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Y porque los signos significan, cuando monseñor Manuel Monteiro de Castro tiende su mano, su anillo episcopal nos muestra las encrucijadas de la biografía de un pastor al servicio de la Iglesia. Son los esposorios de una vida entregada al servicio de la Sede Apostólica, repleta de viajes, de misiones, de encuentros, de personas, de lugares diferentes, de costumbres ancestrales. Todo por el Evangelio. Todo por llevar el mensaje de paz, de amor y de esperanza a tantos pueblos que le han hecho sentir el corazón del hombre que anhela la salvación. Sólo el anillo. Con su anillo, nos basta. En el centro, el cordero. Emmanuel, Dios con nosotros. Su nombre de pila, el nombre del sentido pleno, de la raíz de sus desvelos pastorales: Dios con los hombres. En el margen derecho, la Virgen Inmaculada, la imagen que se venera en el santuario de Nuestra Señora de Sameiro, en el que, de niño, aprendió a rezar, la Madre de sus oraciones infantiles y juveniles; de sus ilusiones sacerdotales; de sus desvelos episcopales, que ha llevado consigo por las tierras más lejanas, y que le ha acompañado en los momentos de soledad humana. La rúbrica de su alianza está sellada con su escudo episcopal. El mar, duc in altum; la montaña, que lleva en su apellido, naturaleza marcada por la ley del Creador; sus raíces familiares..., y en el lema, la oración: Quédate con nosotros, Señor. Cuando monseñor Monteiro de Castro tiende su mano, presenta sus más genuinas credenciales. No hay más que dejarse guiar por sus gestos, por su espontánea sonrisa; por su bondad manifiesta. Éstas son las armas de su diplomacia, que nacen de un corazón entregado a hacer el bien, a sembrar paz, a proponer esperanza. Dios permanece con nosotros.
José Francisco Serrano |