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En el verano de 8º de EGB (1989) mi tío sacerdote me pidió que le acompañara a Santiago de Compostela. Pasé con él tres días divertidísimos. Rezamos con otros sacerdotes, amigos de mi tío, y recuerdo que me impresionó mucho la alegría con que lo hacían y la unidad que había entre ellos. Seguimos el viaje y al llegar al Pórtico de la Gloria, en Santiago, me dijo mi tío que pidiese al Apóstol lo que más desease. Sin que él lo supiera, pedí que Dios me hiciera un sacerdote santo. ¿Por qué pedí esto? No lo sé, antes no lo había pensado...Después de aquel viaje relámpago a Santiago, pasé un verano bastante distraído. Sólo pensaba en motos y chicas... Al comenzar 1º de BUP me tuvieron que ingresar en el Hospital Ramón y Cajal, de Madrid, con una leucemia bastante avanzada. Además, la quimioterapia complicó las cosas con una hepatitits, una septicemia, neumotórax... Por eso, no me cabe duda qe mi curación total y repentina fue una intervención especial de Dios. Mis padres y hermanos (que entonces tenían 4, 8, 12 y 19 años) sufrieron enormemente, pero el Señor me salvó la vida. Lo cierto es que salí de aquel trauma agradecido a Dios y con muchas ganas de aprovechar la vida. ¡Qué ganas de ser feliz, después de haber sufrido tanto! |
| Pero con el paso de los meses me fui desilusionando. Ni la moto nueva, ni empezar a salir a Jácara y otras discotecas, ni los buenos resultados en los estudios, ni las chicas ni las fiestas me daban lo que yo necesitaba: nada llenaba los deseos que tenía dentro... ¡Qué bien me lo pasaba... y qué vacío llegaba a casa los viernes por la noche! Me interesé por la política, y empecé a moverme en ambientes radicales. Pensaba que sólo es feliz el que se entrega del todo a un ideal, y confundía la entrega total con adoptar posiciones extremistas. Pero tampoco eso me satisfacía..., más bien me llenaba de rencor y amargura. Lo peor es que no entendía qué me estaba pasando...
No sé por qué, en la Navidad de 1990 busqué unos Ejercicios espirituales. ¡Qué tres días, los más intensos de mi vida! En la capilla pequeña, delante de una imagen de Cristo crucificado, me pareció entender de golpe toda mi vida: mis deseos, mi tristeza..., ¡que Jesucristo está vivo!, ¡que estaba ahí conmigo, en el Sagrario!, ¡que me quiere como soy! Entendí claramente que nada me llenaba como aquello, que nada vale comparado con Él, que tengo sólo esta vida para dársela a Él, y que yo tenía que consagrar mi vida para estar con Él. Deseo ser sacerdote como la Iglesia los quiere: un hombre de fe y de oración, lleno de Dios, alter Christus; un hombre de Iglesia, obediente al Papa y a su obispo, hermano de los demás sacerdotes y padre para los fieles; un hombre de comunión, que busca la unidad y no la polémica, que sabe reconocer lo que hay de bueno en todos los hombres y que es capaz de dialogar con la cultura de nuestro tiempo. Un pastor que ama a sus ovjeas, que les predica la Palabra de Dios sin ambigüedad, les dedica tiempo para curar las heridas y se ofrece cada día, junto a Cristo, en el sacrificio de la Eucaristía. Un hombre que tenga un corazón misericordioso como el de Cristo, y se haga especialmente cercano a los que sufren, a los pobres y a los que viven alejados. Manuel Vargas Cano de Santayana |
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