RetrocesoA&ONº 206/30-III-2000SumarioEn portadaContinuar
Los momentos más emocionantes de la histórica
peregrinación del Papa a Tierra Santa

Una semana inolvidable
De Jordania, a Jerusalén. Juan Pablo II ha podido finalmente realizar el viaje —él ha preferido
hablar de peregrinación— más soñado de todo su pontificado. No era una visita como las otras
noventa que había realizado anteriormente, en estos 21 años que ya han pasado desde su elección
como obispo de Roma. Después de pisar el Monte Sinaí (Egipto), en febrero pasado, aterrizaba
el 20 de marzo en Ammán con un objetivo muy claro, repetido en cada una de las etapas:
guiar la peregrinación (espiritual o física) de los cristianos, durante el Gran Jubileo del año 2000,
por esos lugares en los que la presencia de Dios cambió para siempre la historia de la Humanidad.
Sin perjuicio de que Alfa y Omega ofrezca más adelante los textos del Papa en este viaje,
vale la pena hacer un balance de esta peregrinación a través de las instantáneas
más emocionantes de esta semana inolvidable

Han sido momentos de una intensidad y fuerza imposibles de imaginar en la vigilia. El paso lento del Pontífice peregrino ha llevado a la opinión pública a sumergirse en los lugares en los que Cristo nació, vivió, murió y resucitó. De hecho, ha sido el viaje que ha suscitado el mayor interés de los medios de comunicación (superando incluso las expectativas que suscitó la histórica visita a Cuba). Nunca en toda su Historia había habido tantos periodistas en Israel. Nunca los periódicos de todo el mundo habían dedicado tantas primeras páginas a un obispo de Roma...

El culmen lo vivió sin duda en la basílica del Santo Sepulcro, la Madre de todas las iglesias (definición que tomó prestada de san Juan Damasceno), el templo que recuerda la crucifixión, la sepultura y la resurrección de Jesús. Sus muros recogen el misterio que da sentido al cristianismo, pues si Cristo no resucitó —decía Pablo— la fe de sus seguidores es vana.

El sucesor de Pedro entró conmovido en el recinto sagrado. De rodillas besó la piedra y permaneció en oración. La tumba está vacía —dijo después—: es un testigo silencioso del acontecimiento central de la Historia humana. Y, dirigiéndose a todos los cristianos, especialmente a los de Tierra Santa, que viven en situaciones de marginación, pronunció las palabras de Jesús que más ha repetido en este pontificado: No tengáis miedo, e invitó a todos los cristianos a llevar el Evangelio a todos los confines de la Tierra: ¡Jesucristo ha resucitado!

Primer Papa en el Cenáculo


El momento más íntimo y místico se verificó en el Cenáculo, el mismo lugar en el que, antes de la Pasión, Cristo celebró la Última Cena con los doce apóstoles. Ni siquiera Pablo VI, en 1964, pudo celebrar la Eucaristía en este lugar, considerado como la sede de la Iglesia naciente. En el edificio, en cuyo piso alto Jesús instituyó el sacerdocio, hoy día hay un Museo del Holocausto, una Escuela Rabínica y una sinagoga, pues se dice —sin ningún documento arqueológico que lo testimonie— que allí se encuentra la tumba de David. El Estado de Israel, que administra el lugar, hizo una excepción significativa y permitió al Papa, a su séquito y a los Patriarcas de Tierra Santa concelebrar en ese lugar. Fue un momento realmente emocionante. La homilía que pronunció el Santo Padre fue intensa. Hoy —dijo—, en cierto sentido, Pedro y los apóstoles, en la persona de sus sucesores, han regresado al Cenáculo para profesar la fe perenne de la Iglesia: "Cristo ha muerto, Cristo ha resucitado, Cristo volverá". La presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía es la mayor riqueza de la Iglesia, añadió el Papa visiblemente conmovido. La Eucaristía es quien la edifica. Al final, el Papa firmó la Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo de este año; allí, en el Cenáculo, donde la vocación de todo presbítero encuentra su razón de ser. La gran noticia llegó después. Los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa revelaron que en estos momentos se encuentran muy avanzadas las negociaciones con Israel para que el Cenáculo vuelva a ser un lugar de culto cristiano. El Gobierno se ha dicho disponible para cederlo a los católicos.

