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Pedro vuelve a GalileaYlloró. Se palpa aún en el ambiente de la cripta de Nazaret, el asombro de la Muchacha virgen y el misterio: allí empezó todo. Se notan todavía, invisibles, los infinitos pájaros del aire, sorprendidos ante las palabras del ángel del Señor: Dios te salve, María. Y el temblor atónito de su respuesta trascendental: Hágase en mí según tu palabra. ¿Cómo no iba a conmoverse Juan Pablo II? Seguro que rezó: Santa María, Madre de Dios, totus tuus soy todo tuyo. ¿Cómo no iba a llorar de emoción, no amargamente, como Pedro aquella madrugada que cantó el gallo, sino serenamente? Estuvo un rato de rodillas; se levantó, ya se iba, pero volvió a arrodillarse: le costaba arrancarse de allí, y allí dejó un ramo de flores y su alma. En realidad, más que un largo viaje, esta peregrinación intensísima del Papa a la Tierra en la que Dios quiso plantar su tienda entre los hombres, ha sido una permanente, conmovedora plegaria. Eso es lo esencial. Todo lo demás, el tejer la paz, el perdonar sin olvidar el Holocausto, el exigir la renuncia a la venganza y al odio... es el fruto de eso. |
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Había peregrinado espiritualmente a Ur de Caldea, la tierra de Abrahám, y físicamente al Sinaí, el monte santo de la zarza ardiendo. Había pedido un prodigioso, humilde, sorprendente, universal, contagioso, convincente, cristianísimo perdón histórico en este Año Jubilar de penitencia y reconciliación; un viento bíblico soplaba cuando mojó sus manos en el agua bautismal, allá en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando, en Wadi Al Kharrar (el Valle del murmullo del agua); se había arrodillado ante la Estrella de Belén, que desde hace 2.000 años sigue iluminando nuestro pobre mundo; pidió una silla y su breviario, y se ensimismó en oración. Ha pisado las viejas piedras de Jerusalén donde el Señor habló, sudó, rió, lloró, fue salvajemente azotado y crucificado, y murió por darnos la vida. Y resucitó. Ha consagrado el pan y el vino en el Cenáculo, donde hace veinte siglos el Hijo de Dios había deseado ardientemente celebrar la Pascua con los suyos. Y este venerable anciano, de permanente juventud por dentro, encorvado por el peso de su propia grandeza, que había deseado ardientemente dar aquí la Paz, levantó las manos temblorosas, pero firme el alma el Cuerpo y la Sangre del Señor, y firmó, sobre el altar en el que por vez primera se decía una misa desde entonces, su carta a los sacerdotes para el Jueves Santo de este Año Jubilar, digamos su testamento sacerdotal.
Y subió al monte de las Bienaventuranzas para decirles a los jóvenes, ávidos de paz y de justicia, con la misma voz poderosa de su primer No tengáis miedo, dónde está el secreto y el sentido y la fuerza de la vida, y de la felicidad. Y así en Cafarnaúm, y en la casa de Pedro, y en Getsemaní, junto a los olivos que el carbono 14 ha dictaminado que tienen 2.500 años y que fueron testigos de aquel sudor de sangre, de aquella infinita soledad desolada. Y en el Gólgota, al que volvió de incógnito la tarde del domingo, a solas, sin cámaras. Y junto al sepulcro nuevo, en el que nadie había sido enterrado, y ante el cual se callan todas las filosofías, ideologías, políticas y diplomacias, para dejar paso al Misterio y a la gracia. Déjenme confiarles una pena que me ha quedado dentro: he echado mucho de menos un pesquero en el lago de Tiberiades, como aquel de Pedro, con olor a redes y a escamas, y a salitre, en el que el sucesor del pescador de Galilea hubiese podido decirle al del timón: Duc in altum: ¡a alta mar, echa la red! No sé por qué me parece que Juan Pablo II, en la foto, se ha quedado con las ganas , antes de volver a la alta mar del mundo, a lavar los pies de los hermanos el próximo Jueves Santo, y a llevar la cruz el Viernes en el Coliseo, y a acompañar a la Madre en su soledad del Sábado, a la espera de la eterna madrugada de Resurrección, cumpliendo, hora tras hora, el mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Miguel Ángel Velasco |