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Según el calendario gregoriano reformado en 1582, donde al 5 de octubre le sucede el 15, entre los años 1596 y 1650, fechas de nacimiento y muerte de Renato Descartes, ocurren muchas y muy graves cosas, entre otras la condena de Galileo en Roma (1633), comienzo del divorcio entre la Iglesia y la intelectualidad, la ejecución de Giordano Bruno en la hoguera (1600), o la guerra de los treinta años (1618-1648), mal llamada guerra de religión. En medio de estas turbulencias, en las que la Iglesia no estuvo a la altura de sus exigencias, inaugurando lo que se ha denominado racionalismo, pues Benito Espinosa no nacerá hasta el 1630 y Leibniz hasta 1646, en medio de todo esto aparece en la Francia centro del mundo emergente Renato Descartes.
Pocas figuras tan empeñadas en comprenderlo todo a la luz de la razón, tan ilustradas, tan modernas; no en vano ha sido considerado por Hegel nada menos que como el padre de la filosofía ¡alemana!, es decir, de la sabiduría moderna y verdaderamente nueva. Con Descartes, pues, parece que queda descartado todo lo anterior, ese perennismo de Roma, ciudad eterna, expresado en latín, lengua eterna, y manifestado en el discurso escolástico, filosofía eterna. |
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Si el pensamiento anterior era teocéntrico, a partir de Descartes será antropocéntrico; a la confianza en el mundo creado por Dios le sigue la desconfianza y la duda por sistema: duda de los sentidos, duda de la imaginación, duda de la memoria, duda hasta de Dios como método; filosofar es dudar, a más duda más certeza, duda hiperbólica o exagerada; si el mundo, con sus olores, sus sabores y sus colores era el lugar de cita en el jardín posedénico, ahora todo lo sensible, reducido a la condición triste de cualidades secundarias, queda devaluado para ensalzar la euforia del cálculo, de la razón, de la extensión, de la figura, del movimiento; si el antiguo Adán renacentista había sido visto como un microcosmos, el nuevo macántropo será presentado como un complicado aparato mecánico, más parecido a una máquina que a un ángel o a una bestia. Después de mucho pensar, el pensamiento moderno termina siendo un pensar que se piensa a sí mismo: yo pienso, yo existo, aquí estoy yo, en primera persona, en nominativo; lo primero que cae bajo el entendimiento no es el ser, sino mi yo. Ego cogito. Ego sum. Aquí estoy yo.
Acabamos de inaugurar la modernidad, que en su esfuerzo por atenerse exclusivamente a lo (de)mostrable por la razón sólo puede dar, de un yo que piensa, pensamientos, un yo sin un tú, un yo-nómada como después verá Leibniz, un yo sin un mundo, sin otro mundo que el mundillo de los pensamientos y del pensar que pensar debía, un yo empeñado en ejercitar el magisterio de la sospecha o de la desconfianza, paradójico camino que, para entregarse a la afirmación, comienza por entregarse a la vía de la dubitación. Dudo de ti, me afirmo en mí. He ahí a Descartes, con su método, sus reglas para la dirección de la mente, su yo matemático, y pronto con Espinosa su ética demostrada geométricamente. Y, un poco después, soñando el sueño de la matemática universal, con Newton, que en 1687 escribe sus Principia mathematica, unas matemáticas con las que pueda llegar a saberse todo: las mathémata, las raíces de todo son matemáticas, el cosmos es un libro abierto escrito con caracteres matemáticos, sólo inteligible para quien sepa descifrar esos signos; las matemáticas son la llave que abre el misterio del cosmos, ahora reducido a problema; gracias al cálculo infinitesimal entraremos en el espacio y en el tiempo infinitos en los que Dios reside, y de este modo también en Dios. Desde ahora todas las mamás y los papás querrán que sus niños sepan matemáticas, sólo el niño que suspende las matemáticas es tonto. La razón promete mucho, es prometeica. Renato Descartes no es el primero en haber soñado esos sueños, cuyos orígenes se remontan a Platón y los pitagóricos, pero sí es el hombre que de una forma más autocontrolada, reflexiva, fría y calculadora ha intentado llevarlos al centro de la escena. Hay un antes y un después de Descartes. El después ha llegado vía Kant, Husserl, y círculo de Viena, hasta el segundo Wittgenstein hasta hoy, sarampión urticante y persistente. Así las cosas, déjenme decirles que durante mi período de catedrático de Bachillerato, y después como profesor universitario, incluso como parte de la coordinación de Filosofía de la Universidad Complutense, he pensado mucho en Descartes. ¿Por qué me he preguntado recurrentemente un pensador como él, que no reconoce en el origen al nosotros, al yo y tú, sino al mero yo; por qué un pensador como Descartes, que abandona la vida y se refugia en la matemática al margen de la armonía de la existencia; por qué un filósofo que se empeña en acentuar la duda como vía de acceso a la certeza; por qué un hombre así no ha sido repensado críticamente al menos en los colegios y universidades católicas? No estoy hablando, obviamente, de ignorarle, ni de menospreciarle, ni de mirarle con desafecto, nunca he propuesto ninguna caza de cartesianos, estoy hablando de verle ¡racionalmente, con la razón! en confrontación dialógica y fraterna con la fe cristiana. La fe cristiana, que es teocéntrica sin dejar de ser antropocéntrica, que es dialógica y no monológica, que es fiduciaria y no desconfiada, que es raciovital y no disocia la razón y la vida, que es amorosa y se afinca en la gratuidad, esa fe no es compatible con la piedra angular que Descartes pone como eje de la modernidad. ¿Por qué entonces se repite hasta la extenuación el pensamiento de Descartes, sin pararse a mirar que ese solipsismo cartesiano del yo sin el tú y sin el nosotros, de la duda y no de la confianza, etc., no es válido para el cristianismo? Pero, sobre todo, ¿por qué no se intenta construir en diálogo con Descartes una racionalidad más completa, donde el pienso luego existo racional sea sustituido por el mucho más razonable soy amado luego existo? Yo les sugiero a ustedes que piensen esta cuestión. Ojalá lleguen a una conclusión más razonable que la mía, la cual ha dado en concluir que en nuestros colegios y escuelas católicos nos acostamos más a la buena nota de la dura selectividad, que al buen discurso de una racionalidad cristiana en diálogo con Descartes y con cada uno de los sistemas filosóficos. Buenas son, pues, las páginas de Alfa y Omega, para repensar desde el alfa hasta la omega, la historia de la filosofía en diálogo con la identidad cristiana. Sólo entonces podremos estarle más agradecidos a Descartes, y no verle tan sólo como decía Nietzsche con mentalidad museística, porque a golpe de calendario hoy toque hablar de un tal Renato. Carlos Díaz |