RetrocesoA&ONº 206/30-III-2000SumarioDesde la feContinuar
Punto de vista
No podemos olvidar a Jerusalén
Que se me pegue la lengua al paladar si me olvidare de ti, Jerusalén. Estas palabras del salmista ilustran un poco el sentimiento de todos los que hemos vivido estos días en Israel. Todos tenemos el presentimiento de que, de ahora en adelante, las cosas van a ser distintas en este rincón del mundo. La presencia aquí de Juan Pablo II va a obligar a replantearse muchas cosas a muchas personas y a muchas instituciones. Son muchos los problemas que existen en esta tierra: de justicia, de paz, de entendimiento religioso, de desarrollo, etc. El Papa ha sido claro: tan sólo desde el respeto a cada uno se puede construir un futuro de paz, justicia y esperanzas. Los caminos son largos y tortuosos, pero no por ello vamos a dejar de caminarlos. La comunidad judía ha visto, por primera vez en su historia, a un Papa rendir homenaje a sus difuntos masacrados durante el Holocausto. Ha visto y oído una declaración firme y decidida en la cual se condena el racismo y el antisemitismo como un gran pecado contra el ser humano y, por tanto, contra Dios. Ha visto a un Papa colocar una petición a Dios en el Muro de los Lamentos, una petición de perdón por el daño hecho a los hijos de Abrahám. La comunidad palestina, presente y sufriente en este país, ha escuchado la llamada de Juan Pablo II para que cese pronto su sufrimiento y puedan disponer de una Patria. La comunidad cristiana ha visto reforzada su presencia aquí y ha escuchado el llamamiento a la unidad desde la propia diversidad y desde el respeto. La juventud de todo el mundo se ha visto retada a construir un mundo mejor que el de sus mayores. Las Bienaventuranzas son el modelo a seguir en esta construcción de la nueva civilización.

La regla de oro de las tres religiones que se reparten Jerusalén ha sido recordada: No hagas a otro lo que no deseas te hagan a ti.

La última jornada ha transcurrido en forma sencilla, no exenta de momentos difíciles y delicados. A primeras horas de la mañana el Papa visitó las mezquitas de la explanada del Templo, el segundo lugar sagrado del Islam. Allí dialogó con sus autoridades. Escuchó sus penas, exigencias y deseos. Intercambió regalos. Después se acercó al Muro de los Lamentos, y tras breves momentos de oración, realizó el gesto de todo peregrino a Jerusalén: depositó su petición a Dios: un gesto de perdón y de reconciliación. Después, se ha dirigido a la basílica del Santo Sepulcro. Allí celebró la Misa. En la tarde, salió de Israel, dando por concluido el viaje.

No podemos olvidar a Jerusalén. Un poco la ciudad símbolo de nuestra civilización. Jerusalén, la ciudad de la Paz, la cual ha sido destruida dieciseis veces y ha sido reconstruida diecisiete, invita, reta de nuevo a la paz. Desde aquí, el Peregrino de la Paz nos ha invitado a ello.

En el Talmud de Babilonia se afirma: Diez medidas de belleza descendieron sobre el mundo; nueve recibió Jerusalén, y una, el resto del mundo. Quizás parezca exagerada tal afirmación a nuestros ojos. Pero si contemplamos lo ocurrido en ella, no sólo en estos días, sino a lo largo de los tres mil últimos años, no lo parecerá tanto.

Tomás del Valle