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Curas del 2000 es un libro recientemente editado por el Secretariado de la Comisión Episcopal de
Seminarios y Universidades que recoge los testimonios de 65 seminaristas que se ordenarán en
este año 2000. Se les interroga por su pasado y su futuro, por las dificultades encontradas en el
camino y por los retos que se marcan para su ministerio. Éstas son algunas de las respuestas:
1¿Cómo surgió tu vocación?
Robert Baró Cabrera, Barcelona Ya desde muy pequeño mis padres me llevaron a la parroquia del barrio, en Sabadell. A través de ellos y del párroco fui descubriendo todo un mundo entonces desconocido para mí, ligado a una figura a la vez próxima y difícil de definir: la de Jesús de Nazaret. Casi sin saber cómo, me fui enredando en la parroquia, pero ni se me había ocurrido la idea de hacerme cura. Yo quería ser arqueólogo, y lo tenía muy claro. Hubo un tiempo clave en mi vocación, cuando, en 1992, me enviaron de la Universidad a estudiar unos meses en Italia e Inglaterra. Como la cosa más natural contacté con la gente de Iglesia de Milán y de Pisa, y conocí unas formas de sentirse Iglesia diferentes de las que yo había visto. Así me di cuenta de que mi relación con la Iglesia era mucho más de lo que yo me había imaginado, ya que era Ella quien me había dado a conocer esa figura cada vez más próxima y más definida a quien era capaz de llamar Señor. Al volver de Italia, me atrevía a hablar con el Rector del seminario, y después del Retiro espiritual del día de San José tomé la decisión de ser cura. Me parece mentira, han pasado más de siete años y aquí estoy, en la recta final para mi ordenación al servicio de mi Señor y de su Iglesia. José Antonio Capurro Ponce, Cádiz-Ceuta Sólo puedo verlo como consecuencia de un proceso de conversión que ha transformado mi vida completamente. Hasta bien entrada la adolescencia, mi relación con Dios era de continuo reproche. El encontrarme en silla de ruedas provocaba en mí la continua pregunta del ¿por qué? El estar tan pendiente de mí mismo, lamentándome de mi situación, hacía que no pensara en nada ni en nadie. Era como si todo se me debiera. En esta situación me encontraba cuando alguien me animó a ir a la parroquia. Es asombroso cómo la Palabra de Dios va calando lentamente y le va dando sentido al aparente absurdo de la vida. Este proceso fue largo, con continuos retrocesos y vuelta a empezar. El experimentar cómo Dios me amaba en mi debilidad hacía crecer en mí el deseo de anunciarlo a los demás. Aparecía ante mí su mensaje de esperanza, de amor, de libertad como algo maravilloso e ilusionante. Esto hizo que empezara a surgir en mí el deseo de seguirlo de una forma más radical. |
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Sergio Martínez Mendaro, Oviedo
La historia de una vocación creo que puede ser tan simple como ir viendo a Dios en tu vida y tu intento de seguirle en lo que Él ha preparado para ti. Yo entré en contacto con la parroquia por culpa de unas clases de guitarra. Al año siguiente, sin darme cuenta, estaba tocando la guitarra en misa; al año siguiente hacían falta catequistas para un grupo de comunión, y el párroco me invitó a ser catequista, a mí que solamente iba a misa para tocar la guitarra. Fui conociendo a gente muy interesante y muy comprometida, que siempre me hicieron plantearme mi forma de colaborar, de comprometerme y vivir mi fe. Empecé a salir con una catequista, que fue la que literalmente me obligó a ir a una Pascua en la que me planteé seriamente el ir al seminario. Jorge Concepción Feliciano, Tenerife Tenía aproximadamente 10 años. Mi párroco tenía un carisma especial para las vocaciones. En las misas en las que más niños asistían, solía terminar la homilía invitando a los niños a orar ante el Señor preguntándole la pregunta fundamental: ¿Qué quieres de mí? Yo no me hacía esa pregunta, porque intuía que, si le preguntaba eso al Señor, me respondería que fuera sacerdote. Al año siguiente, mi párroco, después de una confesión tal día como un 24 de diciembre, me preguntó qué quería ser de mayor, y yo, sin saber lo que decía, le respondí que quería ser como él. Durante todo el bachillerato, seguí teniendo claro que el Señor me llamaba, pero no tenía tan claro responderle. Me parecía que el sacerdocio era un camino de infelicidad. Fue decisivo el testimonio del seminarista que vino a mi parroquia cuando yo estaba en COU, porque su sonrisa me cautivó y me hizo pensar que el Señor no me llamaba para ser un infeliz, sino todo lo contrario. 