo libres, viven por entero todas las estaciones de su vida. Para ellos, el Evangelio no es sólo una antología de la que lee un trozo todos los domingos en su misa. No, el Evangelio informa las leyes, las costumbres, las penas e incluso el placer, pues en él se bendicen tanto la humilde esperanza del hombre como el fruto de su vientre. Poco sé de lo útil, pero sí sé lo que significa la esperanza en el Reino de Dios. ¿Volverá esta esperanza a visitar su pueblo! Tal vez un día la respiraremos todos juntos una mañana. Quienes se nieguen entonces a recibirla en su corazón, por lo menos la reconocerán por este signo: los hombres que hoy desvían la mirada a vuestro paso, o se burlan a vuestras espaldas, irán directamente hacia vosotros con una mirada de hombre. George Bernanos |