Al Muro de las Lamentaciones y al Memorial del Holocausto el Papa llegó como peregrino de paz, y quiso que su visita sirviera también para sellar el proceso de reconciliación entre cristianos y judíos impulsado de manera decisiva por el Concilio Vaticano II. Pasarán a la Historia dos fotografías conmovedoras de esta semana: la primera retrata al Santo Padre ante el Muro de las Lamentaciones, erigido por Herodes como contención de la explanada del Templo. Es el lugar sagrado por excelencia para los judíos, quienes rezan y lloran en recuerdo del antiguo esplendor de Jerusalén. El Pontífice se dirigió solo hacia el Muro y allí oró unos minutos. En voz baja leyó una oración que traía. Después, ante la sorpresa de todo Israel, al igual que han hecho durante siglos millones de judíos, la introdujo en una de las hendiduras del muro. El papel contenía un pasaje de la plegaria que leyó el 12 de marzo en Roma, en la que pedía perdón por los sufrimientos causados por los hijos de la Iglesia a los judíos. Una petición de perdón que quiere ser también un compromiso a favor de la auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza. El gesto, que no estaba programado, fue mucho más eficaz que mil palabras. Todas las polémicas que le habían precedido sobre la amplitud del mea culpa del Papa enmudecieron. Israel asistió con emoción y agradecimiento. El rabino Michael Malchior reconoció ante el Papa en ese momento: Hoy comienza una nueva era en la que todos nosotros alzamos los ojos al cielo y nos comprometemos en el camino de la paz entre todas las religiones y todos los creyentes: judíos, cristianos y musulmanes.

Movido por el Evangelio

Para comprender el espíritu de este gesto, es necesario remontarse a la visita que el Papa hizo tres días antes al Memorial del Holocausto, en Jerusalén. Allí avivó la llama perenne que recuerda el exterminio de los hebreos ante las inscripciones de los 21 campos de concentración nazis, y ante la urna que contiene las cenizas de hebreos que murieron en hornos crematorios en Auschwitz. Como obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro —dijo—, aseguro al pueblo judío que la Iglesia católica, motivada por la ley evangélica de la verdad y del amor, y no por consideraciones políticas, se siente profundamente entristecida por el odio, los actos de persecución y las manifestaciones de antisemitismo contra los judíos por parte de los cristianos en todo tiempo y lugar. La Iglesia rechaza cualquier forma de racismo que considera una negación de la imagen del Creador intrínseca a cada ser humano.

Antes de leer el discurso, de pie, con evidentes muestras de emoción, el Papa había escuchado la lectura de la carta de una judía polaca deportada a Asuchwitz, que confiaba su hijo a una amiga católica. El pequeño sería más tarde asesinado en el mismo campo de concentración. Se encontró también con algunos judíos polacos supervivientes de los campos de concentración, entre ellos su amigo de infancia, Jerzy Kluger, y Edith Zirer, la mujer judía originaria de su mismo pueblo natal, Wadowice, que, según ella testimonia, le debe la vida a Karol Wojtyla, quien, al ser ella liberada del campo de concentración, la llevó a hombros en 1945 hasta la estación de ferrocarril más cercana.

En este lugar de la memoria —confesó con emoción el Papa—, la mente, el corazón y el alma sienten una gran necesidad de silencio. Silencio en el que recordar. Silencio en el que intentar dar sentido a los recuerdos que regresan con impetuosidad. Silencio porque no existen palabras lo bastante fuertes para deplorar la terrible tragedia del Holocausto.

Explicó los motivos por los que la Humanidad no puede olvidar la Shoah hebrea: Queremos recordar pero por un motivo, esto es, para asegurar que nunca jamás prevalecerá el mal. ¿Cómo pudo el hombre despreciar tanto al hombre? Porque había llegado al extremo de despreciar a Dios. Sólo una ideología sin Dios podía programar y llevar a cabo el exterminio de un pueblo entero.

Al discurso del Papa respondió el Primer Ministro, Ehud Barak, quien citó las palabras con las que el Papa se suele referir al Holocausto, la larga noche de la Shoah, y se estremeció ante el drama que sufrió el pueblo judío y sus propios familiares (sus abuelos murieron en Dachau). Parecía que no podía haber espacio para la esperanza en Dios o en el mundo, constató. Recordó a estos gentiles justos, como son llamados en Israel, que en secreto arriesgaron la vida para salvar la vida de los demás. Sus nombres estarán impresos siempre en nuestro corazón. Entre estos justos, Barak puso a Juan Pablo II: Usted ha hecho más que nadie para aplicar el histórico cambio de la Iglesia hacia el pueblo hebreo, cambio iniciado con el buen Papa Juan XXIII.