2 En el proceso de seguimiento del Señor y de la vocación, ¿qué dificultades has encontrado y cómo las has superado, y qué alegrías has tenido? José Luis Hernández Calleja, Calahorra y La Calzada-Logroño Alegrías, alegrías no ha sido todo. En el seminario menor, ya se sabe: broncas, compañeros que lo dejan y valen más que tú. Los amigos no te lo ponen fácil, te respetan, pero no te comprenden. Te dicen eso de: Con lo buenas que están las mujeres ¿quién quiere meterse cura? Siempre surgen dudas: ¿Por qué yo?; también hay algunos ratos de crisis, en los cuales la vocación flaquea. Pero al final siempre encuentras momentos, experiencias y, sobre todo, personas que te animan a salir adelante. Jorge Fernández López Nieto, Madrid Tuve una época difícil en el tercer año del seminario, de pensar que yo me estaba escapando por mis miedos a la vida, al trabajo, por mi timidez... Realmente estaba convencido de ello y tenía resuelto dejar el seminario. En una peregrinación a la Virgen de Guadalupe, yo le pedía a nuestra Señora que me ayudara. Allí sentí la certeza de que Dios me llamaba. Yo seguía siendo el mismo, mi carácter, mi inmadurez..., pero Dios me llamaba. Otro momento que me parece fue muy iluminador ocurrió cuando, después de asistir a una convivencia centrada en el matrimonio y la familia, volví deseoso de casarme. No hacía más que pensar en la chica que me convendría. En ese tiempo, en uno de los momentos que dedicamos a la oración con la Escritura, todas las citas me remitían a los levitas, y en concreto una palabra me arrolló: Tú no tendrás parte en Israel, Yo seré tu parte, para ti serán los diezmos y las primicias, lo mejor del ganado y de las cosechas... Me sentí especialmente querido por Dios, contento de la heredad que Él me tenía preparada. Miguel Ángel Castro Quinteiro, Tuy-Vigo No haber pasado por el seminario menor me privó de tener una experiencia/referente de vida comunitaria. Cuando entré en el seminario yo tenía muy idealizada la figura del sacerdote, los veía como santos en vida, por lo que los seminaristas debían ser personas muy piadosas. Pronto me di cuenta de que también (como todo ser humano) tenían defectos, pero que hoy comprendo y calibro con más prudencia y sabiduría. Las dificultades se fueron superando con la convivencia diaria, con mucha paciencia por parte de todos, comprensión, oración personal y comunitaria, retiros, dirección espiritual, charlas con el Rector y los formadores. 3 ¿Por qué y para qué quieres ser sacerdote? ¿Cómo sueñas tu ministerio presbiteral que ejercerás ya en el nuevo milenio? Valeriano Martínez Alcaraz, Cartagena La razón fundamental es por Jesús. Porque se ha hecho presente en mi vida, me ha llenado tanto, me ha enamorado de tal forma, que le he dicho que sí con todo lo que soy y tengo. Y esto para seguir haciéndole presente en el mundo que me ha tocado vivir. Jesucristo y su mensaje no han pasado. Él quiere seguir estando presente en el mundo, quiere seguir llegando al hombre para llenar su corazón de felicidad y de esperanza. Antonio Pietro Lucena, Córdoba Como a otros muchos jóvenes, a mí me va a tocar ser Cristo para los hombres del nuevo milenio, especialmente para los más pobres. Alguna vez me han dicho que, desde cualquier voluntariado social, se puede hacer más bien a los demás que desde el sacerdocio. Eso es cierto sólo en parte. El sacerdote, revestido del poder de Cristo, es ministro de una salvación más radical, más profunda: la salvación eterna. Será un reto para los sacerdotes del tercer milenio llevar a Cristo a una sociedad que, deslumbrada por el cientificismo y el bienestar, trata de construir su vida al margen de Dios. Para ello necesitaremos un nuevo ardor, un nuevo lenguaje, y, al mismo tiempo, siendo del todo fieles al Magisterio de la Iglesia. Alberto Jiménez Jiménez, Cuenca El mundo al que te diriges, por supuesto, no lo ve muy claro: ¿Y tú vas a ser cura? Pues mira, sí. Porque el Señor te ha mostrado que te escoge de entre miles para que le dediques la vida, para que la consumas con Él y con los demás, para que recuerdes y hagas presentes a todos una Alianza que cumplió hace dos mil años, pero de la que aún el mundo se niega a gustar los beneficios. |