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Un Cela que, a elegir según conviene, se viste de narrador, de bastonero, de maestro de ceremonias, ha escrito, una vez más, un texto prodigioso. En este caso mucho más breve y, por ello, doblemente prodigioso. Si yo tuviera que sintetizarlo en una sola palabra, no dudaría en acudir al adjetivo fantástico. Pero fantástico en el más literal significado etimológico de la palabra que, como todo el mundo sabe, se deriva del sustantivo fantasma.
Son muchos los fantasmas redivivos que cruzan por la escena singular de esta peculiarísima obra de teatro de acto único y permanente: como figuras de cera embalsamadas en su propio estupor, están los del 98, a los que Cela sienta en un banco sin respaldo, y el Diablo Cojuelo, Sancho Panza y Santayana, Cicerón, Homero, Herodoto, Lucano y también Shakespeare y Chaplin, y muchos más cristobitas de este gran guiñol, que Cela ha levantado en homenaje al Bosco II, bajo el título, entre onírico y sugerente. La extracción de la piedra de la locura o El inventor del garrote. Da la impresión como de que Cela se sentó a escribir una obra de teatro a la usanza clásica, y como de que no acababa de salirle a su gusto, y entonces dejó correr su imaginación y su pluma, y ahí queda eso: un surrealista esperpento a caballo entre el Greco y Goya, entre Valle Inclán y Arrabal, pero muy, muy de Cela: algo así como la quintaesencia misma de su Pascual Duarte, su San Camilo 1936, su Colmena, más su Pirineo, y su Alcarria, y su Galicia, y su Quevedo, y su Unamuno , un gran friso del hondón de España que, según él, anda manga por hombro y que Dios nos coja a todos confesados. Amén. Rezad por España, que no existe pero es verdad que hay una península llena de piedras en donde se toca la guitarra. Como en el friso está la vida, está también la muerte, ese gorgojo que habita en el meollo del corazón del hombre, que ya decía Sancho Panza que, de un dormido a un muerto, hay muy poca diferencia. En estas 95 páginas que acaba de editar Seix Barral, lo crea usted o lo deje de creer, están todos. Mejor dicho, estamos todos. Usted y yo también. |
Dreyer, el insustituíble
Si existe un director de cine cuyo legado contenga verdaderas obras de arte destinadas a perdurar, ese director es, sin duda, Carl Theodor Dreyer. M. A. V.
Ahora que Garci nos está enseñando a los españolitos a ver cine, en ese programa de la noche de los lunes en TVE 2, que se llama ¡Qué grande es el cine!, y ahora que acaba de regalarnos Gertrud, de Dreyer, Nickel Odeón presenta esta auténtica joya para los aficionados al cine. Acaba de escribirla José Andrés Dulce, un hasta ahora desconocido periodista riojano, al que a partir de ahora habrá que seguir de cerca. Confiesa el autor que le ha llevado seis años de trabajo escribir estas impresionantes 545 páginas, pero ha merecido la pena. Nadie, a partir de ahora, podrá hablar de Dreyer sin haber leído este libro, que, como dice Juan Cobos en el precioso prólogo, es un estudio documentado y apasionado sobre un hombre que resume así su vida: Ha de preferirse la honesta pobreza al lujo inmerecido. Dice José Luis Garci que Carl Theodor Dreyer es un original, que no ha vuelto a existir nadie como él, que a Ford pueden sustituirle en caso de necesidad Hawks o incluso Walsh, pero que a Dreyer no puede sustituirle nadie; ni siquiera Bergman, o Tarkovsky. Y dice Garci y dice muy bien que jamás ha podido definir el cine de Dreyer, pero que lo siente. A Dreyer habrá que volver siempre que se quiera hablar del gran arte del siglo XX: el cine, y José Andrés Dulce disecciona su vida y su obra con admirable minuciosidad, y todos y cada uno de los factores de sus películas: desde la palabra a la imagen, de la luz a la música, de la escenografía al paisaje exterior, pero sobre todo interior, del propio Dreyer, sobre quien concluye: