RetrocesoA&ONº 204/16-III-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
Segundo Domingo de Cuaresma
Estando con Él en el monte
El evangelio de este domingo no se deduce su contexto, al suprimirse en la versión litúrgica la indicación cronológica que introduce el relato de la Transfiguración. Dice Marcos que ésta tuvo lugar seis días después de haber profetizado Jesús: Algunos de los presentes no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios. Es obvio que lo que ven Pedro, Santiago y Juan es parte de ese Reino de Dios.

Hasta este momento, Jesús ha revelado con su predicación y sus milagros algo del Reino que predica y que tiene en Él su centro de gravedad. En la palabra y las curaciones de Cristo, Dios ofrece a los hombres su Reino. Pero ahora, subiendo al monte con los tres discípulos, los primeros en la lista de los doce, Jesús los hace testigos singulares de la máxima revelación y se transfigura para que vean la gloria del Reino que despunta en Él y que le muestra como el Hijo amado del Padre. La nube de la presencia misteriosa de Dios envuelve el misterio —la fe es al tiempo cierta y oscura— y la Voz del Padre, la misma que habló en el bautismo, resuena de nuevo, con una notable diferencia: ahora no se dirige al Hijo —Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco—; sino a los testigos de la visión: Éste es mi Hijo amado, escuchadlo. Dios nos pide obedecerle.

Para que lo hagamos con confianza y depositemos en Él nuestra seguridad, el Hijo se muestra con los vestidos blancos. Blancos de luz eterna. Nada se dice aquí de su rostro como en Mateo y en Lucas. Pero siendo la vestidura, en la Biblia, un signo de identidad, es fácil comprender que la blancura de sus vestidos no afecta sólo a lo exterior sino a toda la persona de Jesús. Jesús aparece así en la gloria del cielo, como núcleo del Reino de Dios que un día vendrá con poder. Este espectáculo llena de temor a Pedro que balbucea palabras de hombre viejo incapaz de comprender la profundidad del misterio que ve.

Al cabo del tiempo, cuando Pedro medite en aquella visión, podrá escribir en su segunda carta estas hermosas palabras que nos permitirán también a nosotros gustar la muerte, habiendo contemplado con los ojos de Pedro el cuerpo transfigurado del Señor:

Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: "Éste es mi Hijo amado en quien me complazco". Nosotros mismos escuchamos esta voz, estando con Él en el monte santo.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Año de Gracia
Como primera cosa, nuestro Señor suprime la palabrería, para que no te presentes ante Dios cargado de palabras, como si quisieras enseñarle algo con ellas. Cuando te pones a orar necesitas piedad, no palabrería. Sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Por tanto, no habléis mucho. Sabe ya Él lo que necesitáis. Pero alguien puede decir: Si sabe ya lo que necesitamos, ¿no sobran aún las pocas palabras? ¿Para qué orar? Si quiso que orases es para dar sus dones a quien los desea; para que no parezca cosa vil lo dado. Es él mismo quien inspira tal deseo.

El gemido es propio de las palomas, como todos sabéis, y es gemido de amor. Oíd lo que el Apóstol dice, y no os cause extrañeza que el Espíritu Santo haya querido mostrarse en forma de paloma. No sabemos —dice— pedir en la oración lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables. ¿Cómo, mis hermanos, se puede decir que el Espíritu gime, siendo así que goza con el Padre y el Hijo de una perfecta y eterna felicidad?Porque el Espíritu Santo es Dios, como es Dios el Hijo y es Dios el Padre. He dicho tres veces Dios, no tres dioses; mejor es decir tres veces Dios que tres dioses, ya que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un único Dios, como es bien sabido de todos vosotros. El Espíritu Santo no gime, pues, en sí mismo ni dentro de sí mismo en aquella Trinidad, en aquella felicidad, en aquella eternidad de substancia; gime en nosotros, porque nos hace gemir. No es pequeña cosa la que nos enseña el Espíritu Santo. Nos insinúa que somos peregrinos y nos enseña a suspirar por la Patria, y los gemidos son esos mismos suspiros.

San Agustín