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La clave del impacto de las palabras del Papa hay que encontrarla, sin duda, en su apego a la justicia como única solución al conflicto en Oriente Medio. Desde un primer momento, al aterrizar en Ammán, dejó muy claro que, sin paz, no puede haber un desarrollo auténtico para esta región, ni una vida mejor para sus pueblos, ni un futuro más luminoso para sus hijos. Tras afirmar que la paz es indispensable, su mensaje ha reconocido el derecho del pueblo de Israel a vivir en su comunidad estatal y en seguridad. Por otra parte, ha defendido con claridad los mismísimos derechos del pueblo palestino, quien también debe poder agruparse en torno a una nación y a vivir en seguridad, en el respeto a los derechos humanos. Se trata de dos conceptos sencillos y fundamentales que, en caso de haberse convertido en el centro de las negociaciones de paz, hubieran permitido avanzar más rápidamente hacia la solución pacífica. Y esto es algo que en esta visita lo han reconocido con su participación tanto judíos como palestinos.
En este sentido, es realmente significativo el esfuerzo realizado tanto por el Ejecutivo de Israel como por la Autoridad palestina para volcarse en el recibimiento del Papa. Ehud Barak ha hecho de la peregrinación del Pontífice el acontecimiento de prioridad nacional, y ha encargado la organización al ministro de su mayor confianza, Haim Ramon. El imponente despliegue de las fuerzas de seguridad cien mil hombres y la importante inversión en infraestructuras demuestran (con el lenguaje típico de estas tierras) la importancia que para Israel tenía la visita del Obispo de Roma. Yasser Arafat no se ha quedado atrás. Ha preparado esta visita desde hace varios años y ha hecho de Belén su ciudad preferida en este Jubileo del año 2000. La mayor inversión de la Autonomía Nacional Palestina ha tenido lugar en la preparación de las infraestructuras que han servido para recibir al Papa y a los más dos millones de peregrinos que vendrán a lo largo del Año santo a la ciudad natal de Jesús. |
| UN VIAJE RELIGIOSO
Pero la candente actualidad no debe distraer del objetivo primario del viaje pontificio. Joaquín Navarro-Valls, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, ha insistido por activa y por pasiva en que la palabra que describe mejor la visita es peregrinación. Lo está poniendo también de relieve Juan Pablo II en cada una de sus etapas. Al visitar los lugares en que vivió, murió y resucitó Cristo, ha logrado que la figura de Jesucristo acabe en la primera página de los periódicos. Al pisar las mismas piedras que pisó Jesús el lugar de su bautismo en el Jordán, ha lanzado un mensaje muy claro al mundo: dos mil años después, Cristo sigue siendo el Mesías, la única esperanza de salvación para el hombre. Éste es también el significado del resto de las citas que tiene programadas. Ya sean íntimas, como la Misa que hoy celebrará en el Cenáculo de Jerusalén, o imponentes, como la celebración eucarística que mañana presidirá en el Monte de las Bienaventuranzas, en la que reunirá al mayor número de personas de toda la visita, en buena parte jóvenes. Este mismo mensaje explica el que la peregrinación termine el fin de semana con dos momentos culminantes: la visita a Nazaret, la pobre ciudad en que vivió durante casi 30 años Jesús; y la última etapa, con la Misa en el Santo Sepulcro. Su mensaje de paz y su testimonio de Cristo, fundamentan la tercera clave indispensable para comprender al peregrino de Roma: el diálogo y la colaboración entre los creyentes de las tres religiones monoteístas para la construcción de un mundo más justo, más humano... No hay que precipitarse antes de sacar conclusiones definitivas. Sin embargo, las relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes sin negar ni mucho menos las sombras o desafíos que tienen que afrontar nunca habían sido tan buenas como en esta semana. Se entiende así por qué este viaje número 91 del Papa está siendo considerado, por todos, como el viaje por antonomasia. Aunque él preferiría que se hablara de la peregrinación. Jesús Colina. Roma |