Belén y los refugiados


Pero la peregrinación del Papa quería dar también un fuerte impulso al diálogo y a la cooperación con el mundo musulmán, desafío éste considerado por muchos expertos como uno de los grandes retos del siglo XXI. Al hablar de diálogo con el mundo musulmán, la primera cuestión que necesariamente hay que poner sobre el tapete es la de Palestina. Y la ciudad palestina por antonomasia es, sin duda, Belén. No es casualidad que Yasser Arafat, esperando la solución de la cuestión de Jerusalén, haya instalado aquí la residencia presidencial. La visita del obispo de Roma a la ciudad en la que nació Jesús se convirtió en la ocasión para recordar la necesidad urgente que tiene esta región de paz, y para reafirmar ante el mundo el derecho natural del pueblo palestino a tener una patria y a vivir en paz y tranquilidad con los demás pueblos de la región. Nadie puede ignorar todo lo que ha tenido que sufrir el pueblo en las décadas recientes —dijo con firmeza Juan Pablo II, al ser recibido con todos los honores por Arafat—. Vuestro tormento está ante los ojos del mundo. Y ya ha durado demasiado tiempo.

La Eucaristía presidida por el Papa en la Plaza del Pesebre, situada cerca de la Gruta de la Natividad se convirtió en una auténtica fiesta para todas las comunidades cristianas de Tierra Santa. El Papa quiso renovar la esperanza para los cristianos de esta tierra. Belén (Beth-lehem), en hebreo la casa del pan, donde Dios se esconde en un Niño; y donde el tiempo se convirtió en eternidad; la divinidad se esconde en el Pan de Vida. Desde un palco coronado por una gigantesca estrella, Juan Pablo II invitó a los diez mil fieles reunidos y a todos los cristianos de la región a no tener miedo: Hoy, desde la Plaza del Pesebre, proclamamos con fuerza en todo tiempo y lugar a toda persona: "La paz esté con vosotros". No tengáis miedo de preservar vuestra presencia y vuestro patrimonio cristiano en el lugar mismo en el que nació el Salvador.

Al final de la homilía, el Papa guardó un prolongado silencio para permitir que el almuédano llamara a la oración desde la mezquita que se alza sobre la misma plaza. El Patriarca latino de Jerusalén, monseñor Michel Sabbah, improvisando, explicó que con la invocación de paz del Papa y la oración del almuédano, cristianos y musulmanes testimoniaban ante Dios su deseo de concordia.

Pero donde Juan Pablo II recibió más aplausos en toda su visita fue en el campo de refugiados de Deheisheh, en las afueras de Belén. Lo más increíble es que la inmensa mayoría de los refugiados eran musulmanes. En esta área de un kilómetro cuadrado viven más de diez mil palestinos, la mitad de ellos con menos de 16 años. Recibieron de pie al Papa en el salón de una escuela en el que no cabía ni una sola persona más. Esta tierra no será nunca la Tierra Prometida hasta que los derechos de nuestros refugiados, el derecho a nuestra libertad, sean aplicados, le dijo al Papa, gritando para imponerse al ruido de la sala, el representante de los diez mil refugiados.

Deheisheh surgió en 1949 para acoger a los refugiados de los alrededores de Belén y del área occidental de Jerusalén, cuyos pueblos habían sido destruidos durante el primer conflicto entre árabes e israelíes. Las condiciones higiénicas en Deheisheh son bastante precarias, al igual que los servicios asistenciales. Los refugiados viven en un estado deplorable. El Santo Padre reconoció que su situación es difícilmente tolerable y exigió de la Comunidad internacional un esfuerzo mayor para encontrar soluciones al problema.

¡Queridos refugiados!, les dijo el Papa, la Iglesia estará a vuestro lado para apoyar vuestra causa ante el mundo. ¡Que Dios os bendiga! Entonces estalló el delirio. Los presentes gritaron ¡viva! al Papa. Las fuerzas de seguridad perdieron durante algunos instantes el control de la situación. Todos querían estrechar la mano o al menos tocar al Papa amigo. El más feliz de todos obviamente era el mismo Arafat.

Con los jóvenes

El tercer objetivo pastoral de esta visita papal era el de dar esperanza a los cristianos que viven en Tierra Santa. Desde hace décadas han emprendido un angustiante éxodo, pues al ser minoría en Israel —300.000, de todos los ritos— y en los países árabes, los conflictos los han arrinconado en la marginación. Sus posibilidades para prosperar, para encontrar un empleo o educación para sus hijos han ido menguando ya desde antes de la segunda guerra mundial.

Momento muy significativo fue la Eucaristía que el Papa celebró en el Monte de las Bienaventuranzas, donde celebró el acontecimiento cristiano más grande de la historia de Israel. Sólo el funeral de Isaac Rabin ha reunido a tanta gente en este país. Miles de jóvenes pasaron toda la noche bajo la lluvia y el frío helador. Los que pudieron se refugiaron en los autobuses, las escuelas, o incluso en los kibutz. Cuando llegó el Papa, eran unos cien mil. Durante la espera, Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal, cantaba y tocaba la guitarra junto a un grupo de jóvenes que le acompañaba. Grupos de chicos y chicas bailaban en círculo. El comentarista de la televisión del Estado de Israel se preguntó: ¿Por qué han venido todos estos jóvenes a ver al Papa?

