RetrocesoA&ONº 205/23-III-2000SumarioMundoContinuar
Homilía de Juan Pablo II en la Misa de la Jornada del Perdón
"¡Reconciliaos con Dios!"
¿Pero qué es lo que ha dicho el Papa? Lo que dijo, exactamente, está en los textos pronunciados
en la Basílica de San Pedro y antes de rezar el Ángelus, donde precisó:
La Iglesia no pide perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos por razones
de imagen o con segundas intenciones. Lo hace porque, a pesar de que fue fundada
por Cristo, sus hijos son hombres y mujeres, como todos, capaces de ofender a Dios y a sus hermanos.
De este modo, con su comportamiento, en ocasiones empañan la belleza del mensaje de Jesús. No se trata
de un juicio sobre la responsabilidad subjetiva de los hermanos que nos han precedido: esto es algo que
sólo le corresponde a Dios, quien —a diferencia de nosotros, seres humanos— es capaz de "escrutar el
corazón y la mente". El acto de hoy es un reconocimiento sincero de las culpas cometidas por los hijos
de la Iglesia en el pasado remoto y en el reciente, y una súplica humilde del perdón de Dios. Esto no
dejará de despertar las conciencias. Perdonados y dispuestos a perdonar, los cristianos entran
en el tercer milenio como testigos más creíbles de la esperanza
En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios! A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él. Son palabras de san Pablo, que la Iglesia relee todos los años, el Miércoles de Ceniza, al inicio de la Cuaresma.

¿Cómo ha podido Dios, que es la santidad misma, hacer pecado a su unigénito Hijo, enviado al mundo? Y, sin embargo, esto es lo que leemos en el pasaje de la segunda Carta de san Pablo a los Corintios. Nos encontramos ante un misterio: misterio que a primera vista parece desconcertante, pero escrito con letras claras en la Revelación divina.

Cristo, el Santo, a pesar de que estaba totalmente sin pecado, acepta tomar consigo nuestros pecados. Los acepta para redimirnos; para asumirse nuestros pecados, para cumplir la misión recibida por el Padre, quien —como escribe el evangelista Juan— tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que quien cree en él tenga la vida eterna.

Delante de Cristo que, por amor, cargó con nuestras iniquidades, estamos invitados a hacer todos un profundo examen de conciencia. Uno de los elementos característicos del Gran Jubileo consiste en eso que he calificado como purificación de la memoria. Como sucesor de Pedro, he pedido que, en este año de misericordia, la Iglesia, firme en la santidad que recibe de su Señor, se arrodille ante Dios e implore el perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. El primer domingo de Cuaresma me ha parecido la ocasión propicia para que la Iglesia, recogida espiritualmente en torno al sucesor de Pedro, implore el perdón divino por las culpas de todos los creyentes. ¡Perdonemos y pidamos perdón!

Este llamamiento ha suscitado en la comunidad eclesial una profunda y provechosa reflexión, que ha llevado en los días pasados a la publicación de un documento de la Comisión Teológica Internacional, titulado Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado. Doy las gracias a quienes han contribuido en la elaboración de este texto. Es muy útil para comprender correctamente y aplicar la auténtica petición de perdón, fundada en la responsabilidad objetiva que acomuna a los cristianos, en cuanto miembros del Cuerpo místico, y que empuja a los fieles de hoy a reconocer, junto a sus propias culpas, las de los cristianos de ayer, a la luz de un atento discernimiento histórico y teológico. De hecho, por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aun sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido. Reconocer las desviaciones del pasado sirve para despertar nuestras conciencias ante los compromisos del presente, abriendo a cada uno el camino de la conversión.

¡Perdonemos y pidamos perdón! Mientras alabamos a Dios que, en su amor misericordioso, ha suscitado en la Iglesia una mies maravillosa de santidad, de ardor misionero, de total entrega a Cristo y al prójimo, no podemos dejar de reconocer las infidelidades al Evangelio en las que han caído algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio. Pidamos perdón por las divisiones que se han dado entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos han hecho en el servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad asumidas, en ocasiones, en relación con los seguidores de otras religiones.

LOS MALES DE HOY


Con mayor razón, confesemos nuestras responsabilidades de cristianos por los males de hoy. Ante el ateísmo, la indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo ético, las violaciones del derecho a la vida, el desinterés por la pobreza de muchos países, no podemos dejar de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades.

Pidamos humildemente perdón por la parte que cada uno de nosotros ha tenido con su comportamiento en estos males, contribuyendo a ensuciar el rostro de la Iglesia.

Al mismo tiempo, mientras confesamos nuestras culpas, perdonemos las culpas cometidas por los demás en relación con nosotros. En el curso de la Historia, innumerables veces los cristianos han sufrido vejaciones, prepotencia, persecuciones a causa de su fe. Como perdonaron las víctimas de aquellos abusos, así también perdonamos nosotros. La Iglesia de hoy y de siempre se siente comprometida a purificar la memoria de aquellas tristes vicisitudes de todo tipo de sentimiento de rencor o revancha. De este modo, el Jubileo se convierte para todos en una ocasión propicia para una profunda conversión al Evangelio. De la acogida del perdón divino surge el compromiso para perdonar a los hermanos y para la reconciliación recíproca.

Pero, ¿qué es lo que nos dice a nosotros el término reconciliación? Para comprender su significado y su valor exacto, es necesario darse cuenta de la posibilidad de la división, de la separación. Sí, el hombre es la única criatura de la tierra que puede establecer una relación de comunión con su Creador, pero también es la única que puede separarse de Él. Por desgracia, de hecho, muchas veces se aleja de Dios. Afortunadamente muchos, como el hijo pródigo, del que habla el Evangelio de Lucas, después de haber abandonado la casa paterna y gastado la herencia recibida, al tocar fondo, se dan cuenta de lo que han perdido. Emprenden entonces el camino del regreso: Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado...

Se presenta hoy ante nosotros, como testigo, Saulo de Tarso, convertido en san Pablo: él experimentó de manera singular la potencia de la Cruz en el camino de Damasco. El Resucitado se le manifestó en toda su deslumbrante potencia: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús, al que tú persigues. Pablo, que experimento de una manera tan fuerte la potencia de la Cruz de Cristo, se dirige hoy a nosotros con una ardiente invitación: Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Esta gracia nos la ofrece el mismo Dios, insiste san Pablo, quien nos dice hoy: En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé.

María, Madre del perdón, ayúdanos a recibir la gracia del perdón que el Jubileo nos ofrece tan ampliamente. ¡Haz que la Cuaresma de este año santo extraordinario sea para todos los creyentes, y para cada hombre que busca a Dios, ese momento favorable, el tiempo de la reconciliación, el tiempo de la salvación!