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Me planteo constantemente la siguiente pregunta: ¿Existe Dios? Sé que su existencia, si realmente es, no se puede concebir con la razón. Sé que solamente la fe nos hace creíble ese interrogante de forma afirmativa. Pero, ¿cuántas dudas nos hacen sucumbir ante la incredulidad? ¿Quién o qué es y dónde está? ¿En el cielo? Y ¿qué es el cielo?Soy católico practicante, quizá por egoismo o por miedo. No pretendo en absoluto analizar el por qué de mi creencia, porque me pierdo en utopías. Creo en Jesucristo firmemente, pero creo como hombre que fue. Al mismo tiempo me vuelven a surgir esas dudas que me hacen utilizar la razón, muy a pesar mío, cuando se me ha dicho siempre que es el Hijo de Dios. De nuevo me planteo lo anterior: ¿Quién o qué es Dios y dónde está? Va a hacer dos años que murió mi hija Gloria, se suicidó arrojándose desde el viaducto en Madrid. Pensando en aquel momento que existía Dios, lo insulté, lo maldije. ¿Tú eres todo amor?, le decía. ¿Y tu misericordia dónde está? Eres un monstruo, vengativo e inmisericorde. ¿Cómo has sido capaz de arrebatarme a mi hija de forma tan cruel? Cuando una y otra vez me dice algún hermano de la comunidad que Gloria está en el cielo, en la morada que el Señor tenía preparada para ella, no sé si reírme o llorar. ¿De qué morada me hablas? En los pocos, poquísimos momentos de paz que vivo en mi vida, quiero aceptar la existencia de Dios y así conformarme. Un alma caritativa, buena y misericordiosa, Nieves, estuvo junto a Gloria en sus últimos instantes cuando todavía su cuerpo, que yacía en el suelo, disponía de algo de vida. Nieves rezó junto a ella. Nieves me ha dicho que Gloria está en el cielo, y en este caso me lo creo porque me lo dice ella. Quisiera ver en mí ese soplo achacable al Espíritu Santo. Quisiera ver algún signo en el que se manifestase el amor de Dios (si existiese). Quisiera, en definitiva, gozar de un poco de paz y creer firmemente que mi hija está en el cielo. El día 31 de este mes de marzo cumpliría 34 años. Feliz cumpleaños, querida Gloria. José María Ferri Fort |
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Yo he visto sus ojos que taladran el mundo,/ con miradas idiotas y terribles/ como una espantosa acusación contra alguien./ ¿Por qué?, gritan sus ojos./¿Por qué?, aullan sus manos. ¿Por qué?, chilla su cuerpo./ ¿Por qué?, brama su sangre./ ¿Por qué?, ululan todos/ los rincones de su santa existencia./ Pero aún es más amarga la segunda pregunta:/ ¿Para qué todo eso? ¿Fecunda algo este dolor,/ o solamente/ es una estéril esterilidad?/ ¿Riegas Tú acaso algún jardín celeste/ con el llanto del hombre? ¿Necesitan/ tus gloriosos parterres tus azucenas/ de estiércol del hombre corrompiéndose?/ Responde, oh Dios, ahora que es de noche en mi alma/ y que mi fe vacila,/ ahora que ser hombre se me ha hecho cuesta arriba/ y llego, como un pobre mendigo/ cargado de preguntas, a tus plantas
Cristo: No tengo más respuestas que las que os di en mi Hijo./ Estudiad bien su carne./ Aprendeos su cuerpo./ Tal vez allí encontraréis el por qué de las cosas./ Nadie ha vivido nunca tan solo como yo Hombre: Sí, voy a cargar con mi dolor a cuestas/ y subiré a tu lado por la vida/ compartiendo mi cruz con mis hermanos,/ compartiendo sus cruces con la mía./ Átame. José Luis Martín Descalzo Presencia de Francisca. Historia de nuestra pequeña Francisca, que parece deslizarse por días sin historia. El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro que se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa tronchada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. Le ha sobrevenido una gran desgracia": alguien ha venido, era grande y no es una gran desgracia. No nos hemos contado sermones. No había más que guardar silencio ante este joven misterio que, poco a poco, nos ha invadido con su alegría. Me acuerdo de mis llegadas con permiso a Dreux, a Arcachon, con qué angustia la última... Sentía acercarme a esta cuna sin voz como a un altar, como a algún lugar sagrado donde Dios hablaba como un signo. Una tristeza penetrante y profunda; profunda, pero ligera y transfigurada. Y alrededor de ella, una adoración, no tengo palabra. Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le decía cosas a esta frente que no respondía nada, cuando mis ojos se arriesgaban hacia esta mirada distraída, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que miraba mejor que la mirada. Emmanuel Mounier |
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