La mitad, unos 50 mil, eran miembros de las comunidades neocatecumenales de todo el mundo. El Camino ha creado en estas colinas la Casa de Galilea, un gran centro de formación para sacerdotes y seminaristas que fue inaugurado en ese viernes por el Papa. La otra mitad eran chicos y chicas de otros movimientos e instituciones eclesiales, como Comunión y Liberación, los Focolares, o el Opus Dei, así como de numerosas parroquias y diócesis del mundo. En total, se encontraban representados ochenta países. Con su presencia allí, Juan Pablo II quería lanzar este mensaje al mundo: la paz en Oriente Medio necesita una nueva generación. La gran sorpresa fue la significativa participación de cristianos ortodoxos, judíos y musulmanes, que conviven con las comunidades cristianas locales.

El escenario no podía ser más adecuado. En esta misma colina, Jesús proclamó el gozo de la salvación: Bienaventurados los pobres; los humildes; los perseguidos..., una Ley que sólo se puede entender con el amor. Juan Pablo II repitió este mensaje y los jóvenes le respondieron con esa generosidad que siempre ha caracterizado sus encuentros con este Papa. En ese día los cristianos dejaron de ser extraños para la opinión pública de Israel. En vísperas de la visita del Papa, un sondeo realizado por la agencia internacional Gallup revelaba que los habitantes del país no tienen información sobre la vida de la Iglesia. El 60 por ciento no estaba enterado del gesto de petición de perdón que hizo el 12 de marzo el Papa en Roma. Menos del 20 por ciento de la gente está informada sobre los pasos que ha dado la Iglesia desde el Concilio Vaticano II para promover la reconciliación con los hermanos mayores.

Donde la situación de los cristianos es particularmente difícil es en los países de mayoría musulmana. La visita que hizo el Papa a Jordania es realmente significativa. Todo el país se volcó para darle la bienvenida, en un país en el que los cristianos son un ínfima minoría.

Los católicos de Oriente Medio se reunieron en torno Juan Pablo II en lo que fue la ceremonia más imponente de todo su pontificado en un país islámico. La Eucaristía congregó a sesenta mil personas en el Estadio de Ammán. Venían de todos los rincones de la región: de Siria, del Líbano e incluso de Irak. Allí el Santo Padre repitió las mismas palabras que hizo resonar Juan el Bautista en el desierto: En Cristo, Hijo de Dios, se cumple la promesa hecha a Abraham, y la ley entregada a Moisés. Jesús es la realización de la promesa. Su muerte en la Cruz y su Resurrección llevan a la victoria definitiva de la vida sobre la muerte.

Los cristianos de Tierra Santa se han preparado para el Jubileo del año 2000 con un Sínodo especial que ha durado cinco años. Juan Pablo II recordó que este segundo Sínodo de la Iglesia en estos parajes, después del primero que celebraron los primeros apóstoles, ha dejado muy claro que vuestro futuro está en la unidad y en la solidaridad. Éstos fueron precisamente los dos grandes objetivos que planteó el obispo de Roma a los cristianos de Jordania y de toda Tierra Santa: ¡Que los recursos de la Iglesia —las familias, las parroquias, las escuelas, las asociaciones de laicos, los movimientos juveniles— pongan la unidad y el amor como objetivo supremo! No existe una manera más eficaz para participar social, profesional y políticamente en la obra de justicia, de reconciliación y de paz.

En la ceremonia, dos mil niños —que simbolizaban también los años que han pasado desde el nacimiento de Cristo— recibieron la Primera Comunión. Algunos de ellos directamente de manos del Papa.

El momento más bello de este diálogo entre el mundo musulmán y cristiano tuvo lugar durante la despedida que tributó Jordania al Papa. En el aeropuerto internacional de Ammán, el rey Abadalá II y su bella esposa, la reina Rania Yassin, de origen palestino, tuvieron muestras exquisitas de cariño y cercanía para el Papa. El clima fue sencillo. Cuando Juan Pablo II subió los peldaños de la escalerilla, antes de entrar al avión, se giró para saludar al joven monarca. Abadalá se llevó en ese momento la mano al corazón para expresar de manera gráfica el lugar en el que guardaría para siempre el recuerdo de aquellas 26 horas que el Papa pasó en su país.

Jesús Colina. Roma