RetrocesoA&ONº 204/16-III-2000SumarioDesde la feContinuar

No es verdad
Ya han pasado las elecciones generales y, por vez primera, más de dos millones de jóvenes españoles que han crecido en un clima de libertad política y, con todos los defectos que se quiera, democrática, han podido ejercer su derecho al voto, tras una campaña en la que, también por vez primera, ha habido más propuestas que insultos. La verdad es que, durante la campaña electoral, no han tenido ocasión de oír hablar a candidato alguno sobre lo que el Partido correspondiente piensa respecto a los problemas y realidades más importantes de la vida: el sentido mismo de la vida, la muerte, la fe o no fe, el aborto, la eutanasia, la libertad religiosa, la cultura y el humanismo… Un muy elocuente silencio sobre estos temas denota o ignorancia culpable, o acobardado complejo, o una errónea relegación de lo más importante a la mera conciencia privada de cada cual, cuando lo lógico, lo normal, lo natural, es la proyección pública de lo que más cuenta.

Lo que ha sucedido es que el Partido Popular ha ganado y el Partido Socialista-Izquierda Unida ha perdido, y, con ellos, ha perdido —y sería un ejercicio muy saludable para todos que sacaran de ello, con sincera honradez, las oportunas consecuencias— el imperio Polanco. El PP se equivocaría muy gravemente si cree que todos los que le han votado están de acuerdo con todo lo que el Partido dice y hace y, sobre todo, con lo que deja de hacer en ámbitos tan fundamentales como la educación o la defensa de la vida. Se equivocaría tan gravemente como si imitara los peores tics del felipismo y desempolvara el nefasto rodillo que la mayoría absoluta le permite. Los nacionalistas han visto sus humos muy rebajados, lo que denota la sensatez y madurez del electorado. El llamado pacto de la izquierda, o lo que fuese, ha acabado dando votos a la derecha. Aquí nos conocemos todos hace mucho tiempo. El lento proceso de disolución de IU, que comenzó el mismo día en que cayó el Muro de Berlín, se va acelerando irremisiblemente. Sorprende que haya todavía fanáticos y nostálgicos que no lo quieran entender: el mal perder de Frutos es sólo un síntoma, pero muy claro. Una vez más las encuestas no han dado una en el clavo, y algunas cosas que se dijeron y escribieron el domingo y el lunes habrá que archivarlas con mucho cuidado para poder recordarlas, tal cual, en algún momento.

La histórica petición de perdón protagonizada por el Papa Juan Pablo II el pasado domingo, ha suscitado entre los habituales profetas de desventuras una reacción a decir poco curiosa: para ellos sería una señal de debilidad de la Iglesia. No es verdad. Nunca ha sido ni es ni será tan fuerte la Iglesia —como nunca ha sido, es ni será tan fuerte, un ser humano— como cuando practica la grandeza del perdón. No faltan atolondrados que sacan a relucir, bastante miserablemente por cierto, la decadencia del viejo Pontífice. Una vez más no han entendido una palabra. O no quieren, o no les interesa entender. La suya sí que es una decadencia irremediable. No falta el Tamayo de turno que habla de memoria del pasado, olvido del presente, sin tomarse siquiera la molestia de leer lo que ha dicho el Papa, donde los pecados del presente están todo, menos olvidados. También con ellos lo más grande es pedir perdón… y perdonar aunque ellos no lo entiendan.

Gonzalo de Berceo