RetrocesoA&ONº 204/16-III-2000SumarioContraportadaContinuar
Cuando venga

Cuando venga, ay, yo no sé
con qué le envolveré yo,

con qué.

Ay, dímelo tú, la luna,
cuando en tus brazos de hechizo
tomas al roble mazizo
y le acunas en tu cuna.
Dímelo, que yo no sé
con qué le tocaré yo,
con qué.

Ay, dímelo tú, la brisa
que con tus besos más leves
la hoja más alta remueves,
peinas la pluma más lisa.
Dímelo y no lo diré
con qué le besaré yo,
con qué.

Pues dímelo tú, arroyuelo,
tú que con tus labios de plata
le cantas una sonata
de azul música de cielo.
Cuéntame, susúrrame
con qué le cantaré yo,
con qué.

Y ahora que me acordaba,
Ángel del Señor, de ti,
dímelo, pues recibí
tu mensaje: he aquí la esclava.
Sí, dímelo por tu fe,
con qué le abrazaré yo,
con qué.

O dímelo tú, si no,
si es que lo sabes, José,
y yo te obedeceré
que soy una niña yo,
con qué manos le tendré
con que no se me rompa, no,
con qué.

      Gerardo Diego

La carne
de Dios llena

Inmaculada siempre,
y siempre pura,

diste ser, de tus carnes al Bien mío.

Así en la blanca altura

la limpia nieve se convierte en río

sin perder su limpieza

y su blancura.

La carne de Dios llena

que redimió la tierra pecadora

atravesó, Señora,

tu carne de azucena,

como el cristal el rayo de la aurora.

Por los aires preñados de alegría

el son de las campanas

se ha perdido.

Hasta el cielo ha subido

la clara melodía:

y el Arcángel allí,

se la ha ofrecido,

cual cestillo de flores, a María.

      José María Pemán

Él trajo
el sentido

Él llegó entonces
en aquel momento del tiempo

que nosotros llamamos Historia.

Un momento en el tiempo;

pero que hizo el tiempo,

porque sin tener el sentido

el tiempo no existe,

y Él trajo el sentido.

Desde entonces,
nos nació a los hombres el deber

de avanzar de luz en luz

en la Luz de la Palabra.

 

      T.S. Eliot

Anunciación sorprendida

El niño canta
en el seno

la Anunciación sorprendida.

Tres balas de almendra verde

tiemblan en su vocecita.

Y san Gabriel en el aire

por una escala subía;

las estrellas de la noche

se volvieron imprevistas.

      Federico García Lorca