|
|
Eso de pedir perdón, y tan reiteradamente como ha hecho últimamente el Papa, ha indignado a no pocos. Pero este Año Jubilar, ¿no era precisamente el del perdón? Además, ¿no nos enseña la Iglesia a pedir perdón cada día, al comenzar la Misa? Pedir perdón a quien hay que pedírselo, evidentemente, a Dios, presente de un modo eminente en todo ser humano, que es imagen suya. Es el camino para participar de esa grandeza divina que es la misericordia, el único camino realmente humano que cambia el mundo, en todos sus aspectos en lo político, en lo económico, en lo social, a la medida del hombre. Decirlo así de claro seguramente les parecerá a muchos hasta delirante. Sin embargo, pocas cosas pueden considerarse tan verdaderas.
Montado en un borriquillo, como estaba anunciado en los profetas, entró Jesús en Jerusalén. La grandeza del Salvador se mostraba así en un gesto de humildad impresionante. Como impresionante ha sido la grandeza que Juan Pablo II ha mostrado en sus continuos pequeños gestos durante su peregrinación a Tierra Santa. Los carros de combate más poderosos del mundo no hubieran podido traer la Paz que montaba sobre aquel borriquillo; ni la han podido traer a lo largo de los siglos; ni la podrán traer ahora ni nunca. Evidentemente, como el de Jesús, el paso de Juan Pablo II por Jerusalén ha sido una peregrinación religiosa, no una estrategia política. ¿Pero existe política en el mundo más eficaz para traer a la Humanidad una Paz así, con mayúsculas, que este gesto religioso del Papa? |
|
Cada vez y han sido muchas veces que el Santo Padre, del Monte Nebo a Belén, de Nazaret y el Monte de la Bienaventuranzas hasta Jerusalén, ha pronunciado la palabra paz, no ha dejado de calificarla, antes o después, de justa. La verdadera paz no es tal si no es fruto de la justicia. La fragilidad de la paz en esa región del mundo que es Palestina y todo el Medio Oriente ha motivado reuniones y conferencias, esfuerzos políticos y diplomáticos continuos... Sin embargo, ¿qué clase de paz puede ser la supeditada a intereses mil, por legítimos que parezcan, si se margina el único verdadero interés que justifica todos los demás: el ser humano, en toda la grandeza de su dignidad sagrada? ¿Qué clase de paz puede existir cuando los barriles de petróleo, o los mercados de valores, o el prestigio puramente externo de razas, pueblos o instituciones está por encima de un solo ser humano, aun del más pobre y miserable? El del Papa, ciertamente, no ha sido un viaje político, pero no es menos cierto que toda política, y toda economía, toda acción social y cultural, del tipo que sea, que olvide esa elemental justicia que brota de la religión auténtica está abocada, en un plazo más corto o más largo, pero irrevocablemente, al más rotundo fracaso. ¿No lo ha demostrado amplísimamente, una y mil veces, nuestra Historia, y particularmente la del último siglo?
En la pasada semana como sucediera en la vida terrena de Jesús y, tras su resurrección, en la predicación de los apóstoles Jerusalén ha sido punto de llegada y, al mismo tiempo, de partida del viaje del Vicario de Cristo y, con él, de toda la Iglesia. En su humanísima peregrinación, Juan Pablo II ha hecho y ha dicho lo justo, ni más ni menos que lo que tenía que decir y que hacer. Con frecuencia se acusa a la religión de ser un factor de discordia, y hasta se habla de ¡guerras de religión! Si así fuera, no puede profanarse la palabra religión más gravemente. Si las religiones no son factores de paz, y con ello la condición indispensable de toda acción política y social, han perdido su esencia misma. El Santo Padre lo ha proclamado con toda la fuerza de su debilidad y desde su humilde grandeza, haciendo actual, actualísimo, al Príncipe de la Paz. Su respeto a toda religión no sólo evita despreciarla más bien él mismo sufre los desprecios como propios, sino que le muestra su más honda verdad, la que se contempla en nuestra portada de este número: el Verbo que se hizo carne, y habita entre nosotros. |
|
Amar a los propios hermanos y a las propias hermanas implica una actitud de respeto y compasión, gestos de solidaridad, cooperación al servicio del bien común. Por tanto, la preocupación por la justicia y por la paz no es extraña al campo de la religión, sino que es realmente un elemento esencial.
Cuando amamos a nuestro prójimo, mostramos amor a Dios, y cuando le ofendemos, ofendemos a Dios. Esto significa que la religión es enemiga de la exclusión y de la discriminación, del odio y de la rivalidad, de la violencia y del conflicto. La religión no es y no debe convertirse en un pretexto para la violencia, en particular, cuando la identidad religiosa coincide con la identidad étnica y cultural. ¡Religión y paz están unidas! La creencia y la práctica religiosas no se pueden separar de la defensa de la imagen de Dios en todos los seres humanos. Debemos hacer todo lo posible para transformar la conciencia de las ofensas y de los pecados del pasado en una firme determinación a edificar un nuevo futuro en el que no haya sino una cooperación fecunda y respetuosa entre nosotros. La Iglesia católica desea emprender un diálogo inter-religioso sincero y fecundo con los miembros del judaísmo y con los seguidores del Islam. Este diálogo no es un intento de imponer nuestros puntos de vista a los demás; exige que todos nosotros, fieles a lo que creemos, escuchemos con respeto al otro, tratemos de discernir todo lo que hay de bueno y santo en las enseñanzas de cada uno de los demás y cooperemos en el sostenimiento de todo lo que favorece la paz y la comprensión recíprocas. Los niños y los jóvenes judíos, cristianos y musulmanes presentes aquí son un signo de esperanza y un incentivo para nosotros. Si las diferentes comunidades religiosas en la Ciudad Santa y en Tierra Santa consiguen vivir y trabajar juntas en amistad y en armonía, aportarán beneficios enormes no sólo para ellos mismos, sino también para la causa de la paz en esta región. Jerusalén será realmente una Ciudad de Paz para todos los pueblos. Juan Pablo II Notre Dame of Jerusalem Center, 23-III-2000 |