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Pero si alguno vio realmente a Cristo y confesó su divinidad, fue un ciego. Había nacido sin ver, lo que se dice ciego de nacimiento. Y Jesús le abrió lo ojos, como prueba de lo que acababa de decir: Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo. Con un poco de barro, untado en sus ojos, y el agua de Siloé que anunciaba el bautismo le abrió los ojos a la luz. Pero vio mucho más de lo que aparecía a primera vista. Vio y confesó que Jesús venía de Dios: Si este hombre no viniera de Dios no podría hacer nada. Después, cuando se encontró con Jesús, le confesó Señor, y se postró ante Él. Sus ojos se abrieron a la Luz que tenía delante: Jesús, el Hijo de Dios. Muchos allí presentes también vieron a Cristo, pero no creyeron. Su mirada vivía de la oscuridad. Cerca como estaban de la luz, no se dejaron iluminar por ella y Jesús los declara ciegos, hijos de las tinieblas: Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos. En realidad, como dice aquí Jesús a Nicodemo, el juicio está en la luz, que es el mismo Cristo. Se trata de mirarle bien, de contemplar el amor que le sostiene, arriba, muy arriba, en lo alto de la cruz. Y ver que no hay mayor luz ni claridad que la que brota de su entrega. Por eso, Jesús nos invita a mirarlo, alzado en la cruz, como pleno cumplimiento de la serpiente de bronce, levantada por Moisés en el desierto. Aquellos que, mordidos por las serpientes venenosas, la miraban con fe, eran curados. La elevación de Cristo sobre la cruz es el nuevo estandarte de la salvación. Dios eleva a su Hijo sobre la tierra para que el hombre pueda mirar con fe a quien otorga la vida. Así lo cantará la Iglesia el día de Viernes Santo: Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. + César Franco
Este evangelio es una invitación a mirar a Cristo, puesto que la fe tiene mucho que ver con la mirada. La vida cristiana es una carrera dice la carta a los Hebreos con los ojos fijos en Aquel que inicia y consuma nuestra fe. Se trata de correr con la mirada puesta en Cristo, como corría Pablo de Tarso después de su conversión. No necesitaba más luz que la que venía del Señor. Así han vivido quienes se han salvado. Miró el buen ladrón a Cristo, y se salvó, robándole en su agonía el paraíso. Miró Pedro a Jesús, y lloró de arrepentimiento. Miró Juan el sepulcro donde Jesús había estado colocado y creyó, a pesar de su ausencia. Después, iluminado por la fe, lo vio en la orilla del lago, cuando confesó: Es el Señor.
Obispo auxiliar de Madrid
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En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Juan 3,14-21 |