RetrocesoA&ONº 204/16-III-2000SumarioDesde la feContinuar
Y, después de las elecciones, ¿qué?
La hora de los ciudadanos
Alejandro Llano, filósofo y escritor, ha sido Rector de la Universidad de Navarra. En fechas
recientes ha publicado Humanismo cívico, que Alfa y Omega reseña en su sección de Libros de interés
Con una sola excepción, Arzallus, la noche electoral del 12-M fue retóricamente ejemplar. Izquierda Unida reconoció su derrota y apuntó al trasfondo cultural del resultado. Los catalanes confesaron que habrían preferido que las cosas quedaran como estaban. El candidato socialista dimitió, de acuerdo con su democrática obligación. Y los populares adoptaron unánimemente un discurso moderado y tranquilizador, con lo que demostraron que la inteligencia política es siempre preferible al carisma de oscuras motivaciones emocionales.

A mi juicio, y dentro de su típica frialdad o pasión contenida, fue Josep Piqué el que pronunció las palabras más importantes de la velada. Porque anunció que la etapa que se abre para el partido de cuyo Gobierno es portavoz estará marcada por el progreso de las personas y por el progreso de las familias. Ya es significativo que una expresión como los progresos —así, en plural— haya encontrado un hueco en el vocabulario del centro-derecha. Decía Hannah Arendt que, siendo indudable que acontecen en la Historia múltiples progresos a los que nadie estaría dispuesto a renunciar, la absolutización de el progreso del hombre tendría que llevar consigo el paso de lo humano a lo no-humano. Pero más notable aún es que los aludidos progresos se refieran a las personas y a las familias, y no —como siempre— a la economía y a las infraestructuras. Parece que la constelación política marca un signo favorable para la responsabilidad cívica.

La gran posibilidad que ha abierto el resultado de las elecciones generales es precisamente la oportunidad de devolver a los ciudadanos el protagonismo de la vida social. Si se lograra efectivamente, esta devolución de la soberanía real al pueblo sería la auténtica consolidación de la democracia (y no tanto, como se repitió la ya famosa noche, el que se hubieran celebrado otras elecciones con normalidad). Ya que la democracia es justo el régimen político que reconoce la relevancia pública de las libertades personales y comunitarias. Mientras que el estatismo, que —aguado y edulcorado— siguieron manteniendo los partidos de izquierda en la campaña electoral, apenas puede evitar lo que llaman los sociólogos deriva totalitaria.

La gran cuestión es si el partido vencedor está realmente dispuesto a ser coherente con sus propios presupuestos, de manera que —frente a la burocratización en la que, con retraso típico, parece seguir creyendo la izquierda española— apueste decididamente por la ciudadanía autónoma y su capacidad de dinamizar la sociedad a través de proyectos plurales y creativos. Tal línea de actuación tiene a su favor las nuevas tendencias culturales. Porque, en la sociedad del conocimiento que ahora emerge, el Estado ya no es el centro de un tejido social multicéntrico. Y la política ha dejado de ser —si es que alguna vez lo fue— la instancia innovadora de la vida colectiva. El papel de los partidos políticos, por estos y otros motivos, estriba hoy en la paradójica tarea de disminuir la importancia, a todas luces excesiva, que han tenido en la democracia del siglo XX. Sólo así serán aceptados y apoyados por los ciudadanos. Y, si no se resignan a no estar siempre en el candelero, serán las propias energías cívicas las que les pongan en su sitio, como ya ha comenzado a suceder, según indica el comportamiento de los votantes el 12 de marzo.

Con la nueva composición parlamentaria, el Partido Popular ya no tiene disculpas para acometer sus tareas pendientes en el terreno de la enseñanza, la cultura y la sanidad. Sin olvidar a la familia, de la que apenas habló en su campaña electoral, y a cuyo progreso aludió Piqué. En cartera tienen los populares la reforma de las Humanidades, la rectificación del proceso endogámico —o, mejor, endogénico— en la selección del profesorado universitario, el fomento de una cultura de la vida, el apoyo a las familias numerosas, el respeto de los derechos humanos y civiles de los emigrantes, así como la integración de tantos sectores marginados que todavía quedan en España. Si ahora no lo hacen, a pesar de tantas esperanzas, es sencillamente porque no quieren o no se atreven. Pero, hoy por hoy, el valor y la buena voluntad se les suponen.

Es la hora de avanzar —sin arrogancia ni autoritarismo— hacia la raíz misma de la vitalidad social, es decir, hacia esas personas cuyo progreso está en la base de todos los avances. El humanismo cívico es mucho más que un proceso de privatizaciones. En vez de permitir el enriquecimiento material de unos pocos, el objetivo es el crecimiento intelectual y moral de todos.

Alejandro Llano